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¿Por qué es tan importante que te guste tu trabajo?

La gran mayoría de la población económicamente activa es asalariada, es decir, que trabaja en relación de dependencia. Ciertamente, una parte minúscula de ellos recibe salarios que podrían ser la envidia de muchos pequeño-capitalistas, no obstante, el resto de la categoría -millones de personas- vive en base a un salario que promedia la subsistencia.

Que “el trabajo dignifica” no es una frase casual en ninguna de sus acepciones. Desde el orígen de los tiempos, el ser humano, como todo ser vivo, depende en su adultez de su producción pues en la imposición natural de la supervivencia yace implícita la consecución de los medios de subsistencia por medio del trabajo. Aunque el árbol de manzanas repose floreciente de sus frutos sobre la tierra cual proveedor altruista, si nadie recoge las manzanas, los nutrientes no ingresaran al torrente sanguíneo por obra divina. Allí donde hay subsistencia, hay trabajo humano. Y es entonces cierto que el trabajo dignifica pues es el único medio natural disponible para el desarrollo de la dignidad humana que es, al menos, ser.

Claro está, las formas de trabajo no son las mismas hoy que en el período de hombres y mujeres cazadores y recolectores. Las relaciones sociales desarrollaron históricamente distintas relaciones de producción y de aquel desarrollo decantan las hoy existentes, siendo el trabajo asalariado la más observada. Pero la palabra asalariado no es menor en la afirmación anterior pues es esta la clave para entender las relaciones productivas vigentes. Según los economistas clásicos, la relación entre el salario como precio del trabajo y la productividad que genera es irrefutable. Así las cosas, no es difícil ver que quien produce obtendrá a cambio algo íntimamente relacionado a lo que produzca, o en otras palabras, a mayor productividad, mayor salario. ¿Pero es ésto efectivamente así en la realidad? No siempre.

El aumento de productividad es una consecuencia de la mejora del proceso productivo en general y rara vez depende solamente de una mera mejora en la productividad del trabajo. Podríamos pensar en ejemplos abstractos que sí cumplan la proposición pero serían poco representativos a la realidad que nos toca vivenciar en el siglo XXI. En general, el aumento de la productividad es un proceso de dos etapas: en primer término, el capital  aumenta y demanda, aunque no siempre en segundo término, más mano de obra; la consecución de ambas fases se engloba en el concepto de mejora de la tecnología y recién allí se da lugar a un aumento de productividad. (Vea el cuadro al final)

Lo curioso es que, según venimos sosteniendo, una mejora de productividad debería traducirse automáticamente en un mejor salario pues recordemos que la relación entre el precio del trabajo y la productividad era íntima. Esta idea que puede parecer algo compleja, no es más que una formalización de lo que prácticamente todo el mundo sabe. Cuando vemos universidades atestadas de jóvenes -y no tanto- en busca de una mayor calificación para sus perfiles laborales al ser avalados institucionalmente en una especialidad, no vemos allí sino el anhelo de la formación profesional como herramienta para aumentar la productividad individual. ¿Acaso no cree el médico que su salario aumentará cuando su especialidad se materialice? ¿O se forma el médico por más de diez años con el afán de, teniendo una vida en sus manos, el precio de su trabajo roce la subsistencia? Claro que no.

Estudiantes, empleados y cuentapropistas, buscan al unísono llegar a un mismo destino que no es tan viable como creen: que al aumentar su productividad ésto se traduzca en un aumento del precio de su fuerza de trabajo. Esto no siempre sucede porque sólo estamos viendo aquí la mitad de la película. En la otra mitad, se encuentra la lógica del capital. Quien es asalariado, vende una mercancía (alquila el servicio que representa su fuerza de trabajo) para obtener dinero (medio de cambio) para adquirir otras mercancías (que le permiten mantener su subsistencia y/o más que ello). No es ésta la lógica del capital que sigue un camino inverso: el dinero es un medio de cambio para comprar mercancías (insumos -entre ellos fuerza de trabajo-) que se aplican a la producción de una mercancía distinta (nueva) que luego se vende a cambio de dinero que debe ser, por definición, de un monto mayor que el original. ¿Quién invertiría su capital para obtener tanto o menos de lo que ya tenía?

Acá vemos que el trabajo no sólo dignifica sino que es además el único medio existente para producir pues el capital no se regenera si, en medio del proceso, no se fusiona con el trabajo, que es aquello que agrega valor a lo que ya existía, es decir, es la fuente principal del valor agregado. Pero es aún más curioso entrometerse en esa caja negra que es el proceso productivo pues, si el salario tiene un precio relacionado a su productividad y este es un insumo más de la producción, ¿por qué genera valor nuevo? ¿No yacía estipulado ya su valor antes de entrar en acción como yace el valor de cualquier otro insumo? ¿Cómo podría entonces surgir un producto final de mayor valor que el capital que se invirtió al inicio del proceso? Cualquier persona que haya leído siquiera superficialmente a Karl Marx sabe perfectamente que en este artículo no estamos descubriendo nada. Naturalmente, el trabajador no está recibiendo como contrapartida el precio real de su productividad sino uno menor que es apropiado por el capitalista. Este concepto llamado plusvalor está también íntimamente relacionado con la productividad del trabajo pues ¿no habrá mayor plusvalor extraíble allí donde haya mayor productividad? Claramente.

Y, lamentablemente, en no tan pocas palabras respondemos la pregunta que antes nos hicimos: no siempre un aumento de productividad conlleva un aumento del precio del trabajo dado que, en general, esta ampliación marginal es apropiada por el capitalista. Cierto es que tanto la organización de los trabajadores en colectivos y la presencia de un estado que vele por ellos facilitará la lucha por conservar para sí parte de ese plusvalor pero el sistema no está hecho para que los dependientes se independicen. La línea que marca el límite es muy fina y si el capital no consigue los beneficios que pretende (si no extrae la plusvalía que cree suficiente) emigra y con él, la demanda de trabajo, y con ella, el salario de subsistencia.

Y en este último caso es cuando el ser humano vuélvese indigno pues, desposeído de su herramienta natural de producción, el trabajo, es marginado del sistema, es decir, queda por fuera de las relaciones de producción vigentes y así del contrato social. No es menor entonces la necesidad de hallar un trabajo que te complete como ser humano digno capaz de autosustentar, al menos, tus medios de subsistencia, pues por todo lo expuesto, es bastante claro que el trabajo es la fuente de agua que dignifica al ser y es, a su vez, la prisión que lo encadena. No podemos aspirar, ergo, a menos que vivir en un calabozo decorado a nuestro gusto.

 

Cuadro

Produccion, capital y trabajo

 

En la parte a) del cuadro se observa cómo un aumento del acervo de capital conduce a un aumento de la función de producción Q (K, L), es decir, la función que representa que la producción depende del capital y del trabajo, como es lógico. Ésto implica un aumento de la cantidad de trabajo necesario medida por el eje de abscisas L. Ahora sí, un aumento del acervo de capital provocó un aumento de la productividad marginal del trabajo como se ve en la parte b).

La curva Ls representa la oferta de trabajo y como su productividad marginal creció (la curva de Ld -demanda de trabajo- se desplazó a un nivel superior), el nivel de salario real medido por W/P en el eje de ordenadas debería crecer. ¿La señora Matemáticas nos estará diciendo la verdad?

descarga

 

Fuente del Cuadro: Sach & Larrain (1994), Macroeconomía en la Economía Global, Ed. Pearson Prentice Hall, Cap. III, p. 70.

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