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Rosas, Arana, Mansilla y La Soberanía Nacional Argentina

Juan Manuel de Rosas, foto tomada del museo histórico nacional, San Telmo, Buenos Aires.

 

“Mi respetable general y amigo:
 
                                         A pesar de la distancia que me separa de nuestra patria, usted me hará la justicia de creer que sus triunfos son un gran consuelo a mi achacosa vejez.
                                         Así es que he tenido una verdadera satisfacción al saber el levantamiento del injusto bloqueo con que nos hostilizaban las dos primeras naciones de Europa; esta satisfacción es tanto más completa cuanto el honor del país, no ha tenido nada que sufrir, y por el contrario presenta a todos los nuevos Estados Americanos, un modelo que seguir y más cuando éste está apoyado en la justicia. No vaya usted a creer por lo que dejo expuesto, el que jamás he dudado que nuestra patria tuviese que avergonzarse de ninguna concesión humillante presidiendo usted a sus destinos; por el contrario, más bien he creído no tirase usted demasiado la cuerda de las negociaciones seguidas cuando se trataba del honor nacional. Esta opinión demostrará a usted, mi apreciable general, que al escribirle, lo hago con la franqueza de mi carácter y la que merece el que yo he formado del de usted. Por tales acontecimientos reciba usted y nuestra patria mis más sinceras enhorabuenas.”


[Carta de José de San Martín a Juan Manuel de Rosas, 2 de noviembre de 1848, archivo general de la nación]
Juan Domingo Perón fue el único estadista argentino en declarar la independencia económica de nuestro país. Lo hizo, porque a mitades del siglo XX, era muy consciente que aquello que logró la Revolución de Mayo en 1810 y que se afianzó aquel 9 de julio de 1816, sólo fue un primer paso formal que Argentina dio en su independencia, desligándose del control político español, pero no del poder económico inglés. Es a partir de estos hechos que podemos observar, en su nacimiento, a un país independiente pero no por eso plenamente soberano. No lo era porque los primeros años del 1800 fueron el despertar del auge del capitalismo, sistema que, hasta el día de hoy, no ha vuelto a dormir ni ha vacilado en perecer. Así fue que el comercio exterior se volvió un arma para los Estados, una herramienta clave para el enriquecimiento de las naciones. Gran Bretaña, que ostentaba el liderazgo mundial de la época, era bien consciente de dicha situación. También era consciente de las revoluciones independentistas que se dieron en toda la América del Sur, y como falló en sus conquistas a base de invasiones, balazos y cañones, quiso hacer todo lo nuestro suyo por medio del comercio. Y lo logró. Lo logró porque encontró en nuestro país, personalidades de pensamientos débiles, ajenos a la esencia revolucionaria que en verdad caracterizaba a pueblos como el nuestro. Estos hombres, conquistados ideológicamente, vivieron bajo apellidos como Moreno, Rivadavia, Alvear, García, Urquiza, Mitre, Sarmiento, entre otros, que no comprendían lo que era sano para nuestro país en construcción; sino por el contrario, lo veían tan inadecuado, que les fue menester obedecer las indicaciones extranjeras que nos llevarían por un camino totalmente opuesto, con un sólo destino posible: el subdesarrollo.
   Aquella independencia política que lograron grandes hombres como Castelli, Belgrano, Dorrego, Cabral, San Martín, Artigas, entre otros, se transformó, hasta la llegada del segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas, en una dependencia económica vía comercio, por obra de la implementación de la política del librecambio. Pero en 1835, ese gran patriota de apellido Rosas (aunque el original fuese Ortiz de Rozas), despertó a nuestro país del estado somnoliento en el que se encontraba y, con la creación de la Ley de Aduanas, puso fin al librecambio, que había sido la política vigente desde la llegada de los Borbones a la Corona española y que sólo beneficiaba a pequeños núcleos oligarcas ligados a la importación, al contrabando y, por supuesto, a Su Majestad Británica.
   Con la Ley de Aduanas y el comienzo de una férrea política proteccionista, las industrias en formación del interior volvieron a renacer y La Confederación Argentina inició su segundo paso hacia la independencia -una real independencia-, complementando la liberación política del yugo opresor español con la libertad económica frente a los intereses comerciales de las grandes potencias de la época (véase Gran Bretaña y Francia).
Pero como Gran Bretaña es una nación defensora de la libertad propia pero no de los demás; del crecimiento propio pero no de los demás; de la soberanía propia pero no de los demás; jamás aceptaría en el poder a un hombre como Rosas, verdadero defensor de los intereses de La Confederación Argentina. Por entonces, el canciller británico Temple – más conocido como Lord Palmerston-, por medio de su embajador en Argentina, recomendó a Rosas que derogue la Ley de Aduanas y termine así con el arduo proteccionismo que se implementaba contra los productos importados que pretendían ingresar a La Argentina. Rosas, convencido de la importancia que tendría para el país el proceso de industrialización incipiente que estaba comenzando -a la par del proceso análogo que se daba en Estados Unidos pero que resultará con la victoria del proteccionismo-, hizo caso omiso a las amenazas anglo-francesas y fue así como británicos y franceses -las dos potencias navales más grandes de la época- emprendieron un bloqueo en conjunto a los ríos argentinos, con la intención de impedir el comercio interno e introducir por la fuerza sus mercaderías. Ambas potencias foráneas, encontraban al interior de nuestros país, aliados argentinos para con sus intereses: eran los llamados “unitarios”, que, mitad conquistados ideológicamente y mitad oportunistas que utilizarían esta guerra contra Rosas para intensificar su oposición contra El Restaurador y así quitarlo del poder,  combatieron arduamente contra su propio país durante y aún luego del bloque anglo-francés a los puertos argentinos. La batalla era inminente:

“En Octubre de 1845, desconocidos como Estado soberano, asaltada nuestra flota, ocupada Montevideo con armas y soldados franco-británicos, hostilizadas las costas orientales y argentinas por sus cañones, Deffaudis y Ouseley declaran bloqueados los puertos y el litoral de Buenos Aires”

[Perrone Jorge, en Díario de la Historia Argentina, pág. 158, Ed. Latitud 34, año 1975]
 
   El bloqueo era ya una realidad. Las dos potencias europeas más fuertes de todo el mundo surcaban nuestros ríos. Tenían dos barcos a vapor con artillería de a 80, 6 bergantines (uno era el “San Martín que nos habían robado), dos corbetas, otro barco a vapor con artillería de a 64 y otros 4 con artillería de a 32. Contaban con 113 cañones del 24, 32, 46, 64 y 80. Traían también obuces de gran calibre, cohetes y artillería de caño estriado.* En América del Sur nunca se habían visto barcos a vapor. Cuando los gauchos defensores de la soberanía nacional los vieron llegar, creyeron que venían prendionse fuego por el humo que largaban. No conocían los sistemas de motorización a vapor, tecnología de lo más moderno para la época.
    Pero Rosas no cede ante el bloqueo; por el contrario, comienza a disponer la defensa argentina que no se rendirá ante el extranjero opresor. Designa al Coronel Lucio Mansilla a cargo de la defensa del Paraná.
Coronel Lucio Mansilla, foto tomada en el Museo Histórico Nacional, San Telmo, Buenos Aires

 

   La batalla se inclina claramente en favor de los extranjeros. Sin embargo, Rosas y Mansilla tienen un plan que no puede fallar, aunque su realización debe de ser perfecta, no puede haber falla en ningún cálculo, tenemos una sola chance de vencer a una flota tan poderosa. Se debe encontrar la parte más estrecha del río, para que los barcos se amontonen al pasar y no puedan abrirse en ángulo para disparar sus cañones contra los peñones donde se encuentran los argentinos. Mansilla encuentra tal lugar, es un peñón conocido como “La vuelta de Obligado”. La precaria artillería nacional se dispone toda en ese lugar, son artillerías que nos han quedado de las guerras de independencia contra España, tienen más de 30 años de antigüedad; pero el coraje argentino se renueva año tras año, día tras día. Efectivamente, cuando los barcos anglo-franceses ingresan al tramo más estrecho del Paraná -tiene sólo 700 metros de ancho-, se encuentran con tres líneas de cadenas -más simbólicas que efectivas- que impiden que los barcos continúen su marcha. Los argentinos atacan desde la altura a los barcos que no pueden defenderse porque no encuentran ángulo de tiro; sólo unos pocos cañonazos y cohetes llegan a herir a nuestras milicias que pierden 250 hombres en total, muertos en batalla. Los extranjeros pierden 150 hombres y la mayoría de sus barcos. Los argentinos dispararon todas las municiones que tenían, 4000 tiros al grito de “¡Viva la Patria carajo!” a cada cañonazo que disparamos. Los ingleses están derrotados y viene el apoyo francés pero ya la suerte extranjera está echada. Los barcos franceses quedaron anclados a la orilla de Obligado y los milicianos van por ellos. Mansilla alienta a sus soldados con una última arenga:
“Allá los tenéis. Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra Patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán inpunemente! ¡Vamos a resistirles con el ardiente entusiasmo de la libertad! ¡Tremola en el río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco, y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea.”
 
[Perrone Jorge, en Díario de la Historia Argentina, pág. 158, Ed. Latitud 34, año 1975]
 
Felipe Arana, Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Rosas, foto toma en el Museo Histórico Nacional,
San Telmo, Buenos Aires
   Las tropas extranjeras son derrotadas por las milicias argentinas, una vez más victoriosas. Rosas y Mansilla, han defendido la soberanía nacional. Nuestro país es económicamente independiente. Ahora es tiempo de la convención Arana-Southern entre la Confederación argentina y el gobierno británico que ha declarado su rendición. No sólo británicos y franceses aceptan la soberanía argentina sobre sus propios ríos como la autonomía nacional para imponer las políticas comerciales y por ende, el proteccionismo, sino además, se firma el tratado más provechoso de la historia para nuestro país en contraposición a las dos potencias más grandes del mundo. Gracias a la habilidad diplomática de Felipe Arana, tanto las flotas británicas como las francesas, están obligadas a saludar al ejército argentino con 21 cañonazos cada una (Art N°1), en señal de su estrepitosa derrota frente a los bravos argentinos… y así lo hicieron, dejando alto en el cielo, nuestra bravura, nuestro coraje y nuestro orgullo nacional.

Sarratea me entregó a mi llegada a ésta su muy apreciable del 12 de Enero; a su recibo ya sabía la acción de Obligado. ¡Qué iniquidad! De todos modos los interventores habrán visto por este “hechantillón” que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca…”


[Carta de José de San Martín a Tomás Guido, 10 de mayo de 1846, archivo general de la nación]

 

 

* Datos sacados de [Perrone Jorge, en Díario de la Historia Argentina, pág. 159, Ed. Latitud 34, año 1975]

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