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Argentinos no, ¡colonos sí! -Parte II-

 
Manuel José García


Parte I
En 1815, Las Provincias Unidas del Río de la Plata estaban gobernadas bajo una forma de Gobierno llamada “Directorio”, una concentración del poder estatal en una persona fuerte que encarnaba al Estado como un todo. En dicho período el Director Supremo era Carlos María de Alvear, militar que llegó a nuestro país en el mismo barco que San Martín y participó en la misma logia (Lautaro), la cual más adelante se dividiría entre la corriente “alvearista” y la “sanmartiniana”, demostrando el enfrentamiento entre las ideologías de ambos personajes. Alvear fue un representante del unitarismo porteño y encarnó los intereses británicos imperialistas en nuestra nación. Calles, monumentos, billetes y hasta libros, muestran a Alvear como un prócer dentro de la historia argentina. Sin embargo, esto está seriamente en duda. Alvear es la otra cara de la moneda de la revolución independentista y será, siguiendo la línea de Mariano Moreno -pero de forma más explícita-, quien apoyará la independencia en relación a España para construir una dependencia en relación a Gran Bretaña. Así lo expresa Alvear en su carta enviada al embajador británico en Brasil, Lord Strangford, carta que es entregada personalmente por Manuel José García, un funcionario público argentino a sueldo de la Corona Británica (el mismo que más adelante junto a Rivadavia contraerá el empréstito con la Baring Brothers).
No es intención de esta nota transcribir la carta entera de Alvear al embajador inglés, pero sí transcribir algunas partes en donde es clara la entrega total y explícita de la soberanía argentina. La carta de Alvear, disfrazada de “pedido de protectorado”, no es otra cosa sino la total sumisión por parte de la máxima autoridad nacional en ese entonces a la Corona Británica en plena revolución independentista. 
El contexto en el que Alvear intenta entregar al país tiene un conflicto central y es las batallas que está dando Artigas en la Banda Oriental contra el Imperio luso-brasilero que avanza desde Norte a Sur para tomar a lo que llamaban “Provincia Cisplatina” como parte formal de su territorio. Artigas no sólo combate a los portugueses sino que también es uno de los máximos mentores de la Patria Grande argentina, y combate contra el centralismo porteño de Alvear que pretende encerrar a Buenos Aires sobre sí misma, apartándola del interior del país. Artigas se enfrenta a Alvear y éste le propone una tregua, cediéndole el control de la Banda Oriental, pero a Artigas no le interesa la separación de Uruguay de las Provincias Unidas, sino todo lo contrario, su unión. Así tras defender la Banda Oriental de la invasión portuguesa, Artigas declara la independencia del interior del país en relación a España y a cualquier otra potencia conquistadora en el Congreso de Arroyo de la China. 
En éste contexto es que Alvear, previendo la avanzada artiguista, entrega en mano a Manuel José García una carta para el embajador británico en Brasil que tiene los siguientes fragmentos relevantes:



Muy Señor Mío: 


   “Don Manuel José García, consejero de Estado, instruirá a V.E. de mis últimos designios con respecto a la pacificación y futura suerte de estas provincias. Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver de un modo indudable a los hombres de juicio y opinión que este país no está en edad ni estado de gobernarse por sí mismo, y que necesita una mano exterior que lo dirija (…) antes que se precipite en los horrores de la anarquía.

   Pero también ha hecho conocer el tiempo la imposibilidad de que vuelva a la antigua dominación, porque el odio a los Españoles, ha subido de punto con los sucesos y desengaños de su fiereza durante la revolución.
   (…) En estas circunstancias sólo la generosa Nación Británica puede poner un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos a estas Provincias, que obedecerán su Gobierno, y recibirán sus leyes con el mayor placer, porque conocen que es el único remedio de evitar la destrucción del país…
   (…) Por lo tocante a la Nación inglesa, no creo que pueda presentarse otro inconveniente que aquel que ofrece la delicadeza del decoro nacional por las consideraciones debidas a la alianza y relaciones con el Rey de España.
   Pero yo no veo que este sentimiento de pundonor haya de preferirse al grande interés que puede obtener Inglaterra de la posesión exclusiva de este Continente (…) la reconquista de estos países [por España] no haría más que autorizar una guerra civil interminable (…) La Inglaterra (…) no puede abandonar a su suerte a los habitantes del Río de la Plata en el acto mismo en que se arrojan en sus brazos generosos”

 
Así, Carlos María de Alvear, es una de los mayores exponentes de la idea de que ser argentinos no es el camino correcto; el camino más viable no es otro sino ser una colonia británica, lo que suponía era la civilización, cambiar el yugo opresor español, por el yugo británico. Alvear será apoyado por Rivadavia, Urquiza, Sarmiento, Bartolomé Mitre, entre otros. 


 
Gran parte de la historia tiende a repetirse -con matices- pero con una esencia que genera una falsa sensación de entender al tiempo de forma cíclica. En la historia de nuestro país, han existido hombres convencidos de que nuestro pueblo, mitad hijo del indígena autóctono y mitad hijo del europeo inquisidor… era capaz de ser libre de cualquier opresión extranjera, que teníamos capacidad de auto-gobernarnos y que podríamos forjar un destino en base a metas propias, impuestas por nosotros y cumplidas o falladas, también, por nosotros. 
Existieron hombres que creían que aquellas personas producto de la mistura de sangres indígenas  africanas y europeas, podían constituir una nación capaz de velar por su propia felicidad. Dichos hombres, no podían equivocarse, puesto que esta era la historia de la humanidad, en la que los hombres se van desplazando de su lugar de origen -sea por necesidad, aventura o codicia- y se van mezclando con otros hombres, dando un producto distinto al anterior en cuanto a características físicas, pero igual en cuanto a la esencia, a la esencia del ser humano.
Pero la historia de la humanidad está construida por los hombres y los hombres son iguales en esencia, pero distintos de pensamiento.
Y entonces existió en nuestro país, otro tipo de pensamiento defendido por otro tipo de personas, que eran argentinos de cuerpo pero extranjeros de alma. Así se sentían y así ansiaban serlo. Su alma, se hallaba oprimida por una suerte carcelera que los circunscribió en un lugar distinto al que hubiesen deseado pertenecer. Y encerrados en esa cárcel que puede llegar a ser el alma, pugnaron con su pensamiento para justificar su deseo, que no era otro sino pertenecer al extranjero, ejemplo de lo bueno y antónimo de lo malo, reflejo de civilización y contraposición de la barbarie. Aquéllos hombres, minoría privilegiada de presentes pero desnuda de futuros,  tendió a concentrarse en grupos minoritarios pero poderosos; lucharon arduamente por conservar el poder siempre en las mismas manos para poder así ligarse por siempre a la potencia foránea, representante de su sueño, su modelo ideal. Estos hombres guerrearon contra los suyos, dispararon dentro de sus propias trincheras y desunieron cuanto pudieron, no solo cumpliendo su objetivo principal de construir una patria chica, sino además colaborando con su aliado externo en su intención de mantener siempre latente su política ancestral de “Divide y reinarás”.
Pero, como decíamos en un principio, la historia tiende a repetirse… Estos grupos minoritarios de hombres encerrados en las cárceles de sus almas, amantes del extranjero, lograron trascender en su tarea de convertir al país en una colonia y sembraron la duda en los hombres nuevos que lo ocupan al día de hoy y que ante el primer paso en falso que da alguno de los tantos pies que hacen caminar a la nación, la juzgan de bárbara, al igual que lo hacían muchos hombres tan ingratos como cínicos que vieron nacer a éste país. 
Los hombres nuevos no entienden que un país es el reflejo de quienes lo forman y que si nada hacen por verlo mejor, su vida perecerá rondando por siempre en una crítica improductiva. Así, ignoran la relevancia inconsciente de sus comentarios cotidianos que prefieren lo foráneo a lo nacional y creen, tristemente, en que en verdad todo lo bueno no puede sino ser importado, ya que no existe la fabricación nacional de lo correcto, lo civilizado, lo tecnológico, lo vanguardista, lo sensacional. No pueden entender que la única forma existente para alcanzar el status de dignidad internacional comienza justamente por reconocerse a sí mismos capaces de alcanzar dicha posición, porque de lo contrario se condenan al subdesarrollo, a la periferia, y fortalecen así al poder extranjero, el cual no hace más que cruzarse de brazos y observar como los demás lo adoran por el sólo hecho de ser. 
Pese a quien le pese, es hora de que la nación tome conciencia de que muchos de sus integrantes, al año 2012 (bicentenario, independencia política y económica mediante), siguen prefiriendo ser colonos antes que argentinos…
 

“(…) Muchacho: que seas trabajador, emprendedor, progresista. Pero cuidado con lo que derribes y mucha atención con lo que en su sitio levantes. Hay monumentos de la antigüedad que darán por los siglos su bienhechora sombra a la humanidad. Otra cosa, muchacho. Amigo como el que más de la libertad y enemigo jurado de tiranía, no por eso te cuentes entre los agentes del desorden. Hay un buen orden que todos debemos amar. De éste nombre de Buen Orden suele llamarse alguna calle de las ciudades nuestras. Y no está mal. Pero ¿qué proclamamos como buen orden? ¿Cualquier orden? No, argentino. Solamente el que reposa sobre la justicia, no jamás el que se funda en la violencia. Algo más todavía, muchacho. Me gusta que corras mundo y propongas, de vuelta a la patria, lo mejor que hayas visto. Mas no caigas de rodillas ante lo extranjero tan sólo porque lo sea, ni vivas creyendo que todo lo tuyo es malo. Ello es tan pernicioso como vivir creyendo, a la inversa, que todo lo propio es bueno.”

[Don José de San Martín a su yerno, Mariano Balcarce, en “La Infanta Mendocina” de Capdevilla Arturo, año 1944, ed. Atlántida, Bs. As. subrayado SL]

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