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Del Liberalismo Comercial al Neo-Liberalismo

 

Los aportes conceptuales de contractualistas como Locke y Rousseau, sumado a los procesos de Revoluciones Industrial y Francesa, dieron forma a dos fenómenos congruentes que permanecerán inter-conectados hasta el día de hoy: Capitalismo y Liberalismo.
Los procesos productivos sufren un cambio tecnológico considerable tras la Revolución Industrial, la cual permite implementar la producción en serie, reducir los costos de producción y dividir a la sociedad en clases económicamente establecidas: burgueses y proletarios. El exponencial aumento de la capacidad productiva global, llevó a los oferentes a expandir sus rutas y destinos comerciales, cual fuera el precio y el costo al que habría que atenerse. Para que la expansión fuese posible y los costos mermasen, se propegó la ideología liberal de la mano de Smith y Ricardo en lo económico y de Locke y Constant en lo político. El apoyo ideológico que recibieron los cañones liberales permitió la construcción de la hegemonía de las potencias industriales sobre el sistema internacional todo. Los convoys de las potencias, formados por mitad de buques de guerra y mitad de buques mercantes, contaban con el apoyo ideológico de las bases fundamentales del liberalismo: la no intervención estatal en la economía y el consecuente ajuste automático de los mercados a través del equilibrio entre oferta y demanda. Los mercados, apoyados en la idea de “la mano invisible” que, según Smith, los regulaba ante cualquier desequilibrio, se convertían en la fuente principal de riquezas para el mundo (por lo menos, en teoría). Sucede que en la práctica, algunos resultaban bastante más ganadores que otros y si el capitalismo había dividido a las clases sociales entre burgueses y trabajadores, el liberalismo logró dividir el sistema internacional entre centro y periferia o industrializados y productores de materias primas.
Pese a la ventaja inicial con que contaban los países en donde la Revolución Industrial había penetrado primero, esto no fue suficiente para establecer su estatus de potencias. Para consolidarlo y asegurarse de que ningún otro país pueda alcanzar el umbral tecnológico que ellos habían alcanzado, impulsaron dos políticas claves: el proteccionismo y el imperialismo (colonial y comercial). Pronto tendieron a proteger las industrias que les eran más productivas imponiendo altos aranceles a los productos que podían ser competidores, descartando ¿raramente? las bases de su ideología librecambista. No obstante, fueron por la conquista directa de las materias primas necesarias para la elaboración de sus manufacturas no viéndose satisfechos con lo bajo de sus precios comparados con el valor de los productos elaborados. Así fueron por el control territorial y político de los recursos ajenos consiguiendo así una ecuación ganancial doble, triple, cuádruple: control de recursos ajenos, extracción, esclavización de colonos, elaboración de las materias primas extraídas y venta del producto elaborado a los propios colonos… una ganga.
Sin embargo, no todos los países quedaron ajenos a la fórmula del éxito y, leyendo correctamente el escenario del Siglo XIX, acompañaron los procesos independentistas con los de proteccionismo e industrialización. Estos casos los protagonizaron, más precisamente, Estados Unidos y Alemania. Francia y Gran Bretaña comenzaron a verse obligados a compartir el monopolio económico mundial. Es importante recordar que por medio del colonialismo (político o comercial), pequeños países con pequeñas poblaciones  -en proporción al mundo- lograron concentrar gran parte del poder del planeta en materia económica, política y, por supuesto, cultural.
El auge del capitalismo como modo de producción consolidado de la mano de las doctrinas liberales y de la práctica colonial, tuvo su gran auge a principios del Siglo XX. El sistema financiero se convertía en el motor principal para el aumento de la producción mientras crecía en sí mismo de forma exponencial gracias al proceso de globalización (progreso tecnológico de las vías de comunicación y los transportes). Pero tanto la Primera Guerra Mundial como la crisis de 1929, pusieron en jaque las directrices liberales. Sucede que las teorías científicas positivistas también eran capaces de utilizar la ciencia para matar a millones de personas; las luchas por el poder comercial podían desatar guerras mundiales y; la división de clases podía llevar en sí misma la semilla de la crisis. El liberalismo y la auto-regulación de los mercados ya no podían asegurar el equilibrio: un nivel elevadísimo de inversión para aumentar la producción y elevar así las ganancias capitalistas, no encontró contrapartida en una demanda estancada por las condiciones -todavía precarias de la masa proletaria-. Los economistas ortodoxos no encontraron más receta que “dejar al mercado auto-regularse” y como la fórmula no funcionó, la sobre-producción fue un hecho y, el desempleo masivo, la caída total de la demanda y de precios, fueron la combinación perfecta para que aparezca la palabrita mágica: crisis.
De la crisis se salió con medidas heterodoxas impulsadas por las teorías de Keynes, quien pregonó que la intervención del Estado era clave para solventar la crisis y salvar al capitalismo. Se comprobó, por entonces, que, finalmente, los mercados no se auto-regulaban. Keynes fue el impulsor del Estado como protagonista en la economía y, del pleno empleo y el consecuente aumento de la demanda, como pilares del equilibrio. Así nació el Estado benefactor, aquel que ya no era ajeno a la relación economía – bienestar social.
Tanto el terrible impacto de la crisis de 1929 en la economía global como así también los efectos de la Segunda Guerra Mundial, llevaron a muchos países a encerrarse sobre sí mismos, implementando el proteccionismo como respuesta a los golpes que el liberalismo comercial había generado en sus sociedades y dando lugar a los nacionalismos. El Estado benefactor keynesiano fue la puesta en práctica de los gobiernos nacionalistas y populistas durante y luego de la Segunda Guerra Mundial. La política de sustitución de importaciones en los países periféricos, venía siendo desde 1930, una posible respuesta a las crisis económicas y a la falta de abastecimiento de productos elaborados motivo de las guerras mundiales. Algunos gobiernos supieron leer esta crisis como la oportunidad de acercarse a las potencias con un proyecto de industrialización nacional a largo plazo, tales fueran los casos de Argentina, Brasil, Rusia o Japón, entre otros.
Pero como ningún modelo es perfecto, el Estado de bienestar también comenzó a mostrar falencias. La mayoría de los Estados democráticos (sobre todo en América Latina) fueron víctimas de golpes militares que -salvo excepciones muy precisas- tendieron a desmantelar los procesos largoplacistas de industrialización. Por otra parte, los esquemas populistas que intentaron ganar adeptos en las urnas se dotaron de políticas keynesianas que aprobaban el endeudamiento fiscal para lograr el pleno empleo… tanto que se excedieron. Muchos dejaron la inversión de lado y el desequilibrio volvió a generarse pero esta vez fue la demanda que sobrepasó a la oferta. El modelo keynesiano fue catalogado de “sistema perverso” por la Comisión Trilateral neoliberal porque los partidos políticos, en pos de acceder al poder, sobrecargaron el sistema de “demandas a cumplir” y pusieron al asistencialismo social por sobre la propia producción, desatendiendo la eficiencia económica. Para salir del desequilibrio, muchos países tendieron a endeudarse interna y externamente, ampliando los déficits (por sobre todo el de cuenta corriente). El aumento de los intereses de las deudas internacionales y la carencia de reformas económicas eficientes en los Estados en desarrollo, llevaron a muchos a patear el tablero de la deuda y declararse en cesación de pagos. Éste momento fue conocido como “la crisis de la deuda” y sus características más importantes eran la baja inversión, los déficits de balanza de pagos y un fuerte endeudamiento externo. Éste panorama abrió las puertas para la llegada de una nueva doctrina con muchas bases en la vieja doctrina: el neoliberalismo.
Las falencias del Estado de bienestar fueron la excusa perfecta para que resurjan las viejas fórmulas liberales para dar solución a las crisis. El neoliberalismo admitía que los mercados no se auto-regulaban pero también creía que el Estado debía restringir su participación en la economía. Las directrices fueros austeridad fiscal, apertura económico-financiera, privatizaciones y restricción del Estado en la planificación económica.
En líneas generales, así llegamos desde el liberalismo de antes al neoliberalismo de hoy. En nuestros días, la crisis de 2008 en Estados Unidos, volvió a poner en jaque las directrices neoliberales, sin embargo, los centro económicos siguen pregonando sus usos y costumbres.

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