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El mártir del desarrollo capitalista

El capital, como proceso, ha pasado por varias fases, entrando en la actualidad y en los años venideros, en una de las más intensas. Tuvimos la fase de concentración del capital que permitió el salto productivo de dimensión escalar abaratando costos y creando enormes cantidades de bienes; en la segunda etapa el capital, a falta de mercados, se expandió por el mundo, buscando fuera de sus fronteras nacionales mercados donde colocar los excesos de producción. Pero existe, a su vez, una tercer fase, quizás mucho más compleja, donde muchas más variables entran en juego, creando un sistema de interacciones tal que, con todos sus componentes marchando a la vez, da sostén al modo de producción contemporáneo pero de forma intensificada. Sucede que la producción ya no funciona como antes y no todo el capital existente (ni siquiera su mayoría) tiene destino productivo. Es decir, no todo el capital se dirige a la creación de bienes de capital que producen otros bienes o a la producción de bienes de consumo final o al pago de servicios. Esto ocurre porque el dinero ha encontrado en el interés financiero una nueva plataforma en la cual multiplicarse. Los sucesivos desafíos de producir cada vez más y mejor, conllevaron a la necesidad de mezclar futuro y presente. Así se tomó dinero del mañana para financiar las grandes producciones de hoy. Se pidió tanto pero tanto dinero del mañana, que el dinero mismo se convirtió no sólo en algo muy demandado en la cadena productiva, sino algo, a su vez, muy ofertado.
Cuando un mismo bien cuenta con mucha demanda y mucha oferta, nace un mercado. Así fue el nacimiento del mercado financiero, que en principio funcionó como soporte del engranaje productivo para luego ser útil en sí mismo. El dinero ganó valor intrínseco cuando dejó de ser un medio de cambio para ser un refugio de valor primero y un creador de valor después. Pero… ¿eso cómo sucedió? Resulta que bancos y prestamistas encontraron un buen negocio en la oferta de dinero y entonces tuvieron la genial idea de ofertar más de lo que en verdad tenían. ¿Tiene sentido? Sí, lo tiene. Éste artilugio es posible gracias al juego del interés. Muchos pudientes comenzaron a creer que la producción física no era lo suficientemente rentable y optaron por refugiar valor, es decir, conservar el dinero o, como se dice comúnmente… ahorrar. Pero como la historia del capitalismo evidenciaba que -salvo precisas excepciones- los precios tienden siempre al alza (una suerte de inflación intrínseca vinculada con el crecimiento y más precisamente con el alza de la demanda por sobre la velocidad de la producción), los ahorristas fueron conscientes de que dejar su dinero bajo sus camas era corroer su propio capital. Entonces encontraron en el Señor Banquero un nuevo gran socio y amigo. Sucede que el banquero prometería al ahorrista guardar su dinero por un tiempo determinado, no sólo conservándolo como se le entregaba sino que pagando un interés (sumándole una proporción del depósito original) por su tenencia. Por ahora, un buen negocio para el ahorrista: no debería arriesgar su dinero en la producción física real, no debería preocuparse porque nadie descubra su escondite y además cobraría un interés porque otro lo cuidase por él. Gran negocio.
A grandes rasgos, parece que el Señor Banquero es como un ángel de la guarda capitalista que entra en el sistema a resguardar los tesoros de quienes han dedicado su vida al esfuerzo y han conseguido la tan anhelada acumulación de capital. Pero no es tan así… Sucede que el banquero también tenía un buen negocio: no se quedaría con el dinero del depositante sino que lo represtaría, por ejemplo, a aquellos que sí seguían confiando en que la producción real podría ser rentable. ¿”El mundo es un pañuelo”, no? Seguimos encerrados en un mismo círculo al cual se van agregando componentes, pero ninguno puede salir. Se llama Capitalismo Contemporáneo.
De éste cuento tan conocido pero no tantas veces contado, surge la relación económica directa entre tasa de interés y nivel de inversión. A mayor tasa de interés (más paga el banco por los depósitos de los ahorristas), menor inversión real, ya que es más rentable dejar el capital en custodia del banco que invertirlo en los riesgos de la industria física real. De aquí debería surgir una pregunta simple, casi obligatoria… ¿Y por qué seguirían existiendo capitalistas, por pocos que sean, que sigan invirtiendo en la industria real, si el banco paga más interés? Es una buena pregunta que no tiene una sola respuesta. En principio, en economía, los riesgos son peligrosos, pero también muy rentables y, lógicamente, mucho más rentables que el interés físico que puede pagar el banco en un tiempo determinado. Otra respuesta es que todo tiende a un cierto equilibrio que en verdad no existe pero que logra subsistir gracias a los llamados “arbitrajistas”. Cuando haya muchos depositantes dejando su capital en el banco, la tasa de interés bajará, haciendo mucho más rentable la inversión en la industria real. Es algo así como un juego. Y lo es en todo sentido: porque nunca ganan todos (aunque los que generalmente ganan quieran hacer creer a los demás que puede ser un sistema de “todos ganan”). Una tercer respuesta y quizás la más importante de todas, es el artilugio que han creado los capitalistas para que la industria real siga siendo rentable: pagar sueldos bajos. ¿Tan simple? Sí, tan simple. El crecimiento sostenido y exponencial de la población en los últimos dos siglos ha lanzado al mercado laboral, una jauría de hombres y mujeres demandando puestos de trabajo. Como en todo mercado bajo el régimen capitalista, la sobrecarga de oferta en relación a la demanda existente tiene un sólo destino: la baja de precios. Por un lado, tenemos personas desempleadas en busca de un sueldo que les permita acceder, por lo menos, a los servicios mínimos que preservan su existencia; por el otro, capitalistas que intentan conseguir el máximo rédito a través de su inversión, para ganarle así al interés que paga el banco…. ¡Eureka! ¡Tenemos un espacio donde una oferta específica ha encontrado contrapartida con una demanda específica y ha nacido un nuevo mercado! ¡Es el mercado de la explotación de la mano de obra barata!
El capitalismo ha multiplicado de forma paulatina y exponencial las posibilidades de producción mundiales en comparación con los sistemas anteriores como el feudalismo o el esclavismo. Ha acompañado al crecimiento y al desarrollo global, aunque de forma muy desproporcionada. Como sistema de producción se acerca mucho a la perfección, ya que si contase con una adecuada distribución de recursos, podría abastecer al total de la población mundial. Sin embargo, la distribución equitativa de la renta y el capitalismo, son caras opuestas de una misma moneda; no son confluentes  por naturaleza. Para que haya un capitalismo eficiente, debe haber inequidad, porque eso garantiza que existan capitalistas por un lado (personas que acumulan capital) y asalariados por el otro (personas que no pueden acumular una cantidad significativa de capital y que dependen de su salario para su supervivencia). Si todos accediesen a la acumulación significativa de capital, ¿Quién produciría? ¿Quién manejaría las máquinas? ¿Quién cocería a mano las costuras de la Alta Moda? Como es menester que haya asalariados, es importante, a su vez, que cada vez se les pague menos. Esto se desprende de lo explicado al principio de esta nota. Los capitalistas, en busca de altas tasas de rentabilidad, re-ubican la producción (incluso infraestructura y bienes de capital), en aquellos lugares geográficos que contienen ejércitos de reserva laboral que presionan al mercado hacia la baja de sueldos. Los sueldos bajos tienen dos consecuencias directas en lo social: incluyen a más personas dentro del sistema, mejoran la calidad de vida de una población que antes se encontraba ociosa y, todo esto… en términos deplorables. ¿Qué dilema el capitalismo, no?
En el sistema contemporáneo, el desarrollo es un mártir. Crecer es sinónimo de involución para muchos y los umbrales de la mayoría de la población mundial, están más cerca de la supervivencia y las necesidades básicas, que del ascenso social cualitativo.

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