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Prat Gay: el 1ro en caer del barco

Que el nuevo gobierno zarpó rumbo a la tierra prometida del cambio con el casco del barco pinchado era algo conocido. Mientras algunas políticas económicas remendaron los tremendos agujeros que existían, el barco fue de a poco perdiendo el rumbo hasta no tener ninguno. Y ahí está hoy, naufragando sin capitán sobre un oleaje cada vez más intenso. Si bien el título de “Ministro de Economía” había sido astutamente suprimido por el Presidente Macri, Alfonso Prat Gay, fue, desde la asunción de la nueva gestión, la cara visible y la cabeza principal de un Ministerio de Hacienda que, a la actualidad, es el primer herido que reporta la guerra contra la caída de la economía. Repasemos qué nos dejó este año de gestión económica y que avizoramos en el corto plazo.
Prat Gay no pudo haber comenzado mejor: con milimétrica precisión se deshizo del mayor ilogísmo made in Argentina post-Corralito: el cepo cambiario, un instrumento que buscó detener la fuga de dólares y que no sólo la aceleró, sino que logró, con una eficacia absoluta, que no entre ni un dólar más. Y sí, en general, nadie entra a un lugar del que no puede salir. Todo empezó cuando el gobierno anterior le tomó el gustito a jugar al perro y el gato con el sector que liquidaba divisas y ante la falta de inversiones en otros sectores que contribuyan a dinamizar la economía, agreguen valor al PBI y promuevan exportaciones para adquirir ingresos genuinos, el Banco Central fue perdiendo reservas hasta caer a mínimos históricos. A todo ésto, los precios internacionales de los commodities comenzaron a caer, el campo a liquidar cada vez menos, la inflación a explotar y el tipo de cambio a sostenerse muy sobrevaluado, pues mientras en Argentina el nivel de inflación se acumulaba de a centenas, el tipo de cambio se había movido muy lentamente.
Aquellos sectores con capacidad de ahorro huyeron al peso y fueron por activos dolarizados, lo que claramente impulsó al alza el precio de la divisa. Como si fuera poco, la política arancelaria nacional subía los precios de productos que no se producían localmente y los consumidores, lógicamente, corrían a sus computadoras para traer al país productos con precios más relacionados al planeta Tierra. Como una devaluación era un costo político alto (pues delataría que el poder adquisitivo real de los salarios no era tal sino que dependía de los subsidios que mantenían los costos bajos), el Banco Central impuso un límite (y hasta por momentos prohibió por completo) a la compra de dólares. Las reservas siguieron cayendo fuertemente, mientras las grandes transacciones (inmobiliarias, interbancarias y hasta la compra-venta de automóviles) se regían al dolar blue.
Con gran atino técnico, Prat Gay salió airoso del cepo, pues el dolar no se disparó más allá del precio que barajaba el mercado paralelo, de hecho, descendió algunos puntos. Pero el Presidente no actuó con la misma solvencia y falló en su acuerdo con las grandes cadenas de comercialización: el sinceramiento cambiario se fue a precio al instante y los costos los pagaron los sectores más vulnerables que, al no tener acceso a instrumentos financieros complejos para defenderse de la inflación, sufrieron la caída de su poder adquisitivo por el aumento de costos (cualquier semejanza con la devaluación de Kicillof en enero de 2014, no es pura coincidencia).
Luego de un buen comienzo, el responsable de Hacienda fue por los Fondos Buitres. Con una Argentina sentenciada por una corte estadounidense a la que ella misma se había expuesto por Decreto del fallecido Presidente Kirchner y aislada del mercado internacional, Prat Gay creyó fuertemente que, ante la doble restricción interna de no poder emitir por la alta inflación y el alto déficit fiscal existente, el mercado financiero internacional era la salida más viable. Discutible, pero también bastante lógico. Al juzgar las decisiones de otro es importante observar entre qué opciones podía elegir y no creer que el ababico es siempre infinito. Vía endeudamiento internacional, Argentina salió del default e ingresó nuevamente al mercado financiero internacional a tasas bastante altas, aunque más bajas de las que debía pagar de punitorios por no honrar sus deudas contraídas varios años atrás.
Ya en su tercer paso, Prat Gay comenzó a tambalear en lo que hasta ese momento parecía un camino a paso firme. Decidió modificar la política de retenciones a la exportación, en algunos casos con cierta lógica y en otros, con argumentos injustificables. Dentro de la coherencia, se bajaron las retenciones a la exportación de soja que no sólo estaban bastante altas y desincentivaban la liquidación de divisas sino quie además monopolizaban el destino de la siembra por su alta rentabilidad: así descendía el nivel de siembra de otras materias primas indispensables para la canasta alimenticia nacional lo cual contribuía a la suba de precio de productos alimenticios esenciales como ser la harina, su derivado el pan, la carne, etc. Se buscaba la diversificación de la siembra y el aumento de la liquidación de divisas. Ambas cosas se lograron muy tibiamente pero sí se contribuyó fuertemente a un alto grado de transferencia de ingresos desde los sectores menos pudientes a los más prósperos.
Un párrafo aparte se merece la eliminación de las retenciones a las mineras, actividad del todo rentable en suelo argentino y a la cual se le aplicaba un nivel de retenciones muy bajo. Su eliminación no encuentra en la lógica económica un argumento estable pues si éste era el incentivo al ingreso de mayor inversión extranjera directa en el sector, por lo pronto, no ha ocurrido.
El blanqueo y el impuesto a las ganancias son otras dos políticas económicas que intersectan la gestión de Prat Gay pero que son difíciles de evaluar. En el caso del blanqueo, el proceso estaba en veremos a la salida del Ministro pero acto seguido trascendió que la cifra alcanzada tocaba máximos históricos, cerca de los noventa mil millones de dólares, casi dos veces las reservas nacionales. Blanquear dinero no suele ser un acto de donde se destaque la transparencia pero el pragmatismo puede hacernos pensar que, si el dinero existe en negro, el hecho de no blanquearlo no lo hace desaparecer sino que empodera aún más la economía paralela. Será clave el destino que el gobierno encuentre para dichas divisas. Por el otro lado, ganancias es un tema de tal forma politizado que ha excedido la esfera de influencia del responsable de Economía para convertirse en un debate más parlamentario. En resumen, ha sido un proyecto que el ahora ex-funcionario ha dejado, por responsabilidad propia o no, a medio hacer.
Sin dudas, lo más criticable de la gestión Prat Gay ha sido la falta de un rumbo claro de la economía nacional. Concentrado en desactivar los artefactos explosivos cínicamente plantados por la gestión anterior, el alguna vez Presidente del BCRA no fue claro a la hora de marcar a un sector de la economía como aquél que dinamice una caída que, si bien era inevitable, se suponía debió haber sido suavizada por sectores que absorban la mano de obra expulsada y que contribuyan así al repunte del consumo. Ningún sector parece tener dicha capacidad y, sin embargo, ya ha transcurrido más de un año de gobierno.
No podemos afirmar nada de lo que se viene en Hacienda para el futuro cercano, pero sí nos atrevemos a imaginar que, teniendo en cuenta el contexto, el actor que reemplace a Prat Gay en la función, entrará al escenario por la derecha. Lo que para muchos analistas fue una política de ajuste brutal, para otros ha sido de los más laxo que este gobierno podía ofrecer y eso no fue sino por la ideología más bien keynesiana de Prat Gay, quien intentó llevar a cabo un plan de restricción del gasto público más bien moderado y en consonancia con la baja del nivel inflacionario. Con el consumo y la actividad económica en general en caída, la primer baja del gobierno en un sector hipersensible como Economía y el Presidente de vacaciones en el Sur del país, los pronósticos económicos para el inicio del 2017 son de preocupantes hacia la derecha.

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