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¡Qué bruto, póngale cero!

Lejos (¿o tal vez cerca?) estamos de la escena escolar del show El chavo del ocho que mirábamos cuando éramos más jóvenes (como si fuéramos viejos) y de tanto en tanto cuando lo repiten incansablemente. Sin embargo la frase a la que alude el título es digna de nuestros tiempos: la última medida aplicada en la provincia de Buenos Aires a través del Consejo Educativo hizo reventar el hormiguero de críticas y opiniones acerca de si es correcto o no reprobar a los alumnos de la escuela primaria.
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¿Qué es lo que cambia ponerle un 1, un 4, un 6 o un 10 a un chico para calificar su desempeño en un examen? Ya sabemos que un examen evalúa el conocimiento en un momento determinado sobre un abanico de conceptos establecidos de antemano. Por lo que podemos preguntarnos ¿las calificaciones miden el verdadero conocimiento de una persona independientemente de su edad? ¿O solo miden el desempeño que se tuvo en un momento determinado, como si se tratara de una fotografía?
Los exámenes y las calificaciones son parte del sistema educativo (se puede debatir acerca de si los sistemas educativos en Argentina – y en el mundo – son obsoletos o no y si llevan a que la persona aprenda lo que le es útil); sin embargo en la discusión actual puede darse que se estén dejando de lado muchos factores importantes que tienen incidencia directa sobre los alumnos y los profesores (al fin y al cabo son ellos los que, por una parte tienen “interés” en aprender y por la otra tienen la vocación de encontrar las herramientas necesarias para ayudar al aprendiz a aprender y aprehender).
Siempre que se habla de la educación es necesario analizar la integralidad de los factores ya que todos influyen en el resultado final. Una característica vista de manera independiente no alcanza para ilustrar la situación real, como tampoco su modificación impacta en lo general. Se ven los sistemas como una suma de elementos sueltos, y no como una interconexión de factores relacionados e influenciables entre sí.
Tanto quienes antes habían eliminado el reprobado, como los que lo vuelven a implementar desconocen, como si nunca hubieran sido estudiantes, qué es lo que genera la verdadera educación y qué es lo que determina el aprendizaje. Y no es novedad. En el ámbito académico pareciera que los profesores (al menos muchos de ellos) cambiaran de perspectiva solo por el hecho de pasar la barrera del estudiante al profesional dado por el título obtenido: como si nunca hubieran estado en el lugar del aprendiz, y si bien son ellos los que reclaman que no fueron consultados sobre la medida que se tomó, dicho fenómeno del olvido es también aplicable a los que tomaron la decisión.
Sí, la nota influye en los estudiantes, provocando que tal vez piensen en no esforzarse o viceversa, pero no quita que el análisis sobre la educación sea incompleto y que siempre terminamos preguntando: ¿Las condiciones edilicias son las necesarias para dictar clases? ¿Influye el estado de las aulas en la enseñanza? ¿Se dan contenidos innecesarios o inútiles desmotivando a los alumnos al obligarlos a incorporar conocimientos sobre temáticas que no son de su vocación o gusto? ¿Sirve la memorización de contenidos sin análisis crítico de la realidad? ¿De qué sirve un 10 si el conocimiento volcado en dicho examen, luego de un tiempo, se escapa y se esfuma como si fuera humo?
Obviamente es necesario establecer una escala de calificaciones que vaya desde un aplazado hasta un sobresaliente, pero no debería ser la única forma de calificación. Se debería incentivar al alumno a aprender por sus propios medios del contexto en el que se halla inmerso, enseñarle a desarrollar su autodidactismo: buscar aquello que le interese y que le sirva, obtener conocimiento y aplicarlo en su vida. Todas las personas deberíamos saber no solo leer y escribir (entendiéndose el leer como comprender aquello que se lee), sino también saber investigar y analizar el alrededor.
Escuchar o leer que un alumno que pasa a segundo grado no sabe escribir su nombre produce cierto escozor (y, ¡vamos!, también horroriza). Ser estricto y enseñar a serlo parecen cosa del pasado, pero no debería ser así. Lamentablemente pareciera que se confunde estrictez con falta de libertad o decisión, aunque el diccionario de la RAE defina la palabra “como ajustado enteramente a la necesidad o a la ley y que no admite interpretación”, pero es necesario para proponerse el objetivo del aprendizaje: enseñarlo como una herramienta para ser libres. Siendo permisivos (en el sentido de dejar pasar, dejar hacer) solo logramos una libertad ficticia, la física, la aparente, la que nos permite ser nosotros mismos sin realmente serlo, porque en la ignorancia somos fácilmente controlables. Y esa ignorancia crece en un sistema en el que se discuten cosas no importantes.

(*) Fuente de la imagen: http://perlasantangelo.blogspot.com.ar/2012/07/escuela-de-burros.html

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