Lo último

Qué difícil que sos Argentina…

Asunción de Hipolito Yrigoyen, 1916. 1er Gobierno argentino bajo el sufragio universal

 

Qué difícil debe ser intentar hacer un país… Obra de uno, de algunos o muchos, da igual. No es cuestión de cantidad sino de consenso. Pareciera, algunas cuantas veces, que hemos nacido en un país tan contradictorio como el mundo, pero sólo un poco más.; tan contradictorio como el ser humano, pero sólo un poco menos.
Qué difícil es pensar un país… un país donde las ideas no se cobren vidas, donde la política no mueva intereses sino voluntades. Es fácil ver nuestra historia y entender lo difícil que es ser Argentina, aún siendo argentinos. ¿Es acaso un don divino el libre albedrío? ¿O es un castigo que Dios nos envía para que jamás estemos de acuerdo? ¿Por qué podemos ver las mismas cosas de forma tan distinta si conformamos una sola nación, un sólo interés común? ¿O no es así? ¿Es por lo contrario, la nación, un conglomerado artificial de intereses particulares que dicen formar uno común por el sólo hecho de estar encerrados bajo los mismos límites?
Qué difícil es construir un país… cuando muchos intereses particulares se colocan por sobre el colectivo. Es difícil, porque no logra impregnarse en el común denominador del pueblo la solidaridad por los demás. Cuando la avaricia, el egoísmo y la codicia inundan los poros sociales, la nación se marea y pierde el rumbo, se divide. Como no puede entenderse el bien de otro como el bien de uno mismo, se vuelve complejo el trabajo en equipo, la cooperación.
Qué difícil es entender la historia del país… es complicado porque muchas veces no se entiende, porque está llena de versiones, porque es el cajón donde se guardan los enfrentamientos, el cofre donde se esconden las visiones encontradas -o más bien desencontradas-. Tiene lógica entender la disyuntiva de las primeras Juntas de Gobierno y su apego o no a la Corona Española. Es lógico entender a personajes históricos de relevancia que han entendido al camino incorrecto como correcto, apegándose a doctrinas económico-políticas que lejos de hacer bien al país, le hacían el mal. Tiene sentido entenderlo porque su base teórica los convencía, falsamente, de que allí estaría la buena hora. La historia los sentenció. Es lógico entender las guerra civiles como pugnas arcaicas por la construcción de un país que era todavía muy imberbe para discutirse en meras sesiones parlamentarias. Es lógico entender a personajes que superpusieron sus intereses económicos a los del país todo. Es lógico entender a quienes intentaron mantener el poder por siempre encerrado en una cúpula viciosa para jamás entregarlo al pueblo, avaros ellos, conservadores, falsos liberales. Son entendibles las falencias prácticas del Yrigoyenismo que no terminó de ser nunca un gobierno en verdad popular, semana trágica y Patagonia Rebelde mediante. Hay muchas fallas de nuestras historia que son lógicas, tienen sentido. Porque los hombres, aún con su buena voluntad, fallan, yerran. Pero no puede entenderse a los Alvear que intentan entregar la soberanía del país en medio de una revolución justamente independentista y en medio de las campañas sanmartinianas. No es lógico el financiamiento de los unitarios para con los ataques extranjeros contra su propio país con el sólo afán de derrocar “al tirano de Rosas”. No tienen sentido las deudas contraídas en el exterior, en puro detrimento de la nación toda. No es lógica la financiación de la oligarquía y el apoyo de la iglesia a la Liga Patriótica Argentina para que se cargue socialistas, anarquista y sindicalistas en nombre de vaya a saber qué justicia. No se puede comprender que se repita una y otra vez, desde hace ya  200 años, que lo civilizado es sinónimo de lo importado y lo bárbaro sinónimo de lo autóctono, lo nacional. No es lógico ver la Plaza de Mayo llena de gente, ocupada por el pueblo y sus festejos por la asunción del primer gobierno popular, que en manos del radicalismo representa las consecuencias del voto popular, obligatorio, secreto y “universal” -aunque fuese así sólo para la época-, ver al pueblo festejando la adquisición de ese gran derecho que regala la democracia y ver, no mucho después, la misma plaza llena, también del pueblo que festeja ahora el fin de la democracia y la irrupción del gobierno militar de Uriburu que desfila con los cadetes por la Avenida de Mayo…
¿Hablamos de pueblos distintos? ¿O de un pueblo dividido? ¿O de una contradicción nefasta? ¿Es el mismo pueblo, formado por criollos e inmigrantes, repleto de hombres y mujeres de clase media que gritan fervorosos por el triunfo radical de Yrigoyen y el que afirma, sólo 14 años más tarde, que aquellas proclamas aberrantes de Leopoldo Lugones eran acertadas y que la democracia debía llegar a su fin para darle lugar al orden? ¿Cómo se entiende esa historia? ¿Cómo podemos hablar de un mismo pueblo, de un mismo país? ¿Son los yerros de las fórmulas políticas de turno tan grandes para socavar en la coherencia del pueblo y sembrar en las almas argentinas la pasión por un orden infernal, hijo de gobiernos de facto? ¿Puede entenderse que el mismo pueblo que festeja en 1916 los logros de la Ley Saenz Peña es el que se muestra campante ante la irrupción del mismo y la reinstauración de las proscripciones, el voto cantado, el fraude electoral en sí?
Pero la historia no es historia por nada. No son sólo “cosas que pasan, se olvidan y no se repiten”. Porque el pueblo argentino apoyó más dictaduras “reinstauradoras del orden” luego del golpe de 1930. Porque gran parte del pueblo al día de hoy no entiende nada sobre la lucha de los trabajadores, de la adquisición de derechos, de la importancia del voto, de la participación política libre, de la libertad de expresión, del libre albedrío,  etcétera. No entienden nada.  Hoy en día siguen repitiendo frases copiadas de un conservadurismo oligárquico propio del siglo XIX/XX y las reproducen aún sin pertenecer a esos sectores sociales. La clase media argentina cree que la adquisición de derechos viene de la mano del liberalismo a ultranza, la derecha conservadora, los gobiernos militares, la eliminación de los sindicatos, el fin de los gobiernos populistas. Pero en verdad, la historia demuestra que no es así, sino todo lo contrario.
Muchos toman partido de forma personalista, no entienden de proyectos nacionales ni ojean la historia. Hablan sólo por hablar, porque el ejercicio de esta acción es gratis. Critican a los presidentes por cómo se visten, por lo que hacen o dejan de hacer fuera de la casa de Gobierno y sus funciones públicas. Son una suerte de “faranduleros de la vida política”. Toman partido por uno o por otro por mera simpatía o antipatía. No ven la profundidad de los hechos como tampoco la ven los políticos en tantas ocasiones como cuando hacen de la política su escalera a la fama y no su oportunidad de cambiar la realidad, de mejorar la vida de una nación. Muchos creen que manejar la cosa pública es tan fácil como levantarse a la mañana. Siempre quieren más pero no proponen cómo, pretenden sentarse a esperar que “alguien” que no saben quién pero que seguro no es el que está de turno, “haga un país como la gente”, como si uno sólo o unos pocos podrían construir una nación. Sin embargo, y más allá de las visiones desencontradas, muchos saben bien lo difícil que es la construcción de un país digno, justo y habitado por un pueblo feliz. La historia argentina demuestra que así… lleno de contradicciones, no funciona.
1er Golpe de Estado, 1930. Uriburu derroca a Martínez (Yrigoyen) 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: