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¿Cómo empezamos a ser pobres? Parte VI

Parte VI: “Sarmiento, padre del aula, hermano de la civilización e hijo del extranjero”

Entrada la década del ’70 en el siglo XIX, Mitre dejaba la presidencia para darle su lugar a Sarmiento, hombre controvertido, glorificado y también… odiado.
“Sarmiento fue un hombre lleno de odio toda su vida. Odió en el colegio cuando formaba parte de una turba de muchachos que golpeaba a los más chicos. Odió como trabajador cuando maltrataba a los clientes del almacén donde trabajaba. Odió como intelectual deseando la muerte de sus compatriotas en pos de la “civilización”. Odió como militar cuando marchó contra su propio país aliado al extranjero. Odió como gobernador cuando sofocó la rebelión de uno de los últimos caudillos federales colgando la cabeza del Chacho en la Plaza Pública. Y odió también como presidente defendiendo los intereses extranjeros. Odió tanto pero tanto, que hasta su estatua en Palermo, ocupa el lugar donde descansaba su eterno rival.”
(Sheva López)
Fundador y director del Diario “El Zonda”, Sarmiento se unió en su juventud a las tropas del General Paz para luchar contra Rosas, pero éste venció a Paz en Córdoba y Sarmiento tuvo que exiliar a Chile. Ahí pronunció ideas interesantes acerca del Canal de Magallanes y la Patagonia –en litigio con Chile– alegando que éstas eran tierra estériles que no valían nada y que debían ser entregadas a su verdadero dueño: el Estado chileno…
Antes de ser gobernador de San Juan, Sarmiento se había enrolado junto a Mitre en el ejército de Urquiza que derrocó a Rosas en Caseros. En la misma casa de Rosas escribió su último parte de guerra y en su presidencia mandó a dinamitarla, llamando “3 de febrero” al parque que formaba parte de la residencia (el 3 de febrero fue la batalla de Caseros). En el lugar físico donde estaba el dormitorio donde dormía Rosas, hoy hay una estatua de Sarmiento y las calles que forman la intersección se llaman “Sarmiento” y “Libertador”.
Llegando al final de la Guerra del Paraguay, apoyada por Mitre, Urquiza y Sarmiento –los vencedores de Caseros–, el Gobierno nacional tendría un nuevo cambio de presidente. Recordemos que Marcos Paz estaba al mando del Estado como vicepresidente de Mitre que se había enrolado él mismo para combatir en el Paraguay. Luego de haber sido un polémico gobernador de San Juan desde 1862, Sarmiento había sido enviado por Mitre como Ministro Plenipotenciario a Estados Unidos, debido a las fuertes críticas que el sanjuanino había recibido tras la persecución y muerte (ordenada por él) del caudillo federal “Chacho” Peñaloza. Sin dudas la muerte del Chacho fue, aunque reflejo de su verdadero núcleo ideológico, una de las pocas manchas del gobierno de Sarmiento en San Juan, el cual reflejaba, en general, un balance de gestión positivo, debido al fomento de la educación, la construcción de nuevas calles y caminos, la creación de hospitales y demás edificios públicos (además del fomento a la agricultura y la creación de empresas mineras). Pero aquel Sarmiento progresista era, al mismo tiempo, un hombre truncado en sus propias ideas. El polémicamente nombrado, hoy día, como prócer, estaba firmemente convencido que el extracto social conformado por gauchos, negros, mestizos y criollos (es decir, los patricios, los argentinos) eran la viva representación de lo bárbaro, lo atrasado, lo pueril, y que era preciso eliminarlos de la faz de la tierra. Literalmente en palabras de Sarmiento: “Apartemos de toda cuestión social a los salvajes por los cuales sentimos una invencible repugnancia. Se los debe exterminar, sin perdonar siquiera al pequeño, que lleva ya el odio instintivo hacia el hombre civilizado”. Partiendo de estas bases, un Sarmiento tan unitario como liberal, vio en el caudillaje y en la “criollada”, los obstáculos del avance nacional. “El Facundo, civilización y barbarie”, había sido su obra póstuma para reflejar el odio que sentía contra el caudillaje, utilizando la imagen de Facundo Quiroga como el espejo del rechazo que expresaba por Juan Manuel de Rosas. Ya derrotado Rosas, la muerte del Chacho fue uno de los corolarios de la consolidación del unitarismo en nuestro país.
Sarmiento se entera que ha sido elegido presidente en la vuelta de su viaje a Estados Unidos, donde se había encargado de alistar maestras estadounidenses para que vengan a Argentina a enseñar “las bases de la civilización” en los colegios locales. Recordemos que la educación será, en palabras suyas: “lo único que puede salvar a un pueblo”. Es decir, había que “salvar” a La Argentina de la barbarie local, de lo autóctono, lo nacional, lo propio. Así asume la presidencia en 1868, contribuyendo con su gestión, a la consolidación del Estado nacional post-batalla de Caseros. Entre sus medidas más populares, se encuentra su interés por fomentar la agricultura por sobre el monopolio productivo que ejercía la ganadería, y se ocupó personalmente de repartir tierras entre la elite unitaria y un buen número de “extranjeros civilizados”, los cuales habían sido bien recibidos tras las primeras oleadas de inmigración impulsadas por el gobierno nacional. Sarmiento estableció también al censo como una obligación del Estado con objeto de fomentar la inmigración de ingleses, franceses y estadounidenses, lo que él creía el núcleo de la civilización. Sin embargo, a nuestro país llegaron italianos, españoles y alemanes pobres, ya que aquellos que Sarmiento llamaba “civilizados”, emigraban hacia Estados Unidos, donde la industrialización era un hecho. El nuevo presidente creó acerca de 800 nuevas escuelas, dotándolas de la misma base educacional que Mitre: el liberalismo político-económico extranjero y el análisis del pasado según la historia oficial relatada por los vencedores de Caseros. También se encargó de ampliar las redes telegráficas, principalmente las que se ocuparon con unirnos a Europa.
Pero, sin dudas, la medida más importante que ejecutó el padre del aula, fue la implementación de la Ley 1420 que establecía la educación primaria laica y gratuita. Es por esto que se conoce a Sarmiento como el prócer que incentivó la educación popular, sin atender que lo que para Sarmiento era “popular”, no se acercaba siquiera a la mayoría del pueblo, sino que se refería a una educación orientada al elitismo oligárquico unitario de la época. Una vez retirado del cargo presidencial en 1874, fue primero Director General de Escuelas y luego senador por la provincia de San Juan, donde incentivó la construcción de ferrocarriles como base de una industrialización incipiente, sin detenerse en analizar qué tipo de gerenciamiento tendrían, ya que gracias a Scalibrini Ortíz, hoy sabemos que no hubo “capital británico inversor” tal como pregonaban Sarmiento y los suyos, sino que fue el propio Estado argentino el mayor inversor, entregando concesiones irrisorias al management británico, contribuyendo aún más a la posición de Argentina como un país pobre, sin infraestructura nacional y proveedor de materias primas en la periferia del mercado internacional.
Sin dudas Sarmiento es la mejor prueba fáctica para el revisionismo histórico crítico de la historia oficial, porque es la justificación empírica intelectual, literal y práctica de una clase dirigente que materializó aquella frase de Jauretche que tan bien resume la victoria del liberalismo y el unitarismo argentino del siglo XIX: “En Argentina… civilizar fue desnacionalizar”.
Dice el himno a Sarmiento que cantan los niños en las escuelas: “Gloria y honor… honra sin paz (…) al gran Sarmiento…”; versos que al día de hoy, dicen realmente poco de ese controvertido personaje histórico que fue Domingo Faustino Sarmiento, quien instauró las piedras fundamentales de la construcción de la educación nacional, pero ligada a un pensamiento elitista, anti-popular y a fin a lo extranjero, no a lo argentino. 

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