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¿Qué es mejor? ¿Que te lo de el gobierno o que te lo puedas comprar?

Los gobiernos que, a priori, emergen como asistencialistas -mal llamados populistas- son pintorescos. Lo son porque tienen una gran capacidad de manipular información a tal punto que gran parte de la nación se vea seducida por sus aparentes logros aún sin desmembrar demasiado su origen y desarrollo (y todavía menos sus consecuencias), pues esto o no interesa ó no conviene hacerlo. Otro sector de la población vacila al respecto de su posición, lo cual otorga márgenes a favor y permite gobernar sin demasiados obstáculos sociales. Un último sector no muy numeroso se muestra muy crítico y sus argumentos lo dividen en dos sub-sectores bien definidos: aquellos que están en contra de todo lo que conspire contra sus históricos y tradicionales intereses de clase, y otro que no posee título de nobleza (y lejos está de ello) pero comprende bien que aquél que dice ayudarlo no lo hace, en absoluto.


En Argentina estamos llegando, indudablemente, al fin de una etapa a la cual ponerle una calificación del uno al diez o adjetivarla dicotómicamente pasa a ser tan anecdótico como en vano. Pero sí es muy útil comprenderla, pues de aquello que evaluemos dependerá el futuro y cuando uno continúa con vida debe seguir viviendo. La Argentina post-crisis de 2001 es un país complejamente en ruinas y partir de aquél punto para comparar a posterioridad otorga ciertas ventajas. Y aunque cierta parece ser esa frase banal que reza “¿qué podría ser peor?”, más cierto es que podría haber sido peor y no lo fue. El porqué no lo fue abre otra discusión muy calurosa e interesante en tanto el gobierno y sus fervientes seguidores apoyarán la moción de una influencia central de las políticas oficiales en el proceso de reconstrucción, mientras quienes se muestran más críticos coincidirán en que las condiciones que permitieron al país levantarse ó poco tienen que ver con la intervención estatal ó en todo caso dicha intervención influyó fuertemente pero de forma tan poco sustentable que los altos costos a pagar están a la vuelta de la esquina.


Muy probablemente ambos grupos disertantes tengan un poco de razón cada uno. Es difícil de refutar que, en comparación con La Argentina del 2001, el país ha mejorado notablemente sus índices principales y esto se ha reflejado en una mejora social. No es difícil darse cuenta que un país con cifras de desempleo de un dígito está mejor que otro con saqueos periódicos como norma general. Sin embargo, también es cierto plantearse aquella pregunta incómoda que nos lleva a repensar si lo que se construyó fue sobre bases sólidas o bien sobre unas bastante maleables. Esto es discutible pero parece inclinarse ante la segunda opción. ¿Por qué? Porque las cifras de desempleo son ciertas pero relativas y engañosas, pues muchos puestos de trabajo se deben a la absorción directa estatal, que suele pagar bajos salarios y sobrecargarse de mano de obra, otros tantos se contabilizan en base a planes sociales, muchos refieren a empleo precarizado y otros a sub-empleo o trabajo en negro. Cierto es también que una cifra de desempleo que ronda el 7% se muestra de forma un poco subestimada, pues teniendo en cuenta un país de población poco numerosa como el nuestro (40 millones de habitantes aproximadamente), estimando una reducción numérica que arroje la cantidad final de población laboralmente activa (cerca de la mitad), habla de un caudal aproximado de 1.3 millones de argentinos que, teniendo en cuenta la definición teórica de desempleo, están buscando trabajo y no lo encuentran. 1.3 millones sobre un total de 40 no es una cifra para desestimar. Más aún teniendo en cuenta la comparación entre Argentina y la región, que ha crecido en general: al observar (tomando como ejemplo los datos al año 2012 según el Banco Mundial), Argentina es el 5° país con mayor desempleo en la región sobre una muestra de 11. Es decir que Colombia, Brasil, Venezuela y Perú  lo superan (con índices de desempleo más altos), teniendo el dato no menor que Brasil cuenta con una población que supera a La Argentina casi en 5 veces. Por otra parte, 6 países (Chile, Uruguay, Paraguay, México, Ecuador y Bolivia) superan a Argentina en materia desempleo mostrando tasas más bajas (en el caso de Bolivia incluso menos de la mitad).
Por otra parte, si bien el salario real ha mostrado una relativa y ligera mejora en estos últimos años, lo ha hecho siempre comprándose con uno de los peores períodos de la historia argentina, situándose bastante lejos de aquellos con mayor bonanza. Como siempre, todo depende con que lo compares, ya que comparar el nivel de desempleo argentino con el de algunos países europeos en crisis como España, muestro una gran superación por parte de Argentina. Lo curioso es notar que, comparando una época argentina de crecimiento con una época de crisis total en países como España o Grecia, aún así, los salarios reales de los europeos son mejores a los nuestros. Y es que si bien el salario nominal ha crecido fuertemente desde el 2003 hasta hoy, también lo ha hecho la inflación, ambos protagonistas de la carrera por el poder adquisitivo. El árbitro de la competencia no cuenta con una influencia nada menor sino todo lo contrario: el tipo de cambio ha sufrido una progresiva devaluación, carcomiendo aún más el poder adquisitivo. Ante estas dos variables que atentan contra el poder de compra la pregunta es urgente: ¿Y cómo puede ser que todavía podemos vivir? Bueno, el gobierno se ha encargado que vía subsidios, transferencias directas, control de cambios, incentivo al consumo (compre en 24 cuotas), control de precios y otros artilugios, todavía se pueda sobrevivir vía pedaleo financiero, pero la no planificación tiene un costo y éste tarde o temprano emerge. El gobierno está haciendo lo imposible para que ese costo lo pague la próxima administración, que motivo de la no planificación tiene todas las fichas puestas para correrse a la derecha, hacia las políticas que todos ya bien conocemos: ajuste, recorte, expulsión de mano de obra, flexibilización, apertura desmedida, etcétera, etcétera. Todo orquestado para que cuando llegue “el demonio neoliberal” podamos apuntarlo con el dedo y gritar: “otra vez estos secuaces de Satanás con sus recetas económicas falsas y exclusivas”. La pregunta es: ¿Qué se hizo para que no haya necesidad de hacer un tedioso giro a la derecha?
Los sectores que han sido “beneficiados” (un punto que puede ser debatido eternamente), se conforman con todo lo que es para todos y todas, básicamente porque el gobierno se lo provee, sin darse cuenta que, si el gobierno no existiese, no lo podrían obtener por sus propios medios. Grandioso argumento para sostener que sólo el gran benévolo Estado es capaz de correrte de esa vida de miseria que te ha tocado vivir. Las personas no somos capaces de sortear la realidad en base al trabajo y la formación pues el mercado no lo permitiría. Algo que claramente es falso ya que algunos prefieren que los gobiernos combatan al mercado generando oportunidades de ascenso social vía educación y un mercado de empleo no excluyente, equitativo y demandante. Una situación macroeconómica que permita proyectar, ahorrar y valerse por sus propios medios, sin depender de un sistema vicioso de subsidios, transferencias, planes, controles, etcétera. En la Argentina de hoy se cree que criticar la intervención del Estado es solicitar su retiro y velar por el reinado del mercado mientras nos rasgamos nuestras vestiduras neoliberales; por el contrario, se solicita una intervención correcta del Estado en la economía, sincera, eficiente, que genere verdadera inclusión no del discurso para afuera, que el pueblo puede comprar lo que precise y no que el Estado se lo brinde como una fundación que sostiene la vida fútil de “nosotros”,  los eternos miserables.
 
*Editado por Iván Cristian Jurisic.

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