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Venezuela: Maduro contra el mundo

Si algo le faltaba a Venezuela, era tener dos presidentes al mismo tiempo. Luego de la toma del poder de Nicolás Maduro el pasado 10 de enero hasta el año 2025, La Asamblea General, organismo parlamentario no reconocido y suspendido arbitrariamente por el Poder Ejecutivo, nombró a Juan Guiadó como presidente provisorio encargado de llamar a elecciones democráticas y transparentes, lo que parece ser no fueron las celebradas en mayo de 2018, con proscripciones a opositores y la ausencia de organismos observadores independientes.

 

No observar que América Latina gira a la derecha roza la ingenuidad. No obstante, en las últimas décadas, aún cuando los partidos electos pertenecen a los partidos de izquierda, su legitimidad rara vez es cuestionada por el sistema internacional. No fue el caso de las últimas elecciones presidenciales en Venezuela de mayo de 2018. Ni la oposición, ni la Asamblea General ni Naciones Unidas, ni diversos organismos observadores de elecciones democráticas alrededor del mundo legitimaron la victoria de Nicolás Maduro, suceso que lo sustentaría en el Poder Ejecutivo por seis años más. Ante este hecho, la Asamblea General estaba esperando el fin del 1er mandato presidencial de Maduro para nombrar un presidente provisorio que llame a elecciones ante lo que entiende como una situación de acefalía legal en el Ejecutivo. ¿Lo controversial? El llamado de apoyo a la democracia va dirigido a la intervención internacional y al sublevamiento del ejército nacional, quien ha jurado lealtad a Maduro.

Discutir en este artículo si las elecciones de mayo de 2018 fueron o no legítimas, carece de lógica alguna, pues no poseemos las herramientas de observación para juzgar tamaña cuestión. Pero sí podemos describir, brevemente, lo que 20 años de chavismo han generado en Venezuela: una crisis económica y otra institucional sin precedentes en América Latina. A día de hoy, Venezuela tiene dos presidentes que se adjudican el poder ejecutivo, la inflación más alta del mundo y la mayoría de la población bajo las líneas de pobreza e indigencia.

Maduro asumió el poder allá por abril del año 2013, venciendo al opositor Capriles con un ajustado 51%. Según encuestas y a noviembre de 2018, el cuestionado presidente cuenta con un 20% de apoyo entre la población. Mientras el gobierno oculta datos oficiales respecto al desempeño de la economía, el FMI calcula que la inflación acumulada en 2018 fue de dos millones quinientos mil por ciento, y que la de 2019 será de diez millones por ciento [escribimos en letras pues es ilegible en números]. Para palear la hiperinflación, Maduro anunció un plan de recuperacion que incluye la emisión de una nueva moneda llamada Bolivar soberano, que pretende quitarle cinco ceros al bolivar anterior. Además, el gobierno anunció una suba del salario mínimo del 150%, lo que lo lleva a la cuantiosa suma de 9 dólares por mes, si se estima el precio del dolar según el mercado paralelo en Venezuela.

Luego de la ola de expropiaciones que bajo el gobierno de Hugo Chávez resultó en más de 576 empresas en poder del Estado, los desincentivos para invertir en el país florecieron y tanto empresas multinacionales como diversas aerolíneas abandonaron Venezuela. La crisis no pudo siquiera ser paleada con el ingreso millonario de divisas tras la suba del precio del barril de petróleo en 2008 y, de hecho, la empresa Petróleos de Venezuela (PdVSA) quebró. Tras los cuantiosos ingresos por exportaciones del crudo, la inversión en la economía, particularmente en el sector industrial, fue nula, y se dirigió principalmente al asistencialismo social para intentar palear la crisis con políticas de corto plazo, un clásico latinoamericano.

La hiperinflación venezolana no solamente devasta el aparato productivo y precariza a los sectores trabajadores al no estar el salario indexado al índice de precios, sino que ataca directamente a los sectores más vulnerables. Se calcula que el 48% de las familias venezolanas son pobres, y si vamos a los datos individuales, 87% de la población vive bajo la línea de la pobreza mientras que el 61% se encuentra en estado de indigencia. Tan sólo en noviembre de 2017, la inflación mensual fue del 57% y un año más tarde, el gobierno anunció una devaluación de la moneda del 43%, lo que en un país que, básicamente, no produce nada (ni su sector industrial ni su sector agrícola) impacta directamente en los precios y en el deterioro del poder adquisitivo, pues Venezuela es altamente dependiente de sus importaciones, incluso de alimentos. Esto resulta en la dolarización de hecho del mercado real ya que se busca una referencia nominal de precios, y, por supuesto, la crisis impulsa la emigración, que se calcula ya en 3 millones de venezolanos forzados a salir del país.

Como es bien sabido, la trampa de súper liquidez es muy difícil de sortear. El gobierno intenta combatir la hiperinflación con aumentos de los salarios nominales, pero ese dinero es inorgánico, es decir, no tiene ningún tipo de sustento (imagine que el país esta en recesión por quinto año consecutivo), por lo tanto los aumentos salariales son aumento de la emisión, ergo, la hiperinflación se autoalimenta como un monstruo incontenible. Se calcula que la masa monetaria aumenta entre el 15 y el 20% por semana. Como no podía ser de otra manera, el aumento del déficit fiscal sigue en alza y alrededor de 5 sistemas monetarios coexiten al mismo tiempo en la economía: los viejos bolívares (bolívares fuertes), los bolívares soberanos, el dolar, el dolar paralelo y hasta una criptomoneda llamada Petro (sí, leyó bien).

En febrero de 2017 al gobierno se le ocurrió la emisión de una criptomoneda a ser respaldada por un supuesto río de petróleo que se encuentra en un pueblo aislado llamado Atapiriré. Decimos supuesto porque al parecer la gran inversión que demanda la extracción del petróleo en aquél lugar es inviable ya que PdVSA está quebrada. En síntesis, el gobierno pretenda indexar, en un futuro cercano, los salarios a la criptomoneda petro, una moneda virtual que no conoce nadie, no se comercia en ningún mercado relevante de criptomonedas y que nadie acepta.

La realidad monetaria de Venezuela es preocupante: el país se encuentra en un corralito de hecho donde la circulación de los nuevos billetes corre de atrás al espiral inflacionario. La preferencia por la liquidez es altísima pero la gente de a pie no puede conseguir el efectivo. Es decir que el gobierno controla también la cantidad de dinero que manejan los venezolanos y ahora pretende además imponer avisos obligatorios para aquellos que salen de viaje y pretenden gastar en el exterior.

La epidemia de violencia en Venezuela es ya insostenible y en las últimas elecciones locales más del 70% del padrón habilitado se abstuvo de acudir a votar. Maduro se aisla cada vez más en su círculo de apoyo clientelar pero todavía cuenta con el apoyo de las facciones más importantes del ejército, a lo que suma el apoyo internacional de Rusia, China, Cuba, Bolivia y un tibio México. En contra, tiene básicamente al mundo: la oposición se fortalece, ahora de la mano de Guaidó y ni la Unión Europea, ni Estados Unidos, ni el Grupo de Lima, reconocen la toma del poder de Nicolás Maduro mientras parecen coquetear con el nuevo poder autoproclamado por la Asamblea General.

Pobre Venezuela, entre un gobierno de tinte dictarorial y la intervención internacional. De Venezuela a Venepeor.

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