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Jerusalém: la capital del terror

Jerusalém, considerada históricamente como “Ciudad Santa” por las tres principales religiones monoteístas de la historia y la actualidad, se convirtió hoy, una vez más, en la capital internacional del terror, siendo la antesala de una matanza masiva de Palestinos -los muertos superan los 50 y hay más de 1000 heridos- que, en la Franja de Gaza, se manifestaban en contra del traslado de la Embajada de Estados Unidos en Israel hacia dicha localidad.

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Un día como hoy pero hace 70 años, nacía el Estado de Israel dentro de una mayoritaria parte del histórico territorio de la Gran Palestina. Y un día como el de mañana, pero hace 70 años, comenzaba lo que los palestinos denominan como “Al-Naqba” (“la Gran Catástrofe”). Y es que más de 418 poblaciones palestinas fueron desalojadas por el ejército israelí y forzosamente exiliadas, bien hacia el interior de la Gran Palestina o bien hacia distintos países árabes limítrofes. Así comenzaba el desplazamiento del 70% de la población palestina que pasaría a la historia por adquirir el carácter de “refugiados” incluso dentro de su misma tierra natal.

Fue en diciembre del pasado año cuando el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunciaba con algarabía el pronto traslado de la Embajada estadounidense hacia Jerusalém, reconociendo explícitamente a dicha ciudad como la capital del Estado de Israel y, naturalmente, quebrantando con tamaña decisión, las resoluciones internacionales de Naciones Unidas que contemplan a la Ciudad Santa como una “ciudad de carácter internacional, de soberanía compartida y límites en disputa entre las comunidades israelí y palestina”. Así las cosas, la potencia mundial que suponía oficiar de mediadora en el conflicto, al menos, desde los acuerdos de Camp David en 1978 con la activa participación del entonces recientemente electo presidente Jimmy Carter, se convierte, ya sin velo alguno, en el primer legitimador oficial del irrenunciable plan israelí de tomar para sí el total control de la Gran Palestina cualquiera sea su costo.

Digno de una tragedia griega, la comunidad internacional se divide: mientras algunos países optaron por enviar representantes a la inauguración de la nueva Embajada, otros prefirieron sostenerse firmes a su negativa original de no apañar la decisión de Trump de inclinar cada vez más el pseudo status-quo que existía en Jerusalém respecto a su estatus político-administrativo. No obstante, es importante señalar que, si bien en la teoría se sostiene la idea de Jerusalém como territorio con soberanía indefinida y bajo un simbólico protectorado internacional, la realidad es bien diferente: el ejército israelí controla la ciudad por completo, incluso -o específicamente- Jerusalém Este, que en los planes correspondería a los palestinos. El traslado de la Embajada estadounidense no es un hecho menor (muchos menos para las más de 50 familias que perdieron seres queridos el día de hoy), pero no es por esto un acontecimiento novedoso: el apoyo de Estados Unidos a la ocupación israelí ha ido vertiginosamente de implícito a explícito en las últimas dos décadas, y el parapléjico rechazo de la comunidad internacional en contra de dichas prácticas sigue siendo lo que siempre fue: un grito seco.

Los palestinos, políticamente desorganizados, resistentes pero impotentes, siguen reclamando, en su versión más extermista, a todo Jerusalém como su capital nacional; en su versión cuasi-realista / derrotista, reclaman declarar la parte Este de la ciudad como capital del Estado árabe. El Estado de Israel, por su parte, no tiene ninguna intención de negociar con los palestinos la división de la ciudad, sino que continúa con su obtuso, obstinado y efectivo plan de aplazar indefinidamente las negociaciones con la contraparte palestina, al tiempo que hace caso omiso a la infantil presión de la comunidad internacional y disfruta del protectorado político que le ofrece el paraguas estadounidense ante cualquier tormenta que intente inundar la cínica lógica con la que funciona el consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

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¿Es sustentable el Imperio israelí? El Estado judío goza de un pasar económico envidiable, cuenta con un aparato militar de primera generación y ha logrado convertirse en el representante oficial de la política imperialista post-segunda guerra mundial en Oriente Medio, desafiando definitavemente la intención de Irán de conservar su sólida posición geopolítica en la región. Pero la democracia militarizada de Oriente Medio sigue regando su semilla de autodestrucción: aquellos jóvenes israelíes que se niegan a entrar en el servicio militar obligatorio aún con pena de cárcel, los intelectuales que emigran para denunciar la barbarie y el apartheid, y una comunidad internacional emergente y no gubernamental que desde internet y hasta en carne propia, es bien pero bien consciente de que la ocupación y la necedad imperialistas de Israel, son un auto-boicot de facto por medio del cual el Estado hebreo se desligitima día a día, metro a metro, casa a casa, bandera a bandera…. vida a vida.

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