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La funcionalidad de la grieta

En la historia de la modernidad, encontrar polarizaciones ideológicas es muy sencillo, basta con estudiar cualquier período de tiempo en cualquier lugar del mundo. Siempre han existido paradigmas totalizadores que pretendieron relatar la realidad desde categorías analíticas extremadamente opuestas e, intencionalmente, excluyentes entre sí. Las sociedades que avanzaron en la despolarización, alcanzaron un estatus de consenso que les permitió colocarse ante los demás como ejemplo de un modelo con un nivel de diálogo tal, que cada sector social se sienta justamente representado, incluso aún cuando los beneficios sociales no siempre se repartan en cantidades iguales. En oposición a éstas sociedades, aquellas que siguen encerradas en la dicotomía ideológica, son consistentemente funcionales a la forma de gobierno de éste “largo siglo XX”: la politocracia, un gobierno en manos de la cuasiperfecta conjunción entre figuras políticas, tecnócratas y corporaciones empresariales.

Argentina es un país que se ha gestado en el seno de una lógica dicotómica: España o Inglaterra, proteccionismo o librecambio, unitarismo o federalismo, liberalismo o intervencionismo, agro o industria, democracia o dictadura militar, capitalismo o socialismo, peronismo o antiperonismo, inclusión o marginalismo, kirchnerismo o antikirchnerismo, neoliberalismo o neointervencionismo, y así podríamos seguir enumerando polarizaciones típicas de un país dicotómico. Sucede que existe una idea instalada tanto histórica como culturalmente en nuestro inconsciente, de que la realidad yace ante nuestros ojos como dos mitades iguales que al unirse no forman un sólo elemento. Y no tantas veces se ha puesto sobre la mesa una pregunta tan incómoda como necesaria que se desprende de esta idea: si la realidad puede verse, de forma excluyente, desde un paradigma o desde su opuesto, y en tanto y en cuanto cada paradigma esté representado por dos grandes sectores de la sociedad análogamentes opuestos entre sí, ¿qué pasara con el segundo sector cuando el primero alcance el poder y tenga la facultad de gobernar al todo o viceversa? Bueno, esta pregunta incómoda parece tener una respuesta más incómoda aún: cada cual gobernará según sus categorías analíticas y direccionará sus políticas hacia el sector que pertenece.

Esta respuesta es muy atinada para que nuestro planteo quede bonito, inteligente y terminante, pero la realidad demuestra que la respuesta es insuficiente. Un pequeño cambio en la proposición puede mejorar su calidad explicativa: allí donde reza “… direccionará sus políticas hacia el sector que pertenece” debe decirse “… direccionará la construcción de su relato hacia el sector en el cual se originó”. Ahora sí, la proposición es más fiel a la realidad, donde gobiernos que dicen representar a un sector, implementan políticas que benefician a otro.

Del análisis anterior debe surgir una nueva pregunta impostergable: ¿por qué gobiernos que representan a un sector son funcionales al sector opuesto? Bueno, esto sucede porque esta operativa es parte de un proceso cíclico de retroalimentación dentro de la lógica de la distribución de poder. Cuando en un lugar de la Tierra escasean ideas innovadoras para atender la realidad, la lógica política indica que el trato de la realidad en forma dicotómica restringe el abanico de posibilidades, pues si no triunfa en las elecciones una idea, lo hará la otra. Y esto es funcional a ambas, pues aumentan sus probabilidades de ejercer el poder aún sin tener ideas superadoras: basta con tener una idea diametralmente opuesta al sector de en frente para ganar lugar en los escaños.

Y exactamente así funciona la política argentina desde 1955: o se es peronista o se es antiperonista (con todos los matices e infinitas ramificaciones que cada grupo puede tener en su interior). Hoy esa polarización la representan el Peronismo (con todos sus partidos satélites) y la alianza Cambiemos entre el Pro de Macri y el Radicalismo. Esta polarización pretende ser disfrazada de kirchnerismo vs. antikirchnerismo porque Néstor y Cristina Kirchner, peronistas ellos, creyeron que podían ser los nuevos Juan y Eva, pero la realidad es que la discusión siempre corre por la misma pista. De hecho, no existe tal cosa como “el macrismo”, ni siquiera dentro de la propia alianza de Macri con los radicales. Lo que existe es la incansable necesidad nacional de catalogar las prácticas políticas en dos bandos ideológicos a los que no necesariamente responden: si el sesgo es antiperonista, es (neo)liberal, pro-Estados Unidos, pro-teoría del derrame, pro-años ’90, antipopular, antidemocrático, oligárquico, librecambista, etc. Si el sesgo es peronista, es pro-intervencionismo, proteccionista, redistribuidor, pro-justicia social, popular (o pupulista), pro-industria nacional, pro-soberanía, etc.

Bueno, ninguna realidad responde a esos estándares. No existe tal dicotomía, es una construcción intencional de una sociedad que tiene miedo a superarse a sí misma en pos del progreso que significaría consensuar en repensarse a sí misma. La sociedad argentina no quiere darse cuenta de que “los dos tienen un poco de razón” y que entre el cero y el uno hay infinitos números. Aquello que la prensa nacional logró instalar como “la grieta” para conceptualizar la aparente disfunción entre dos posturas políticas irreconciliables, no describe sino la funcionalidad que tiene este mecanismo para sostener el status quo. Así, Macrismo y Kirchnerismo son dos ondas de un mismo ciclo político, que se bandea casi simétricamente con el único objetivo de sostener una mediocridad promedio estable que refleja el estancamiento nacional.

Mientras gran parte del mundo tiende a fuertes crisis al interior de cada sistema social en función de una agresiva intensificación y radicalización de las posturas ideológicas y la constante exclusión mutua entre diversos sectores sociales, Argentina se muestra una vez más, incapaz de superar la tendencia mundial y construir una sociedad de diálogo con más grises que colores extremos y así, continúa sosteniendo un status quo absolutamente funcional a las castas políticas hegemónicas que siguen fortaleciendo su superestructura de poder, muy pero muy lejos del debate real, de la discusión verdadera, de la vida cotidiana, de la sociedad.

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