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¿Por qué un gobierno ocultaría la inflación?

 

ECONOMÍA ARGENTINA
 
El tema del momento son las declaraciones que hizo y que no hizo el Ministro de economía Hernán Lorenzino. Queremos pensar el porqué de que un gobierno niegue la inflación.
En una entrevista para un canal griego, el Ministro de Economía argentino se negó a responder sobre la veracidad de los índices inflacionarios oficiales y decidió escapar de la comprometida situación en que lo ponía la entrevista. Parece que Lorenzino no está dispuesto a utilizar la neutralidad política que le permite su puesto (los ministros de economía no son candidatos de fórmula electoral) sino que prefiere resguardar su posición continuando con las líneas discursivas del oficialismo. Es así que al igual que otros ministros, gabinete presidencial y secretario de comercio, entre otros, nuestro ministro de economía prefiere esquivar la explicación de la intervención del INDEC y de sus dudosas estadísticas. Pero… ¿Por qué? ¿Qué función tiene esta tergiversación de datos públicos para un gobierno?
En primer lugar, es importante destacar que las buenas políticas económicas (aquellas que contribuyen al crecimiento de la mayoría de la sociedad, que generan inclusión y que acortan la brecha entre ricos y pobres), suelen ser generadoras de inflación. ¿Por qué? Bueno, sucede que cuando una sociedad sale de una crisis como la que azotó a nuestro país en el año 2001, las demandas sociales son como agua hirviendo en un olla en el fuego con la tapa puesta. El agua hierve a 100°, pero cuando los grados siguen en aumento, la presión puede ser tal que obligue a la tapa a volar por los aires. Valga la analogía para el nivel de demanda insatisfecha que tenía una sociedad argentina con un nivel de desempleo altísimo y una economía devastada. Devaluaciones, subsidios y expansión monetaria fueron las claves para transferir más ingresos desde el Estado a la sociedad, rescatando una demanda social que agonizaba. El Estado decidió endeudarse para costear el crecimiento de una economía que no vio en los sectores privados sino actores incapaces de motorizar al país creando empleo, invirtiendo y aumentando la producción nacional.
Cuando el agua en la olla llega a los 100°, es una señal positiva de crecimiento y de mejora económico-social, pero… cuando los grados aumentan, para bajar la presión, es preciso bajar el fuego o, en términos económicos: generar un equilibrio entre oferta y demanda. Es decir, si el país crece y el nivel de desempleo desciende, es muy normal que la demanda crezca también, y cuando se demanda mucho de lo que hay poco, esto sube de precio (regla n°1 del capitalismo de mercado). Pero algo sucedió en el medio de ese crecimiento, y el Estado siguió siendo el motor de la economía vía subsidios y transferencias sociales, sin poder trasladar a los agentes productivos privados y/o públicos, la responsabilidad de que la producción (o sea la oferta), alcance a la demanda y que los precios no se disparen.
Por el contrario, el gobierno decidió que lo mejor era intervenir los índices de estadísticas económicas para que, si los índices de inflación se mostrasen elevados, decir que no lo están. Sucede que esta mentira piadosa tiene algunos pro y muchas contras.
Como aspectos a favor, resulta que el gobierno puede seguir aumentando las arcas fiscales vía impuestos inflacionarios (recuerde que usted paga IVA por un producto que al ser más caro, recauda más impuesto) y con esa recaudación, puede seguir sosteniendo subsidios, planes sociales, etcétera. Es una forma simple pero peligrosa de mantener bajo el nivel de desempleo y sostener crecimiento sin inversión. Pero tergiversar la inflación también tiene puntos a favor en el ámbito financiero, porque para salir de la crisis, el Estado también se endeudó vía emisión de deuda, y muchos bonos que pagaban tenencia sólo si la inflación superaba un porcentaje X, no se pagaron, financiando al Estado a tasa del 0%.
Pero la inflación contiene en sí misma algunas contra que son bastante peor que sus puntos a favor. Sucede que la inflación corroe, justamente, el poder de compra de los sectores más bajos, que son los que el gobierno pretendía favorecer. No muchas personas conocen la diferencia entre los conceptos de  “salarios nominales” y “salarios reales”, pero en aquellos términos económicos molestos y complejos, se encuentra el porqué del deterioro de su poder de compra. El salario relativo es aquel que se recibe, es decir, la cantidad de dinero que uno obtiene luego de vender su fuerza de trabajo. Éste puede aumentar infinitamente, pero, de forma lamentable, eso no significa que uno sea por eso más rico. ¿Por qué? Porque lo que en verdad importa es el nivel de salario real, que se refiere a cuánto un asalariado puede comprar con el salario relativo que recibió a fin de mes. Los salarios suben, de forma escalonada y fraccionada, pero la inflación sube de forma sostenible y progresiva, ganándole al poder adquisitivo. En criollo: usted gana más, para comprar menos. Maldito truco de la economía…
Pero la inflación es un tema que abarca no sólo a los particulares, sino también a las empresas: porque distorsiona el horizonte de inversión. Si usted fuese un empresario capitalista rentista obsesivo, ¿invertiría una cierta suma de dinero calculando sus ganancias futuras con las estadísticas inflacionarias oficiales del INDEC? No me conteste. De esta pregunta se desprende que el problema, además de a la demanda, también ataca a la oferta, sosteniendo aún más el desequilibrio entre los dos fenómenos y contribuyendo todavía más al crecimiento de la inflación.
Si yo fuera Ministro de Economía y estuviese convencido del modelo económico del oficialismo, también me hubiese querido ir…
*Nota escrita para el diario La Imprenta del Sur noticias

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