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De 2001 a 2015: ni tanto ni tan poco

¿Por dónde empezamos?
Antes de la crisis de 2001 
 
Sí, es tedioso, pero para entender el hoy hay que hablar del ayer. La historia nos permite entender por qué hacemos lo que hacemos, aunque ello no tenga mucho sentido si lo analizamos de forma aislada. Las décadas del ’70 y ’80 marcaron a fuego la economía nacional y el clima social, ¿el problema? la inflación, o mejor dicho, la hiperinflación. La tasa inflacionaria alcanzó en Argentina máximos de 3000%. Sí, no sobra ningún cero. Las madres cuentan como el supermercado cerraba sus persianas en el medio de la jornada para que comience la orquesta sinfónica de las maquinas etiquetadoras de precios. El ingreso nacional se licuaba frenéticamente. Las paritarias hacían lo que podían. Algún que otro mortal hacía la bicicleta financiera con plazos fijos relámpagos. Ni hablar de los magnates de siempre: bancos y corporaciones que tomaban préstamos afuera que en un cambio de manos dejaban cuantiosas ganancias en pesos antes de devolverse en dólares -interés incluido- (cualquier semejanza con la tablita cambiaria no es pura coincidencia).

La vuelta de la democracia fue un gran aire político y social pero no pudo contener al monstruo inflacionario. La situación era insostenible y entrando a los ’90 el pueblo votó un cambio: de vuelta al Peronismo. Junto a la repetición histórico-trágica del caudillo riojano, se plantó en el Ministerio de Economía un tal Cavallo, un tecnócrata de los más formados del país. Como buen Chicago Boy, no se quedó abajo del tren neoliberal que recorría el mundo a toda máquina y adhirió con creces a las políticas económicas que nos premiaron con el mote de mejores alumnos del Fondo Monetario Internacional para orgullo de los que no se levantan a las seis de la mañana todos los días.
No obstante, ese Dr. en Economía que supo estatizar la deuda externa privada dando rienda suelta al jolgorio que es para los argentinos saber que seguimos pagando los préstamos que tomaron las grandes empresas para hacer la bicicleta financiera y volverse todavía más millonarios, el Ministro Cavallo daría cátedra pública con su plan anti-inflacionista: la paridad cambiaria con convertibilidad, más conocida como “un peso / un dólar”. ¿Por la inflación se pregunta? De 3000% a 0%, casi que de un plumazo. No pocas personas aplaudían al calvo economista cuando caminaba por la calle (probablemente algún padre de los jovencitos que hoy lo visitan en sus conferencias para tirarle huevos). Y es como empezó esta nota: todo tiene un origen, todo tiene un porqué. Y el nefasto plan de convertibilidad atendía la urgencia: basta de inflación. Al mismo tiempo, destruía el poco entramado industrial que los militares ya habían diezmado. La apertura comercial irrestricta y una moneda nacional hiper-sobrevaluada fueron una mala combinación. Aunque no fue tan desdeñable para la clase media que pudo, con un sueldo de pobre, vivir el sueño americano por casi una década. Bueno, decir “la clase media” es muy amplio, reformulemos: los que tuvieron suerte de sostener su empleo. Y claro, es que la lógica preferencia por las importaciones baratas y de calidad, dejaron a la industria nacional mirando al Norte. Sus insumos se habían encarecido a precio dólar y era imposible competir con los gigantes. Chau industria, chau puestos de trabajo, hola pobreza.
Eso sí, que entraron capitales, entraron a mansalva. Argentina era, sin dudas, un gran lugar para hacer negocios. Qué digo negocios… gangas. Es que motivo de la ineficiencia de los servicios estatales, se privatizaron muchas empresas nacionales. De hecho, el Plan de Convertibilidad se mantuvo gracias al enorme ingreso de capitales ya mencionado, los cuales se dirigieron en gran medida a la privatización de empresas, y en segundo termino al auge del Mercosur. En verdad, eso de malo, per se, no tiene nada, lo malo fue la forma en que sucedió. El Estado pasó al anonimato y con él todo atisbo de regulación. Los entes reguladores brillaron por su ausencia y las empresas privadas.(la mayoría extranjera), si bien mejoraron los servicios exponencialmente, tomaron a gran velocidad el total control de sus respectivos mercados, creando monopolios en detrimento del bolsillo del consumidor y girando ingresos al exterior a granel, sin atender demasiado un temita clave cuando del mediano y largo plazo hablamos: la reinversión. El problema se acrecentó cuando el flujo de capitales se frenó y el Estado comenzó a refinanciar su déficit fiscal con más deuda, pero esta vez, a intereses más altos. La caída del precio de los granos contribuyó fuertemente con la caída de la recaudación fiscal.
La crisis
 
En 2001 la tapa de la olla que hervía como el infierno, voló por el aire. La economía percibía una devaluación inminente pero el nuevo gobierno que llegaba no quería cargar con los costos de la devaluación (¿le suena?). Argentina, ahora gobernada por Fernando de la Rúa, representante de la Alianza, recibió del Menemismo una economía que venía en recesión desde finales del ’90. De esta forma, el nuevo gobierno decidió sostener la convertibilidad en base a nuevos préstamos externos (Blindaje y Megacanje) y a fuertes medidas de ajuste fiscal (suba de impuestos, baja de salarios, recortes varios). El desempleo rondaba el 20% y sumado el subempleo, el nivel alcanzaba un 36%. El riesgo país ascendía a una cifra record de 5000 puntos.

Debido a la poca reacción que la agonizante economía daba a las medidas de los economistas de la Alianza, De la Rúa supuso que el creador del monstruo era el único que podía detenerlo y sentó nuevamente a Cavallo en el sillón de Economía. Ante las altas expectativas de devaluación que existían, se precipitó una fuerte fuga de capitales y una consecuente corrida bancaria, Ante el inminente colapso del sistema bancario y la negativa del FMI de refinanciar nuevamente la deuda argentina, Cavallo instauró una restricción a la extracción de depósitos en efectivo (dólares y pesos), medida que fue mundialmente conocida como “El Corralito”. Si bien la excusa oficial fue favorecer a los bancarizados, la realidad es que fue un manotazo de ahogado para impedir el quiebre de la banca. En lugar de detener al monstruo, la medida restringió la liquidez monetaria paralizando el crédito y el comercio a causa de la rotura de la cadena de pagos y el ingreso nacional cayó fuertemente. La sociedad vio a la medida como la gota que rebalzó el vaso y comenzaron las manifestaciones, muchas de ellas fuertemente reprimidas por el Estado.
La salida de la crisis
 
Luego de una escena teatral digna de la historia Argentina, el quinto de los cinco presidentes que estuvieron al mando en una semana, Eduardo Duhalde, sentó las bases de una nueva política económica que permitiría al país salir de la crisis: el Keynesianismo anti-cíclico. Dispuesto a cargar el costo político, Duhalde derogó la Convertibilidad y comenzó con la pesificación asimetrica en 2002 (las deudas seguían sosteniéndose al 1/1 mientras que lo demás respetaba la devaluación oficial). La esperada devaluación se estimó en 1.40 pesos por dolar pero el mercado la llevó más alto. Con Lavagna a la cabeza de Economía, un eficiente Ministro que mantuvo su cargo con la llegada de Néstor Kirchner, se eliminó el Corralito e se instauraron controles cambiarios a montos considerables.

En el 2003, Kirchner ganó las elecciones presidenciales y se encargó de profundizar las medidas keynesianas iniciadas por su predecesor. La prioridad nacional era renegociar la deuda externa, reactivar la actividad económica, recuperar el nivel de empleo y ampliar las prestaciones sociales del Estado. En todo fue exitoso. A costa de salarios bajos, la economía repuntó de la mano del fogoneo del consumo, las prestaciones sociales y subvenciones a servicios básicos como la luz, el gas y los transportes. La expansión fiscal fue clave a la hora de motorizar la demanda agregada y frenar la recesión. La economía comenzó a repuntar tímidamente y lo propio hizo el nivel de empleo. Kirchner consiguió negociar de forma eficaz la sensación de pagos e hizo del Banco Central una entidad capaz de sostener una emisión monetaria responsable que mantenga niveles de inflación lógicos evadiendo cualquier tentación de financiarse en base a emitir pesos por sobre la demanda de dinero. El gobierno se benefició del alza de los precios de las materias primas en el mercado mundial y aumentó fuertemente su recaudación con impuestos a las exportaciones. En otra medida destacable, el Presidente Kirchner utilizó reservas para saldar deudas con el Fondo Monetario Nacional y no depender más de las muchas veces cínicas directrices de la entidad global.

De las tasas chinas a la incoherencia económica

En su primer período presidencial, Cristina Fernández encontró un país distinto al de la crisis. La economía venía en alza y el nivel de empleo crecía en consonancia con el nivel de actividad. Los sueldos comenzaron a repuntar su poder adquisitivo y el precio internacional de los commodities se acercaba a su máximo histórico. Aún con un crecimiento económico record para Argentina, el gobierno profundizó sus políticas económicas aumentando vertiginosamente el gasto fiscal sosteniendo además subvenciones de todo tipo y ampliando las prestaciones sociales. Para sostener tan cuantioso nivel de gasto, el Estado buscó a toda costa aumentar sus arcas y así depositó en la AFIP un recaudador un poco más que “correcto y eficiente”. A su vez, subió fuertemente las retenciones a la exportación de los sectores exportadores más dinámicos que recolectaban cuantiosas ganancias producto del auge de los precios de las materias primas. Para financiar el abultado crecimiento del gasto estatal, el Banco Central comenzó a emitir moneda por encima de la demanda de saldos monetarios y, junto a la puja distributiva social propia de un país que crece a la salida de una crisis, la emisión irresponsable comenzó a transformarse en la mecha preferida para encender el espiral inflacionario.

Entre 2007 y 2008, la crisis hipotecaria estadounidense se expandió rápidamente por el mundo vía el congelamiento del sistema crediticio y los mercados de capitales. El comercio global sintió fuertemente el cimbronazo. Argentina, fuera del mercado de capitales, no sintió el golpe por el lado de esa cuenta, pero sí debido al freno del comercio global. Al interior de la economía nacional, el Estado siguió financiándose con emisión monetaria a granel, lo cual disparó la inflación y, con ella, comenzó la corrosión de los salarios, cuestión que afectó principalmente a los sectores trabajadores que veían a las paritarias como el bote salvavidas que les permita llegar a ese tan ansiado destino que es la tierra del fin de mes. Ilusión monetaria si las hay, pues, debido a las negociaciones por tramos, los salarios siempre corrian de atrás al monstruo inflacionario. La inflación también presionaba sobre los costos en pesos de los exportadores y tanto el tipo de cambio como el nivel de retenciones comenzaron a ser una traba a la producción, por ende a la exportación, ergo, a la recaudación del Estado. ¿La solución que encontró el gobierno pregunta? Intervino el INDEC, tergiversó los datos oficiales e intentó encubrir la inflación elevada.

La Presidenta Fernández
[creemos] que bromeando sobre tecnología que se produce en el país.

El gobierno de Fernández, siguió sosteniendo el alto nivel de gasto fiscal (aún aumentándolo) y los subsidios a los servicios básicos con tal de no asumir los costos de hacer política económica anti-cíclica en épocas de crecimiento. Entre la primera y la segunda presidencia de Cristina, se sostuvo todo lo máximo posible el tipo de cambio atrasado con tal de no perjudicar aún más a los sectores trabajadores que ya estaban siendo altamente perjudicados por el espiral inflacionario que el mismo gobierno había creado años atrás. Sucede que el atraso cambiario se sostenía en detrimento de la producción y con un alto costo para el Banco Central, entidad que comenzó a ver cómo se vaciaban de a poco sus arcas por la salida de capitales. Para peor, durante su segunda presidencia, Fernández sufrió la baja de la recaudación vía exportaciones debido a un conjunto de causas: la baja de los precios internacionales de los commodities, el aumento de costos de producción debido a la inflación, el tipo de cambio atrasado y la merma en la venta de los exportadores agropecuarios debido, a una cuestión de intereses financieros por un lado y a una confrontación ideológica con el gobierno, por otro.

Ante el nublado panorama económico nacional, la incoherencia económica tomó protagonismo en la escena y el gobierno tomó una serie de medidas propias de una obra teatral trágica de la época griega. Debido a que el Estado no recaudaba divisas y sufría la fuga de capitales, decidió restringir importaciones a mansalva, sin importar si lo que restringía se producía en el país o no estaba ni cerca de producirse. Al contrario de los que muchos partidarios del gobierno anterior creen, esta medida no es propia de un plan proteccionista sino del plan “manotazo de ahogado”. Los Estados restringen importaciones relacionadas con aquellos productos en los que identifican una potencial ventaja comparada nacional respecto a su producción, no restringen bienes que no producen localmente ni jamás producirán. El mejor ejemplo es la tecnología, es decir, rubros como computación y telefonía, bienes que Argentina, no produce localmente pero que al consumidor le cuestan tres veces su precio en el mundo.

Como la restricción desmedida a las importaciones no alcanzaba para sostener una cuenta capital en verde, el pulpo AFIP fue por todo: prohibida la compra de divisa extranjera a todos los agentes económicos y prohibido el giro de capitales, con ustedes, el gran protagonista de la obra… el cepo cambiario, una invención 100% made in Argentina. ¿Qué buscaba el cepo? Que no salgan más dólares. ¿Qué logró? Casi vaciar al Banco Central de reservas y que no entre ni un dolar más a la economía. “Una pieza maestra” como le dicen los expertos. Ante la presión para devaluar, el gobierno no pudo sostener más un tipo de cambio irrisoriamente apreciado y devaluó un 40% en enero de 2014. Este venezuelazo le costó caro al partido dominante en la última década y tuvo que dejar el mando a manos de la centro-derecha a fines del 2015, dejando a la economía como una pequeña bomba a punto de estallar: déficit fiscal altísimo, déficit en la cuenta capital, reservas cercanas a cero, déficit de cuenta corriente, inflación del 30%, desempleo en alza, tipo de cambio atrasado, entre otros.

En resumen, cuando hablamos de economía, hablar de “Kirchnerismo” es muy injusto. Eso podemos dejarlo para el eterno análisis politológico. Dentro de los últimos 12 años de gobierno, encontramos tres períodos bien marcados: la excelente gestión de Néstor Kirchner y Lavagna para profundizar el keynesianismo anti-cíclico que inició Duhalde, sacando a Argentina de una crisis de las peores de su historia; el auge económico de la primera presidencia de Fernández que cosechó la siembra de su marido; y el último período presidencial, en el cual gobernó la incoherencia económica y la economía nacional se volvió ejemplo de cortoplacismo ineficaz para el mundo entero. Ni tanto ni tan poco…

Bonus track: los desafíos de Macri y sus primeras medidas

No es menor el desafío que tiene el actual oficialismo para desactivar la pequeña bomba económica que dejó el último gobierno. Por lo pronto, sus primeros pasos parecen ir en la dirección correcta. Ante la discusión de si salir del cepo con medidas tipo shock o más bien paulatinas, el gobierno se decidió por la primera y, con un tecnicismo milimétrico, no sólo salió airoso del cepo, sino que además logró que el precio de la divisa descendiera. Además, levantó las restricciones a importar ciertos productos que precisaban la arbitraria autorización del pulpo AFIP y que debido a su no llegada paralizaban cadenas productivas nacionales. En pos de recuperar las agonizantes reservas del Banco Central, bajó las retenciones a la soja para que así el Estado vuelva a recaudar lo que los silo-bolsa no le permitían. Además, eliminó retenciones a otros granos y oleaginosas para que la producción no se centralice en lo más rentable: la soja. Anunció quitas en los subsidios (esperemos sean paulatinas y se acompañen con aumentos salariales acorde) y mostró la intención de que ciertas prestaciones sociales que se decían ser universales, lo sean realmente. El nuevo gobierno también trabaja en recuperar la confianza en la economía local y para eso busca crear un Instituto Nacional de Estadísticas que haga algo extraño hasta ahora: decir la verdad sobre la inflación, por ejemplo. La mejor forma de enfrentar la enfermedad, es empezar por reconocer el síntoma. Sin dudas, frenar la inflación será el mayor desafío para Macri y su equipo, van por buen camino, esperemos no se desvíen y no le den la razón a aquellos futurólogos que avizoraban una plutocracia, por el bien de todos…

3 Comentarios en De 2001 a 2015: ni tanto ni tan poco

  1. Amigo que buen artículo. Debo aclararte que me gusta mucho esta página y todos los artículos que escribes. No se encuentran muchos portales así hoy en día, es exelente!!. Saludos desde Tucumán.

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  2. Te agradecemos mucho tu tiempo invertido en nuestro trabajo y más aún por el comentario que nos dejás. Una pena no nos hayas dejado tu nombre para poder devolverte el saludo de forma más individual. Muchos saludos para todo Tucumán.

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  3. Se nota tu optimismo en esta nueva etapa de Argentina. A varios meses de tu análisis no se si continuaste con el mismo, pero , lamento pincharte el globo, estan chocando la calesita

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