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Francia: el medio ambiente vs. el poder de compra

Como no podía ser de otra manera, el pueblo francés vuelve una vez más a las calles, esta vez vestidos con chalecos amarillos, para exigir al gobierno de Macron que deje de velar por los intereses de las grandes corporaciones y los magnates, y se acerque a la realidad de un pueblo que ve su poder de compra golpeado por las políticas de corte liberal implementadas por el joven presidente.

 

No dejamos nada

 

Macron démission!”

El ahora presidente de Francia fue, hace no mucho tiempo, Ministro de Economía y asesor de Hollande, anterior mandatario francés. Su salto a la fama se debió a las circunstancias más que a su propia carrera política: surgió como la alternativa ante las propuestas xenófobas y racistas a las que la mayoría de la población francesa dijo no. Macron ganó la primera vuelta con el 24% de los votos, superando a la extrema derecha de Le Pen por menos del 3%. Ambos fueron a una segunda vuelta donde el candidato del partido “La República en Marcha” se consagró presidente con un 66%. Y es que la mayoría de los partidos que resultaron perdedores en la primera vuelta salieron a combatir a Le Pen y llamaron al apoyo de un, hasta ese momento, moderado pero potencialmente renovador Macron, que poco después consiguió además, mayoría parlamentaria.

A poco tiempo de asumir la presidencia, Macron se manifestó como un tecnócrata liberal que poco tenía de reformista y los franceses aseguran tener la percepción de un líder elitista, arrogante y desconectado del pueblo. Rodeado de jóvenes tecnócratas y alejado de alianzas con sindicatos, presidentes regionales y alcaldes, Macron delega poco en un país con un gobierno sumamente centralista. Con un desempleo cercano al 10%, la primera medida revolucionaria de Macron fue suprimir parcialmente el impuesto a la fortuna, supuestamente debido a que los capitales estaban emigrando fuera de Francia y el gobierno pretendía retenerlos para incentivar la inversión y fomentar el empleo, una suerte de reversión de la política del derrame… del derrame que nunca derrama. Otras de sus obras maestras, fueron la suba del impuesto al combustible -que sumado al aumento del barril de petróleo llevó bien alto el costo de la mercancía- y la reforma laboral, con la cual -entre otras cosas- favorece la contratación flexible y los despidos, es decir, una nueva reversión, esta vez, de la clásica política liberal de flexibilización laboral.

Pero las reformas revolucionarias no fueron gratis para Macron, un actor inesperado entró en escena y colmó las calles de Paris para decirle no a la tecnocracia presidencial: los chalecos amarillos.

Les gilets jaunes

Una de las medidas de seguridad con la que deben cumplir los conductores franceses es la de portar un chaleco amarillo que debe ser utilizado en caso de incidentes. Dicha prenda es la que visten los manifestantes desde el 17 de noviembre de 2017, cuando hicieron su primera aparición protestando, principalmente, por el aumento del costo de vida provocado por el incremento del precio del combustible. Y es que autoconvocados, inorgánicos y sin una representación política aparente, los gilets jaunes son franceses de las zonas periféricas, áreas que se han vuelto ciudades semi-fantasmas por el cierre de industrias y el retiro de empresas de autobuses que el mismo Macron había fomentado cuando asistente de Hollande. Esto significa que, en el contexto de la Francia semi-rural a las afueras de París, los trabajadores son fuertemente dependientes de sus automóviles y un incremento sustantivo en el costo de los combustibles golpea de lleno su poder de compra.

No obstante, es importante destacar que el aumento del combustible fue la chispa final que encendió una mecha hace tiempo caliente. Los trabajadores franceses no sólo están preocupados por el casi 10% que alcanza el nivel de desempleo sino que ven su poder de compra deteriorarse día a día y al gobierno suprimir el impuesto a los ricos mientras hace reformas laborales de flexibilización e impone impuestos a insumos de transporte y producción básicos y esenciales. Es por esto por lo que la retracción de Macron y la suspensión del impuesto al combustible no fueron suficientes para devolver a los chalecos amarillos a sus casas. La protesta en las calles de París tiene un motivo claro: es una crítica social directa al programa de Macron y es apoyada por la gran mayoría de los franceses. Las demandas son contundentes: baja del costo del combustible, restablecimiento del impuesto a los más ricos, suba de salarios y derogación de las leyes de flexibilización laboral.

A pesar del carácter apolítico de los autoconvocados, no ha faltado el aprovechamiento de los voceros de extrema derecha derrotados por Macron, para sumar a la protesta el reclamo por las trabas a la inmigración, aunque corresponde a un sector minoritario y de ninguna forma puede generalizarse y aducir que los gilets jaunes tienen por bandera el racismo y la xenofobia. Tan inorgánico es el movimiento social que carece de líderes que lo representen y, en consecuencia, ha sido más que complicado el diálogo con el gobierno: existieron algunos acercamientos entre el 1° Ministro y un grupo de manifestantes pero estos últimos abandonaron la reunión ante la negativa del mandatario de transmitirla en vivo y en directo por televisión.

La transición ecológica

La excusa del gobierno para implementar el impuesto al combustible ha sido cumplir con parte de la plataforma de propuestas de gobierno. Macron, en su afán de condecir con un grupo creciente de ambientalistas franceses, prometió una transición hacia una Francia más sensible con el medio ambiente, y se supone que el incremento del costo del combustible busca desincentivar el uso de automóviles y así reducir la emisión de gases que aceleran el deterioro ambiental. Pero lo cierto es que dicha política no fue acompañada, hasta ahora, por ningún tipo de paliativo al golpe al bolsillo que significa para los trabajadores: no se generó un esquema de autos compartidos para el traslado, ni créditos para la compra de autos más eficientes, ni mejoras en la infraestructura de transporte de la Francia periférica, ni subsidios a los medios de transporte ya existentes, ni mucho menos la implementación de medios de transportes nuevos y environmentally friendly.

Lo antedicho parece marcar a las claras que la política de Macron, lejos de ser pro-ambientalista, busca la clásica reducción del gasto público, el recorte del presupuesto estatal y la pauperización de las condiciones de vida del proletariado francés. Solamente un tercio del impuesto a la transición ecológica se redirige efectivamente a un fondo para tal fin, y el resto va simplemente a las arcas del Estado, sin mostrar una mejora, no obstante, en las prestaciones sociales demandadas por los ciudadanos en una Francia que, todavía y a excepción de la mayoría de la Europa privatista, sostiene prestaciones de seguridad social gratuitas, tanto, por ejemplo, en educación como en el ámbito de salud. En simples palabras, los ciudadanos no están dispuestos a aceptar la transición ecológica a costa de su poder de compra ni van a aceptar el deterioro constante de los servicios públicos y las prestaciones sociales.

En síntesis, Francia, y especialmente el gobierno de Macron, enfrentan un desafío original pero usual para el país de las revoluciones. Algunos medios de comunicación refieren que los conceptos de “Libertad, Igualdad y Fraternidad” vuelven a merodear el espíritu social francés, pero es preciso dejar el romanticismo de lado y recordar que esta sociedad francesa es la misma que está compuesta por sectores no tan minoritarios que apelan al racismo, la xenofobia, la homofobia y la islamofobia para apoyar personajes tipo Donald Trump versión europea. El movimiento de los gilets jaunes no tiene nada de igualitario ni de libertario; eso sí, es muy fraterno: fraterno con el poder de compra de las clases trabajadores que ven su salario real corroerse y la tasa de desempleo engrosar el ejército de reserva que empuja aún más el precio de la fuerza laboral a la baja.

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