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Devaluación para todos y todas

Dolárcito… dolárcito… ¿quiés es el más bonito?
Argentina eligirá en menos de un mes, quién será su presidente por los próximos cuatro años. Entre muchas políticas que proponen los dos candidatos que irán al balotage, el tipo de cambio no es, en nivel de importancia, una menor. Todo parece señalar que, de continuar el oficialismo, la devaluación será una herramienta que el equipo económico de Scioli deberá utilizar tarde o temprano, al igual que el Ministro de Economía actual lo hizo a principios de 2014. Pero los economistas que acompañan al ex-deportista son muy cautos respecto a la aplicación de la misma y barajan una subida suavizada y paulatina conforme pase el tiempo. En la otra vereda, el equipo económico de Macri se inclina más por una modificación de tipo “shock”, con una subida que se fije lo más pronto posible en un promedio entre el valor oficial actual (que es sólo un número) y el valor del dólar paralelo. Sea quien sea el ganador y la correspondiente política cambiaria que aplique, esto traerá consecuencias de corto y mediano plazo en la economía, cuestión que trataremos de avizoran con la precaución suficiente.
Primero lo primero: ¿Por qué la devaluación es un hecho?
En los últimos años, el oficialismo exprimió las herramientas monetarias al máximo (lo cual no significa que lo haya hecho eficientemente). Hacia dentro, hizo de la emisión monetaria a granel, un baluarte de su auto-financiamiento. Esto sucedió porque los primeros gobiernos kirchneristas tuvieron una política de desendeudamiento externo y se privaron, mayormente, de financiarse vía mercado internacional de capitales. Desde un punto de vista menos optimista, también puede leerse que, motivo del desorden macroeconómico que Argentina arrastraba de la crisis de 2001 y que se acentuó en los últimos años del actual gobierno, tomar crédito en el exterior pasaba a ser una operación muy riesgosa, pues el mundo no estaba dispuesto a prestarle a Argentina a tasas normales debido al desorden antes nombrado y al ocultamiento de la realidad vía intervención de los organismos de estadísticas oficiales. No obstante, el Estado sostuvo intertemporalmente una política de aumento sostenido del gasto público para incentivar el consumo a través de la demanda agregada. Una gran parte de ese gasto pudo solventarse gracias al saldo del comercio exterior, pues los precios de los commodities gozaban de un alza histórica y el Estado aumentó su recaudación por medio de retenciones a la exportación, cuestión que ya no es así en la actualidad. Además, reconstruyó el sistema recaudatorio en manos de la AFIP y luchó fuerte y efectivamente contra la evasión impositiva. Pero este balance armonioso entre gasto y recaudación no duró para siempre. En épocas de crecimiento (cuando el manual dice que el gasto público debía bajar), el Estado lo aumentó aún más y la recaudación comenzó a correr al déficit cada vez más de atrás.

Ante este nuevo escenario, el Estado comenzó a financiarse a sí mismo emitiendo moneda a mansalva. Recuerde que el Estado tiene la potestad y el monopolio de emitir la moneda nacional y como hace muchos años que los sistemas monetarios no se respaldan en ningún otro activo, la emisión puede ser tan cuantiosa como el gobierno lo crea necesario, incluso superando la demanda de dinero y corriendo así el riesgo que los agentes económicos opten por refugiar valor por medio de activos externos. Por supuesto que esto tiene un costo y es que cuando el Estado inunda de pesos la economía (la oferta supera a la demanda –hay más billetes de los que la gente quiere tener-), la moneda pierde valor. ¿En relación a qué pierde valor? A los bienes y servicios que produce la economía local y a los que importa, que están cuantificados en la moneda internacional de referencia, pongamos el dólar. Al depreciarse la moneda respecto a los bienes y servicios de la economía, estos suben  de precio, o mejor dicho, hace falta más pesos para comprar lo mismo, pues recuerde que el peso ha perdido valor. Esta descripción no permite afirmar que la emisión monetaria desmedida es exclusiva e inherentemente inflacionaria, pero sí que, claramente, contribuye de forma relevante al conjunto de variables que hacen a una economía de tipo inflacionaria.
Muy bien, y esto… ¿qué tiene que ver con el tipo de cambio? Mucho. Porque al perder la moneda nacional valor con respecto a la moneda de referencia internacional, el nivel de precios internos no refleja la realidad. En otras palabras, como los precios internacionales están íntimamente relacionados con los locales y los primeros se miden en dólares, si el tipo de cambio nominal no se devalúa, uno estaría en presencia de un país muy barato en dólares, pues con un dólar compraría mucho más en Argentina que en otra parte del mundo. Un ejemplo para clarificar: imagine que un auto (un bien que a esta altura debería considerarse como un bien salario) cuesta $2.000 USD en el mundo, y ese mismo auto cuesta $10.000 en Argentina. Ahora, por una cuestión didáctica, imaginemos que hay libre comercio. Será fácil deducir que la relación entre niveles de precio es de $5 por cada $ 1 USD, pero imagine que el tipo de cambio está en $3 a $1 USD. Bien, no se precisa ser un especialista para leer que se está en presencia de un tipo de cambio atrasado que no representa la realidad.
Bueno, ¿y con eso qué? ¿Cuál es el problema? El problema es, por un lado, que los sectores más vulnerables no tienen capacidad de acceso a la compra de divisas, pues su propensión marginal al ahorro se vuelve nula ante un contexto tan inflacionario. En este sentido, la inflación de dos dígitos (dos decenas y contando, en nuestro caso) no sólo restringe la propensión al ahorro, sino que además perjudica fuertemente a aquellos trabajadores que no pueden protegerse de la pérdida de valor de la moneda local, ya que no tienen acceso a activos medianamente sofisticados, los cuales, lejos de ser especulativos per se, protegen el ahorro fruto del esfuerzo. ¿No es ésto una política de ajuste?

Y, por el otro lado, perjudica a los sectores exportadores, pues como el dólar está “barato”, los costos en pesos están caros y los sectores exportadores se vuelven poco competitivos respecto al resto del mundo al tener que elevar los precios de sus productos.

Tipo de cambio vs. Tipo de cambio
La oposición baraja una devaluación menos paulatina y más “de shock” que promediaría la brecha entre el dólar oficial y el paralelo. En principio, una devaluación suele tener dos caras: el aumento de competitividad-precio de los sectores exportadores y la transferencia de ingresos desde los sectores trabajadores a los sectores productores (propietarios de los medios de producción) en el corto plazo.

Por un lado, los sectores que eran los más dinámicos de la economía (véase los exportadores) se beneficiarán con la devaluación, pues tendrán costos más baratos en pesos y mayor ingreso cuando, luego de vender en dólares, cambien los mismos por pesos. Esto provoca una fuerte subida del ingreso y la producción de dichos sectores, los cuales se verán incentivados en el corto/mediano plazo a incorporar más trabajadores al proceso productivo motivo del aumento de la productividad marginal del trabajo. Sin embargo, este aumento de la productividad marginal del trabajo en el momento cero, se sostendrá en el tiempo dependiendo de la capacidad ociosa que esté experimentando la economía en dicho momento, es decir, que aumentará la demanda de trabajadores dado el stock de capital existente, incentivos provenientes de políticas públicas mediante. Cuando la incorporación de fuerza laboral se acerque a ingresos marginales nulos, la demanda cesará y su continuidad dependerá de la inversión, es decir, de la expectativa de los empresarios respecto a incorporar capital. A su vez, esta última variable dependerá de las políticas públicas llevadas a cabo por el Estado en pos de incentivar la inversión privada, y también de los mercados, ya que será la demanda quien permitirá evaluar si el aumento de capital será o no rentable.

Por otro lado, la economía sentirá el golpe de la devaluación por parte del consumo, pues ante un sinceramiento del nivel de precios, éste caerá arrastrando consigo el ingreso y, por ende, a la producción. La consecuencia más negativa es el efecto de expulsión de empleo que esto generará, ya que los empresarios mantendrán su beneficio máximo despidiendo trabajadores debido a la caída en la demanda. Si bien la baja en el consumo es inevitable ante una devaluación, el desempleo no debería por que subir si el país contara con sectores exportadores lo suficientemente dinámicos para que, motivo del beneficio que representa para ellos una devaluación, fuesen capaces de absorber la mano de obra que expulsen los sectores menos dinámicos. Éste no es el caso de Argentina ya que prácticamente no cuenta con sectores exportadores dinámicos en otros rubros que no sea la exportación de commodities, que para peor, están experimentando una fuerte caída global en referencia a su precio. Otra alternativa de absorción de empleo desplazado, es que se produzca un ingreso de capitales con fines productivos o bien que, al menos, se detenga la fuga de capitales en función de las expectativas vigentes.
El oficialismo esboza un plan poco claro y difícil de analizar. No parece descartar una devaluación pero no adhiere a un alza de tipo de cambio tipo “shock”. La prioridad del oficialismo es preservar los puestos de trabajo y, ante un escenario inflacionario que ya le juega muy en contra en pos de su voluntad de ser reelecto, una nueva suba de precios motivo de un sinceramiento cambiario provocaría un efecto doblemente negativo. La expulsión de empleo en el corto plazo, como se explicó anteriormente, es un efecto casi inevitable de una devaluación (aunque puede ser revertido con rapidez relativa), al igual que lo es una pérdida aún mayor del poder adquisitivo de los sectores más vulnerables (lo que viene sucediendo hace ya varios años). Sin embargo, el sostenimiento de un tipo de cambio atrasado, seguirá perjudicando a los sectores exportadores, economías regionales con sus consecuentes niveles de empleo y por ende  la recaudación del Estado, ergo, a la creación y al mantenimiento de los niveles de empleo en el mediano y largo plazo (ni hablar de la inversión), por lo cual el problema parece girar en torno a una decisión de tipo trade off entre corto y mediano/largo plazo.
En resumen, el debate sobre el tipo de cambio no escapa a la lógica del debate económico general que enfrenta dos “proyectos económicos”: la continuación del corto-placismo representada por el candidato oficialista, y una visión más largo-placista (no necesariamente representada por el candidato de la oposición). La decisión, queda en manos de los electores.

2 Comentarios en Devaluación para todos y todas

  1. Y así los electores optaron por el golpe inflacionario y devaluatorio tipo shock antes que por el letargecimiento de los resultaudos de politicas decadentes y desgastadas. Es muy placentera la sobriedad en tus palabras y la elocuencia de tu mirada, es un gusto leerte.

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  2. Kenny, muchas gracias por tu tiempo invertido, por tus palabras y tus reflexiones. Te mando un fuerte abrazo y sos bienvenido cuando quieras.

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