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Economía feminista: ¿un desafío a la ortodoxia?

Tanto Locke como Marx, entre otros autores, indican que la fuente del valor de las mercancías es el trabajo humano. Es decir, que allí donde hay trabajo humano hay valor y no de otra forma. Sin embargo, Marx realiza una salvedad e indica que no todo objeto producto del trabajo constituye una mercancía, sino que sólo los productos independientes los unos de los otros pueden revestir en sus relaciones mutuas el carácter de mercancías. En otras palabras, por un lado, es cierto que todo aquello que se produce, bien o servicio, por medio del uso de la fuerza y la inteligencia humana, contiene valor, pero eso no necesariamente lo convierte en mercancía.

Ampliemos esta cuestión. Cocinar una cena, bañarse y limpiar la casa, son sin dudas trabajo humano, pues para realizarlo es menester la puesta en funcionamiento de músculos y cerebro. Es fácil dar cuenta del valor de estas actividades cuando se imagina la posibilidad de contratar a una persona para que las realice a cambio de una remuneración. Pero cuando una persona realiza dichas actividades para sí mismo o para su familia o cualquier ser querido, ese valor no adquiere más que un valor de uso y no así uno de cambio, es decir, no se convierte en mercancía.

Estas reflexiones toman cierto sentido cuando hablamos de actividades realizadas para uno mismo, pues es imposible cobrarse a sí mismo por un servicio realizado para sí mismo. No obstante, es debatible el hecho de que las actividades realizadas dentro del hogar para otras personas no adquieran un valor de cambio, al menos virtual. Claramente, una persona no le cobrará a su pareja el valor del trabajo que significa la actividad de cocinar o de limpiar el hogar que comparten, pero eso no quita que la actividad tenga un valor de cambio, al menos virtual, pues podría medirse tan fácilmente como imaginarlo hecho por un tercero contratado para realizarlo. Es cierta la afirmación de Marx en algún punto pues no existe un valor de cambio fáctico, pero sin dudas existe un esfuerzo por parte del trabajador que claramente está valorizado.

La vertiente feminista de la economía viene, entre otras cuestiones, a discutir temas como el anterior, en un sentido económico, sí, pero también de organización social de género respecto a las actividades del hogar, por ejemplo. En este sentido, rotula como trabajo reproductivo al trabajo doméstico no remunerado y critica su no aparición en la contabilidad del PBI, por ejemplo. No obstante, ante la imposibilidad de transformar en bien de cambio los servicios realizados como bienes de uso al interior del hogar, se demanda una reorganización de la división del trabajo en cuanto al género, es decir, se demanda una mayor participación de los varones en el servicio domestico y en el cuidado de niños y ancianos.

La medición sobre las horas ocupadas de mujeres y hombres en las tareas no remuneradas es de por sí difusa en países como, por ejemplo, Argentina. En verdad, no contamos con herramientas estadísticas que midan adecuadamente cuánto tiempo invierten las mujeres y los hombres en trabajo reproductivo, respectivamente. Así, los cálculos se vuelven un poco imprecisos y dependen del presentimiento que la sociedad tiene sobre cómo esto funciona. En los tiempos presentes, esto se hace aún más difícil pues el ingreso masivo de las mujeres al mercado laboral en la década del ’90 signado por las obligaciones financieras que las crisis introdujeron en los hogares, sumado a la lucha femenina por la igualdad de género, reflejan un lento cambio social en la participación del trabajo reproductivo tendiente a la equidad, aunque todavía alejada de ella.

Es decir, la idea de que las mujeres realizan más trabajo reproductivo que los hombres hacia dentro del hogar es una percepción, que muy probablemente sea acertada, pero no es medible en forma concreta. En Argentina, debemos remontarnos al año 2013 para encontrarnos con una encuesta sobre trabajo no remunerado que arrojaría, según el INDEC, que las mujeres dedican algo más de 6 horas al trabajo reproductivo mientras que los hombres sólo más de 3. De ser cierto, esto es nocivo para las mujeres, pues supone la existencia de una doble jornada laboral diaria para ellas: una jornada en el mercado y otra en el hogar. Como si fuese poco, esto genera, naturalmente, que a más horas trabajadas en el hogar, menos horas dedican al mercado y, por ende, a su independencia financiera.

Lo antedicho es una causa importante de la feminización de la pobreza, es decir, que existe una mayor cantidad de mujeres pobres respecto a los hombres, incluso en épocas de crecimiento económico. Pero en épocas de crisis, éstas impactan más fuertemente a las mujeres, que además conviven con una inserción laboral más dificultosa y con salarios más bajos. Según datos del INDEC en el 1er trimestre de 2017, el salario promedio de los hombres era de $17038, mientras que el de las mujeres alcanzaba los $13517. ¿En el medio? No casualmente la línea de la pobreza, situada en $14090. Esto indicaba que, en promedio, las mujeres eran pobres, mientras que los hombres no. En este sentido, las brechas salariales del 27% en el sector formal y de 35% en el informal de las que habla la politóloga Florencia Partenio, no son un dato menor, sino un reflejo de una realidad preocupante. Otro dato interesante es que, si midiésemos el trabajo reproductivo como cualquier otro sector que aporta el PBI, éste sería el que más aporta, rondando un 20%. Es decir, y en síntesis, si las mujeres paran, colapsa la economía.

La teoría económica clásica no contempla ninguna diferencia de género a la hora del mercado de trabajo. Infiere, simplemente, que no existe. Algo parecido al término patriarcado, pues legalmente, éste tampoco existe, al menos en Occidente, en cuanto a las constituciones legales de nuestros Estados, que indican que no hay ningún tipo de diferencias ante la ley entre hombres y mujeres. ¿Pero es así en la realidad? Parece que no siempre, pues mientras Adam Smith indica que la tarea natural de las mujeres es cuidar a los hijos, la organización social del cuidado de personas intrahogar no ha evolucionado tanto: sólo falta ver que, mientras la licencia por maternidad comienza con un mínimo de 3 meses, la de paternidad comienza con un mínimo de 2 días. ¿No es esto acaso un claro deje de patriarcalismo que obliga a los hombres a ser sustento económico del hogar mientras la mujer es responsable del trabajo reproductivo? Para pensar.

En sintesis, la mirada feminista de la economía de revolucionaria tiene poco (todos estos temas han sido tratados por vertientes heterodoxas de análisis de las cuentas nacionales mucho antes que caigan en la óptica feminista), sin embargo, es un nuevo impulso a ver la economía desde otra perspectiva y cambiar estructuras sociales de organización que van quedando obsoletas. Mientras las mujeres reclaman, justamente, una equidad en el trabajo reproductivo, también pujan por ser las nuevas víctimas de la extracción de plusvalía por parte del mercado laboral. Bienvenidas.

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