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Entre la alta espada y la baja pared

Que en un sistema capitalista hay clases sociales, no es un descubrimiento que nos catapulte a la cúspide del conocimiento, y decir que en Argentina esa regla se cumple al pie de la letra, tampoco. De hecho, en nuestro país, la estratificación social es una metáfora muy divertida: las tres clases (baja, media y alta) están bien demarcadas, sin embargo, el colectivo social suele autocatalogarse regularmente como “de clase media”. Para ello, subdividen la misma en tres niveles:

i) si son comerciantes exitosos o trabajadores en dependencia que pagan ganancias, tienen capacidad de ahorro, invierten en activos para sortear los ciclos fluctuantes característicos del país, se van de vacaciones al exterior, son propietarios y cambian el auto todos los años, se dicen “DE CLASE MEDIA-ALTA” (o ‘acomodada’ para sonar más modestos).
Ciertas políticas de turno pueden hacer peligrar la estadía de los integrantes de este sector y otras pueden consolidarlo. Sin embargo, el ascenso social es poco probable.
ii) si son comerciantes de subsistencia o trabajan en relación de dependencia (léase salario-dependientes), alquilan (o tuvieron la fortuna de heredar esa propiedad de la cual nunca harán la sucesión), viven al día, tienen autos usados o utilizan sólo transporte público, contraen préstamos y refinancian tarjetas de crédito en forma constante, veranean en alguna costa barata y van a comer afuera religiosamente 1 vez al mes, se hacen llamar “DE CLASE MEDIA-MEDIA”. Aquí podemos encontrar al “argentino promedio” o más representativo en tanto producto de la históricamente fluctuante economía nacional. Respecto a la política vigente, la relación entre esta categoría social y las políticas públicas, es siempre indirecta y generalmente indiferente. En esta categoría, la posibilidad de ascenso social es una combinación lineal perfecta entre lo fortuito y una dedicación individual pseudo-esclavista prolongada en el tiempo.
iii) Aquél empleado en relación de dependencia (generalmente en el sector informal), que depende del transporte público o posee un auto que ya no le aseguran, que alquila y alquilará para siempre, que no tiene capacidad alguna de ascenso social y que siempre está más cerca de caer que de subir; aquél que tiene más de un trabajo para subsistir y que depende de un programa de compras financiadas en 24 cuotas sin interés para poder equipar su vida más allá del atraso tecnológico en el que suele subsistir, se clasifica como “DE CLASE MEDIA-BAJA”.
Por supuesto, esta es la más peligrosa de todas las categorías, pues descender de ella es un riesgo constante y sus integrantes son fuertemente condicionados por las políticas de turno. Al mismo tiempo, las probabilidades de ascenso social son bajas.

 

Pero más allá de que el lector esté o no de acuerdo con las definiciones y características que se demarcaron para definir cada categoría, es inevitable admitir que en Argentina, gran parte de la población se identifica dentro de la clase media, siendo ésta un crisol de realidades para nada uniforme. De hecho, muchos pobres –por pudor– y muchos ricos –por falsa modestia– se ubican a sí mismos en la.clase media. Y lo interesante es identificar el curioso rol de “pivot” que tiene la “clase media” en cualquier estructura social de un país capitalista con aires progresistas como La Argentina. Cuando hablamos, por ejemplo, de conceptos tales como “justicia social”, “inclusión”, “equidad”, “distribución de la riqueza”, “igualdad social”, ¿de qué estamos hablando? ¿A caso hablamos de conceptos que existen sólo en la abstracción del ideal colectivo imaginario? ¿Qué significa hablar de “una sociedad más justa”, si las sociedades son dispares e injustas entre sí de forma intrínseca, inherentemente a su propia existencia? Bueno, podríamos estar hablando –para bajar al terreno de la realidad— de una concentración de la sectorización social que tienda al centro. Es decir, más claramente, estamos hablando de menos clase baja, de menos clase alta y de más clase media. Y suena lógico… pero hay cosas para discutir más allá de este simplismo.
Si partimos de un consenso bastante lógico y aceptado socialmente acerca de que los gobiernos “deben gobernar para todos”, entendiendo, por sentido común, a “todos” como “la mayoría” o “la mayor cantidad de sectores posible” y cruzamos esta afirmación con lo expuesto anteriormente (que la mayoría de la sociedad se considera de CLASE MEDIA y que la CLASE MEDIA-MEDIA es la más representativa de la historia económica nacional del último siglo), es más que coherente pensar que un gobierno que dirija sus políticas públicas en dirección del crecimiento cuantitativo y cualitativo de la clase media, sería, a priori, un gobierno bien encaminado. Sin embargo, lo curioso de la economía argentina es que la clase media es, ¿desde hace 40 años?, el sector más vulnerable casi sin importar el color del gobierno de turno. Para ver esto con más claridad, veamos en qué dirección se movió la política económica en los últimos 100 años, para ver qué pasó con la clase media.
El antes: de Perón al proceso



Si hablamos de ascenso social en Argentina, podemos identificar dos períodos: uno muy tímido con los comienzos de la democracia de la mano del Radicalismo donde los hijos de los inmigrantes –trabajadores de clase baja– se acomodaron muy forzosamente a los eslabones de la clase media a partir del acceso a niveles más altos de educación, y otro más concreto a partir de políticas económicas de redistribución del ingreso al mando de un Estado benefactor Peronista que tuvo períodos relativos de alta eficiencia que fueron capaces de materializar socialmente (en los sectores medios y bajos) un crecimiento exponencial que el país experimentaba aunque con altibajos desde 1880 en adelante. Es decir, si bien con el toque Radical al Liberalismo de principios de siglo XX surgió una clase media (sólo media-baja) que rompió con la sectorización dicotómica existente hasta entonces entre pobres y ricos, la verdadera consolidación de la clase media como tal no puede observarse sino con la emergencia del modelo industrializador, donde el obrero se transforma cualitativamente –y por ende su ingreso– (clase media-media) y donde surge la burguesía nacional (clase media-alta). Con momentos de auges y caídas de este modelo de desarrollo productivo nacional, se consolida en número una población de clase media con un estándar de vida muy aceptable en comparación con el resto del mundo. Respecto a la distribución de la riqueza, esta sociedad tocará su cúspide histórica en los años previos al último proceso militar.
La reconversión del modelo productivo y el comienzo de la pauperización de la clase media


Agotado y nunca eficientemente reflotado el modelo productivo de industrialización nacional, el proceso militar inauguró un nuevo período de política económica que llegaría hasta la crisis de 2001. En él, el Estado se retiró paulatinamente de la planificación económica y se adjudicó un rol de ente regulador de las fuerzas globalizadas del mercado, que cumplió de forma pésima y hasta siniestra. Es decir, cuando el mundo se reconvertía al Neoliberalismo luego del agotamiento del Estado Keynesiano, algunos países supieron aprovechar las transformaciones que el capital imponía, mientras que otros, como Argentina, hicieron lo imposible para que la aplicación de un modelo económico alternativo  se traduzca en una destrucción total de cualquier infraestructura preexistente, en lugar de en una reconversión que dé aire a un modelo que venía agotándose progresivamente. En nuestro país, el Neoliberalismo significó el fin del desarrollo. En otros países, esto no sucedió necesariamente así.

Pero es interesante observar, como a partir de los ’90 la política económica decrece en cuanto a su carácter universal y focaliza fuertemente sus efectos en distintos sectores sociales. Que el alto nivel de desempleo golpeó a la clase baja y a la media-baja es más que palpable. Y que a su vez contribuyó con creces a la acumulación de riqueza en la punta de la pirámide también lo es. Sin embargo, es muy curioso lo que sucedió en los eslabones del medio. Respecto a la clase media-alta, está se vio en general perjudicada (una rareza histórica) pues la burguesía nacional que había sobrevivido al cimbronazo neoliberal de los ’70 sufrió el knock out definitivo a manos de la venenosa combinación entre paridad cambiaria y apertura irrestricta. La insólita carrera de mercado entre los Fititos nacionales, los Fórmula 1 del exterior y los Mercedes Benz de la clase alta local, desnucó a los pequeños y medianos empresarios argentinos que descendieron socialmente de un plumazo. Y más curioso es aún el caso de la clase media-media, pues este período la obligó a subdividirse una vez más entre la media-media-empleada y la media-media-indemnizada. Los segundos, fueron por el sueño de la.profecía del hombre que se hace a sí mismo al fiel estilo del American Dream, pensando que un taxi en la City o.un parri-pollo bien ubicado los catapultaría al ascenso social y hacia la panacea de “ser sus propios jefes”. Pero la crisis que acechaba calaría hondo en el consumo y con ello, en el ingreso esperado por los nuevos gauchos free-riders.
Pero hagamos un punto aparte para hablar de la figura del campeonato, ese que era punto y terminó siendo banca: la clase media-media-empleada. Acá sí hubo ascenso social y, fiel a las raíces argentas, se caracterizó por ser de un tipo único: un ascenso social virtual. Es que la ilusión monetaria del 1 a 1 dio rienda suelta, a quien conservó su empleo, para gozar un rato del “American Way of Life”. Para explicarle a qué nos referimos le damos un par de tips que seguramente alguna vez oyó para refrescarle el entendimiento: “Llenaba el Changuito”; “Me hice un viajecito a Europa”; “Me compré un 0km. financiado”, entre otras. Ésto en el caso de los que se la gastaron toda aprovechando el poder de consumo que significaba imprimir dólares con las caras de Roca y Sarmiento. Otros, que fueron algo más perspicaces, aprovecharon la “benevolencia del capital financiero” y consiguieron crédito hipotecario accesible y a tasas fijas para convertirse… sí… en propietarios; y si sobrevivieron al 2001 y no les remataron la casa… una ganga. Pero claro, el mago hace magia hasta que un ansioso te cuenta cómo hizo el truco: esa fue la crisis del 2001: chau ilusión monetaria, chau poder adquisitivo, hola descenso social (y ojo que del descenso también podés descender).

El Siglo XXI “a la argentina”



Algunos dicen que “los tiempos pasados siempre fueron mejores”. La realidad es que Argentina salió de la crisis como pudo y más allá de haber plantado escasas bases de una estructura que debía resurgir, el país mejoró y el ingreso, en general, creció, cosa que no es tan poco. De la mano, una vez más, de nuestro amigo el Estado Benefactor, la economía revivió en el último minuto con un electroshock  de políticas fiscales anti-cíclicas. Ésto favoreció a todos los sectores pues los subsidios y el gasto público reavivaron el fuego del consumo y detrás de esta locomotora se engancharon los vagones de empleo, producción, inversión, etc. (Con muletas) el país volvía a caminar.

Pero la política no se soportaba a sí misma haciendo bien las cosas, entonces la lucha por el poder nos dio 12 años de un mismo gobierno que subió al escenario a reemplazar al mago de los ’90 con un truco ilusorio aún más espectacular: “el modelo de desarrollo con redistribución de la riqueza basado en la inclusión social”. Un título imponente. Pero más allá de lo atrapante del eslogan, ésto significó mantener subsidios ineficientes, aumentar el gasto del Estado, dibujar balances en toda cuenta nacional que exista, espantar a la inversión y hacer de un país que crecía “a tasas chinas”, uno que no creció en términos reales por casi cinco años seguidos. Ojo, la mejora social allí estuvo, firme para la foto. Y es que claro, la constante y progresiva transferencia directa e indirecta hacia los sectores menos pudientes generó, sin dudarlo, una sociedad más equitativa en términos sectoriales, pero el ingreso nacional, luego de crecer a un alto nivel por varios años, se mantuvo constante por un tiempo, hasta que empezó a decrecer. En éste contexto, los gastos siguieron creciendo, y como quien saca huevos de una canasta para ponerlos en otra, el día de la canasta sin huevos, llegó.

De un gobierno para otro, las clases media y baja, se dieron cuenta que su poder de compra era ilusorio y totalmente eventual, pues lo que consumían era barato porque el Estado lo subsidiaba. Cuando el gobierno se quedó sin caja, se tiró por la borda directo al bote salvavidas, y le dio lugar al capitán que estaba sentado del centro a la derecha del salón para que tome el timón de un barco  que filtraba por todos lados. Adivine Ud., ¿qué hizo el nuevo capitán? Activó todas las bombas de achique (o de ajuste si quiere), a toda máquina. Los precios relativos se sinceraron, el Estado se retiró en gran parte como prestamista de último recurso y por último recurso le sacó la roja a los sectores trabajadores, que se dieron cuenta que su poder de compra, una vez más, había sido una ilusión. Y sí… “no fue magia”.

Las políticas del cambio: el tiro del final a la clase media



Con una sensibilidad social de altísimo nivel (nótese el sarcasmo), el nuevo staff del barco hizo volar por los aires unas tarifas de los servicios públicos que apenas carreteaban en pista. Si bien asumió con la firme idea de poner el pecho a los costos sociales que ésto conllevaría, la presión lo obligó a salvaguardar, al menos, a los sectores más bajos de la entruncada pirámide social argentina, Así se creó “la tarifa social”, la nueva vedette de la calle Corrientes. Jubilados, receptores de planes sociales, discapacitados, personas en situación de pobreza y otros pocos, son los beneficiados por la solidaridad del gobierno y a buena hora. Al mismo tiempo, con un objetivo lamentablemente impostergable, los sectores alojados en la cúspide de la pirámide también recibieron el guiño del gobierno con quita de retenciones, transferencia de ingresos y un contexto favorable para que hagan negocios. Y sí… vivir en el Capitalismo sin favorecer al capital, es como ir a Disney y no sacarse una foto con Mickey. Tan necesario como siniestro.

Pero, como corolario de este artículo, juguemos a adivinar quién quedó en el medio de todo este embrollo. ¿Ya hizo su apuesta? Y claro, la clase media, pues no recibe subsidio, ni tiene capital para invertir en contexto alguno y, a su vez, mantuvo su ingreso constante mientras sus costos se multiplicaron por vaya uno a saber cuánto. De a poquito, el corto plazo va tirando de la soga a la clase media para abajo y vuelve a instalar una brecha que ya nos sonaba como atemporal: una sectorización social de ricos y pobres.

Claro, sería injusto analizar la foto del corto plazo sin avizorar cómo podría continuar la película. Por el bien de nuestra humanidad, sigamos expectantes de que, por primera vez en mucho tiempo, éste sacrificio que significa no vivir en una ilusión una vez más), augure un futuro prominente, que el sacrificio que no elegimos pero no podemos dejar de realizar de como frutos un país más coherente, ordenado, sincero, pero también, más eficiente. Que los costos que los trabajadores están pagando (y pagarán, por lo pronto, un par de años más, auguren un futuro con creación de trabajo genuino, recuperación del poder de compra y sustentabilidad económica y social de largo plazo.

“Ojalá que la espera no desgaste mis sueños” Mario Benedetti

2 Comentarios en Entre la alta espada y la baja pared

  1. Hernan muy interesantes los datos que plasmas,pero me parece reduccionista el balance de los ultimos 12 años , y de verdad me sorprende el remate lleno de esperanza en este gobierno que es (sin ser sarcástico ) un desgobierno, que de lleva todo por delante , la economía ,las paritarias , la justicia ,los derechos,que pregona pobreza cero y lleva las tarifas(hoy lo confirmo Aranguren )por las nubes,quieren mas devaluacion,habren mas las importaciones,les aseguran a los “inversores salvadores” ejércitos de desocupados y salarios por el piso y aun asi no hay indicios que vengan corriendo desesperados.Endeudarse con el FMI y esperar inversiones parece ser todo su plan ,un poco endeble no ?si eso fuera todo estaríamos frente a un verdadero pase de magia,me gusto tu blog la proxima tomo nota y comento mas prolijo,abrazo !!

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  2. Muchas gracias por tomarte el tiempo de leer y sobre todo de comentar con tus ideas.
    Sì, puede haber sido reduccionista el balance. Para uno màs ampliado, te recomendamos leer “Ni tanto ni tan poco”, un artìculo dedicado a sòlo a ese perìodo que comentàs. Quizàs ahì el anàlisis sea màs profundo.
    Respecto al “final lleno de esperanzas”, bueno, dicen que cuando uno escribe algo ya no le pertenece, sino que es de todo aquèl que lo lea. No fue mi intenciòn dar ese mensaje pero entiendo que asì lo veas.
    Gracias de nuevo.

    Abrazo grande.

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