Lo último

Entre el FMI y la estanflación

Se viene el último año de gobierno de Mauricio Macri y su autoproclamado “mejor equipo de los últimos [no se sabe bien cuántos] años”. Aunque cierto es que el team del presidente ha cambiado dinámicamente en estos 3 años que han transcurrido, también lo es que cambió la economía, yendo de muy mal a estado crítico, mostrando índices más que preocupantes como el de una pobreza estructural consolidada alrededor del 30%.

Bien, la meta del gobierno para este 2019 es bien clara: alcanzar el déficit cero para honrar las promesas hechas al FMI a cambio de la montaña de dólares que La Argentina pidió prestados al Fondo para que el tipo de cambio no se dispare por las nubes, cuestión que finalmente sucedió pues la inflación es una suerte de vendaval que arrastra, tarde o temprano, los precios relativos de la gran mayoría de los bienes y servicios, y con ellos, el precio relativo de la moneda de denominación nacional.

Allá por finales de 2015 y principios de 2016, muchos nos sorprendíamos con la precisión quirúrgica con la que el entonces cabeza del equipo económico, Alfonso Prat Gay, salía del cepo cambiario sosteniendo al dólar en la banda de los $15 pesos, pero no tan ingenuos señalábamos que sin un plan económico-productivo a la vista y con la capacidad de endeudamiento interno acotada por el gobierno anterior [véase incapacidad de seguir emitiendo pesos a mansalva], la única salida viable parecía ser el endeudamiento externo y voilà!, con ustedes… la deuda, que se catapultó vertiginosamente y, con ella, llegaron los clásicos “consejos condicionales” que el Fondo Monetario suele imponer como acreedor de privilegio que es, en este caso con la consigna de déficit cero.

Ciertamente, una parte de la promesa de campaña de Mauricio Macri sigue en pie de cumplirse: de pobreza cero a déficit cero. Como la pobreza supera el 30%… está claro de cuál de las partes hablamos. Y es correcto hacer hincapié en que el déficit fiscal que se heredó del gobierno anterior era preocupante, como también lo es indicar que a la gestión actual no se le ocurrieron ideas muy distintas al ajuste, la precarización laboral, el endeudamiento externo y la re-reprimarización de la economía.

Más curioso aún es observar lo que el gobierno tiene en mente para cumplir su meta de equilibrio fiscal en 2019: aumentar los gravámenes del sector agroexportador vistas las limitaciones que tiene para seguir ajustando en un año electoral. Así, la matemática es bien simple: si quiero equilibrar un déficit y ya no puedo recortar más gastos, tengo que aumentar los ingresos. Pero cuidado, creer que este gobierno no puede ajustar más, existan los límites que existan, hayan las elecciones que hayan, es rozar la ingenuidad. ¿Cómo va a aumentar la recaudación el gobierno en una economía en recesión? ¿Acaso debemos creer que en dicho contexto habrá menor evasión fiscal cuando la informalidad pica en punta en un mercado laboral cada vez más pauperizado? ¿O debemos pensar que se recaudará vía consumo e inversión, en un proceso de desplome de la actividad económica? No pecamos de tan ingenuos.

El plan de Cambiemos de déficit cero de la mano de retenciones a la exportación es lo que llamamos kirchnerismo con mala suerte, pues como el gobierno anterior, la gestión actual basa sus cuentas en un factor externo que, además de volátil por naturaleza, no cuenta con los altísimos precios de los commodities con los que sí supo fortuitamente contar el management K. No muy ingeniosamente, el Ingeniero Macri apunta al superávit comercial en un contexto de caída del PBI, el consumo, la inversión, la actividad económica general, y en particular la construcción. Así, la economía se debate entre la espada y la pared, o entre las metas impuestas por el FMI y la estanflación (estancamiento -véase recesión- e inflación -proyectada en tres decenas, como mínimo-).

Así las cosas, los guarismos económicos pronostican un nuevo año recesivo a la salida de una mega devaluación como la que vivimos desde fines de 2017, con tasas de interés al 60% que desincentivan la inversión productiva (pues recuerde que las altas tasas incentivan al capital a reposar en los bancos en lugar de salir a la economía real a generar empleo), informalidad laboral creciente (y en alza producto de la recesión) y con una deuda externa gigantezca próxima a vencer en los años venideros (le deseamos mucha suerte al próximo gobierno). Eso sí, para este año no se pronostican las sequías sufridas en 2018 (se espera un aumento de exportaciones de soja y maíz de alrededor del 20%), se espera una recuperación del wing derecho Brasileño, un aumento de las exportaciones en el sector servicios, y finalmente, no corre más la excusa del tipo de cambio sobrevaluado y poco competitivo, por eso el agro vuelve a ser la vedette de la economía (¿alguna vez dejó de serlo?) y las retenciones a la exportación el corset impositivo preferido, una vez más. No obstante, muchos economistas plantean que dicha vía de recaudación está sobreestimada, y que el volantazo llevará nuevamente a ajustes, principalmente, en áreas como salud y educación, o sea, en las mismas áreas de siempre.

Sin contar la supuesta lluvia recaudatoria proveniente del superávit comercial, el déficit fiscal se prevé en 3,5% del PBI. Es necesario recordar que el superávit comercial al que se apunta no tiene solamente su variable ingreso sino también una merma de su variable egreso: pues tanto la devaluación como la inflación aumentan los costos en dólares de la industria y siguen deteriorando el poder de compra del ciudadano, y así caen la demanda de importaciones de componentes industriales para la producción y el consumo de bienes finales, respectivamente. En síntesis, y si del corto plazo hablamos, no habrá repunte por el lado de la inversión pública, pues el Estado debe cumplir con su meta fiscal, ni se avizoran aumentos de la inversión privada y el consumo. Si del largo plazo se pregunta, la respuesta ya la conoce:

“In the long run we are all dead”

[J. M. Keynes]

BONUS TRACK: Las no vacaciones de la clase media

descarga.jpg

En el mundo crece un fenómeno del cual Argentina no quiere ser excepción: la paulatina desaparición de la clase media. En este escenario de polarización, fuentes como El Cronista señalan que, pese al aumento del tipo de cambio, la costa argentina no gozará de un boom turístico pues la clase media ha optado, bien por recortar sus vacaciones a fines de semana esporádicos, bien a sacrificarlas por completo. Pero cuidado, las reservas marcan que las casas de lujo de balnearios top como Pinamar y Cariló están agotadas y parece tener sentido: generalmente, de la crisis se sale con mayor polarización, muchos perdedores y pocos ganadores. Estos últimos, gozarán de sus cuatriciclos en la costa bonaerense, mientras que los primeros, probablemente se arriesguen a emprender nuevos negocios de tipo enterprising en las urbes porteñas [las semejanzas entre este concepto y manejar un Uber o montarse en un Glovo no son pura coincidencia).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: