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La futbolización de la política argentina

“Nuestra marcha lleva más gente que la de ustedes”. “Copamos la plaza”. “Contala como quieras”. “Los de ustedes son pagos y los nuestros van porque lo sienten”
Cantitos que rivalizan, caravanas, pancartas, banderas, rimas jocosas, llegar a los actos políticos o a las manifestaciones en micro, todos juntos, alentar como si estuviese jugando un equipo, el toma y daca en las redes sociales, un canal hincha de uno y otro hincha de otro, algunos en el medio -que medio que hay medio que hincha por los dos-, el choripán y la Coca, los paraguas y los pilotos (si lluevo me la banco igual), entre otras frases y actividades futbolístico-políticas que marcan la cancha de la realidad argentina de los últimos años, dejando sobre la hora un resultado empatado y una incógnita pendiente: ¿Hay una futbolización de la política?
Muchos adjetivos recibe el estereotipo de argentino desde el exterior y desde la auto-crítica interna. Todos ellos dudosos, poco estadisticamente comprobables. Que chamuyeros, que solidarios, que trabajadores, que egocéntricos, chantas, ladrones, vivos, arrogantes y más. Ahora, que el argentino es futbolero, no lo puede negar nadie. Nos encanta el fútbol, es un deporte que apasiona a gran parte de la población sin discriminar género, edad, afiliación política, ideología, estilo musical favorito, etcétera. El fútbol para nosotros es una hermosa pasión, un penoso descargo y un incorrecto cable a tierra, porque muchas veces se banca que mostremos por medio de él, lo peor de nosotros: la violencia, la rabia, los gritos, la furia, el odio, la rivalización constante. Es que el fútbol no es sólo un deporte para nosotros, es una subcultura que puede convertirse hasta en un estilo de vida. “Me llamo fulano, tengo tantos años, vivo en tal lado y soy hincha de tal club”. Entra en la bio básica de más de uno (principalmente del que escribe estas líneas, que a su vez conoce a muchos tantos otros).

Y más allá de discutir si esta subcultura del fútbol es buena o mala (tendrá sus pro y tendrá sus contra), es muy fácil darnos cuenta que por lo demostrado en reiteradas oportunidades, posee una capacidad innata de extrapolarse hacia otros ámbitos de la vida cotidiana como supo hacerlo con el Rock, donde creó poco a poco una cultura de fanatismo musical de tipo futbolístico donde seguir a la banda favorita comenzó a ser bastante parecido que seguir a un club. Cuestiones de lealtad, apoyo y aliento se mezclan con cuestiones de gusto, placer y aprendizaje.

La política parece ser el nuevo hijo adoptivo del fútbol y ser de un partido o de otro, ser afín al gobierno o no serlo, no tiene escapatoria, es como ser de un club: no podés ser de otro. Si uno es de Boca, no importa si River ganó todos los torneos del año y es el mejor equipo, uno no va a salir a decir por todos lados “River es un gran club porque hizo esto, esto, aquello otro…”, porque la rivalidad pasional enceguece y uno no puede ver del otro sino la enemistad que lo coloca en la vereda opuesta, irreconciliable. Lejos quedó la política como instrumento de consenso, debate y escucha. La política como canal de expresión multidisciplinario y sectorial. Ya no existe “la política”, existen políticas distintas que parecen ser incongruentes entre sí como si cabiese la mínima posibilidad de que alguna de ellas cobijase dentro de sí la verdad absoluta de algo.

Cuando la política parece desterrar para siempre al tibio ser apolítico, por lo contrario lo exalta, manteniéndolo apartado de la verdadera discusión política y utilizándolo como instrumento numérico que avala no tácitamente decisiones, modelos y proyectos que cree que entiende cuando no lo hace, no por falta de su capacidad cognitiva sino porque no existe tal cosa que aprender, sino que se asiste a un piloto de una novela que nunca saldrá al aire. Divino fenómeno que hace creer al que participa del acto que es parte de él aún no siéndolo, al igual que en el fútbol, pues uno raramente cambie el transcurso del partido no estando en él.

Así el acto político o muchas manifestaciones se convierten en meros eventos de “siga al líder” o, en su defecto “defenestre al líder que tiene”, dejando de lado ideas concretas, plausibles y palpables. Son conglomerados de gente que siquiera piensa de igual forma entre sí, pero que soporta a un mismo líder a una misma idea difusa sobre algo, una sensación muy similar a compartir un sentimiento, una pasión, la euforia…. como pasa en el fútbol.

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