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Zoncera argentina contemporánea N° 2: O el agro o la industria

 

El bien o el mal; la izquierda o la derecha; lo blanco o lo negro; el liberalismo ortodoxo o el férreo proteccionismo; el agro o la industria. En nuestro país, el pasado, el presente (y hasta el futuro), están plagados de dicotomías, caminos bifurcados, elecciones binómicas. Todo debe ser de una forma o de otra; las ideologías son antagonismos; las corrientes políticas, enemigas; los distintos proyectos nacionales, incoordinables; la política económica, una guerra llena de intereses particulares que refleja dos bandos bien demarcados, oponentes, rivales feroces. En el medio está la nación y por delante, su futuro. Por detrás, está la política y sus herramientas: las leyes, las instituciones, el tipo de cambio, el interés, los subsidios, las retenciones, los impuestos, la inversión y mucho más.
Si uno analiza, bajo esta perspectiva, la historia del país, no puede demorar mucho en descubrir éste tipo de disyuntiva, sea en el ámbito político (con la rivalidad entre unitarios y federales, por ejemplo), sea en el económico (librecambio vs. proteccionismo o agro vs. industria). Parece que un país exportador de bienes primarios y con infraestructura industrial es algo así como un absurdo, puesto que ambos modelos son sustituibles el.uno por el otro: o es el agro o es la industria.
De esa zoncera se alimentaron los dos siglos de vida que tiene el país y reflejaron fehacientemente la creencia de que lo beneficioso era lo derivado de la especialización, aquello que mejor permitiese hacer uso de las ventajas comparadas con las que contaba -y cuenta- el país en base a su factor más abundante: la tierra. La combinación entre tierra, trabajo y precios elevados de las materias primas en el mercado internacional, podía arrojar un sólo resultado posible: un país exitoso. De hecho, así sucedió en algunos períodos de la historia como el actual que vivimos o aquel que nos regaló el título de “Granero del Mundo”. Los exportadores agropecuarios fueron siempre los verdaderos y orgullosos dueños del granero y encontraron en la mayoría de los gobiernos de turno (aunque no tanto con el kirchnerismo actual) más complicidades que trabas para la consecución de ganancias extraordinarias, aunque no siempre reinvertidas en el proceso productivo nacional.
Lo curioso es que no sólo la historia argentina sino la historia de la mayoría de los países que hoy consideramos exitosos (véase Estados Unidos, Gran bretaña, España, Italia, Alemania, Japón) han conseguido ese mote gracias a ignorar la dicotomía entre un modelo agroexportador o un modelo de producción industrial. Justamente, la combinación de ambos factores con sesgos circunstanciales dependientes de factores exógenos -como fluctuaciones en los precios del mercado internacional- fue el trampolín al desarrollo económico que construyeron dichas potencias.
Sin ir más lejos, es bien sabido que la época marcada por el gobierno peronista a mediados del siglo XX en Argentina, fue un período de prosperidad económica y mejora sustancial de la infraestructura productiva del país. En éste sentido, no fue el gobierno peronista un avivador del fuego divisor entre un modelo industrial o uno agroexportador, sino que aprovechó los términos de intercambio favorables que afrontaba el agro para atesorar divisas e invertirlas tanto en bienes de capital como en insumos que permitan el renacimiento de una industria nacional que no sólo tengo por fin el abastecimiento interno y la sustitución de importaciones sino también el ingreso de las manufacturas argentinas a la competencia propia del mercado internacional.
Si bien más de 200 años de capitalismo demuestran que la adversidad en los términos de intercambio a lo largo del tiempo favorece mayoritariamente a los productos de origen industrial, alto contenido tecnológico y valor agregado en detrimento de los productos primarios, también es cierto que en períodos muy particulares los precios de las materias primas en el mercado global han subido notoriamente, beneficiando así a los países con economías más bien primarizadas. Y al ser el comportamiento del mercado mundial, motivo de sus vaivenes, preferencias y fluctuaciones, muchas veces difícil de presagiar, países con infraestructuras desarrolladas tanto en el sector agropecuario como en el industrial, tuvieron y tienen la capacidad de beneficiarse en ambos períodos y cuentan con un Estado capaz de redistribuir la riqueza desde los sectores ganadores hacia los perdedores según las circunstancias de turno.
Por supuesto que en economías monetarizadas por el fenómeno globalizador, es complejo hacer uso de las políticas monetarias sin favorecer a un sector en detrimento del otro, teniendo en cuenta que uno, en términos generales, es intensivo en mano de obra (la industria) y el otro intensivo en el factor tierra (el agro). Ante éste escollo no menor que ha debido enfrentar cualquier país en vías de desarrollo, se han destacado aquellos donde el Estado tuvo la capacidad de remediar los costos de un tipo de cambio desfavorable para cierto sector, compensando esa desventaja con exención de impuestos, subsidios a la producción y exportación o, simplemente, contribuyendo a redirigir la matriz industrial hacia la búsqueda del salto tecnológico de vanguardia, los bienes de calidad que no son precio-competitivos o el sector servicios.
Con esto se concluye con la zoncera contemporánea N°2, que es a menudo núcleo del debate político-económico argentino, puesto que entender a los distintos sectores de la producción nacional como antagonistas y no como elementos complementarios, es una de las bases principales de la incongruencia interna, el conflicto social y el mayor de los escollos a la hora de la formación de un proyecto nacional sólido, inclusivo, integral y sustentable.

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