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SUBDESARROLLO EN ÁFRICA Y AMÉRICA LATINA ¿PROBLEMAS SIMILARES O DIFERENTES?

 

 
NOTA:
Éste artículo fue avalado por Myrna Rodríguez Añuez,  Licenciada en Historia en la Universidad de La Habana, Cuba; Magister en estudios de Asia y África por el Colegio de México y; con estudios de Doctorado en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Corresponde al trabajo de aprobación final para el Seminario dictado por la Lic. Rodríguez Añuez sobre África.
 
 
Introducción
   A partir de un estudio general de los procesos históricos de colonización y descolonización de África y América Latina, intentan trazarse algunas líneas comparativas que pretenden encontrar diferencias y similitudes en ambos procesos. El trabajo cuenta sin dudas con una perspectiva periférica, es decir, una mirada desde el subdesarrollo para salir, justamente, de aquel sitio adonde la historia ha situado a ambas regiones. Apoyado por material bibliográfico de la misma línea periférica, se toman ideas centrales históricas y político-económicas en su gran mayoría de autores africanos y latinoamericanos, que expresan su visión del sistema internacional y la posibilidad de cambiar su dinámica.
   Es sin dudas también éste ensayo, una autocrítica y una toma de auto-conciencia de los errores que la historia nos muestra hemos cometido, al igual que las oportunidades que no hemos aprovechado los subdesarrollados para salir de esa posición. Cierto es también, que a pesar de errores propios, el sistema internacional y las potencias que forman su aparato decisor, han sido actores activos y protagonistas de un escenario global que se configura a partir de un esquema claramente predeterminado: Estados dominantes y Estados dominados. A esta concepción del sistema internacional, vale complejizarla a partir de la política de fragmentación llevada a cabo por las potencias colonizadoras; política que ha impedido la conformación de grandes Estados Nación que representen Estados fuertes y naciones consolidadas. Por el contrario, la balcanización ha permitido un fuerte control por parte de las potencias dominantes sobre pequeños Estados que no son sino el resultado de la injerencia directa de la mano extranjera en su formación histórica. Éste es el origen de “regiones subdesarrolladas”.
   Por otra parte, se escribe éste trabajo en una época histórica, en donde las potencias que regulan el sistema internacional se encuentran enfrentando fuertes crisis económicas, políticas y sociales. No obstante, los países categorizados como subdesarrollados, toman las riendas del comercio internacional y se hacen de él como instrumento clave para intentar dar vuelta la configuración del sistema global nombrada anteriormente. Otra vez en la historia, tanto africanos como latinoamericanos se ven inmersos en una dinámica global que abre algunas puertas para que estas regiones puedan dar pasos de desarrollo por sí mismos.
 
Desarrollo
Preguntas de investigación
  • ¿Son, en esencia, por completo distintos los procesos de formación de los Estados modernos de África y de América Latina?
  • ¿Cómo se han integrado al sistema económico internacional ambas regiones desde su formación como Estados Nacionales? ¿Ha existido injerencia de potencias extranjeras en dicha formación?
  • ¿Cómo han influido los acontecimientos económicos más importantes de los últimos años en las economías de ambas regiones?
Hipótesis
Los procesos de colonización y descolonización han impactado negativamente en la formación y consolidación de las economías africanas y de América Latina, insertando a ambas en la economía internacional como proveedoras de bienes primarios, aquello que las condena históricamente al subdesarrollo
África y los efectos de la colonización y descolonización
   Los procesos de colonización y descolonización, fueron, con sus diferencias, ambos negativos para el desarrollo de las sociedades africanas. Hablamos de sociedades, porque éstas siempre existieron en África, sea en forma de imperios o de tribus, y no pudo la historia demostrarnos (al igual que en América Latina) si estas sociedades hubiesen llegado a “imitar” la formación de los Estados Nacionales propias al proceso histórico europeo sino hubiesen sido interrumpidas en su desarrollo histórico por la colonización. Sin intención de relatar enteramente el proceso de colonización sobre África, con sus matices, cambios y diferencias, las grandes potencias europeas desde la Edad Moderna en adelante, invadieron el territorio africano en casi su totalidad, instaurando colonias, algunas por medio de una intervención directa y otras indirecta. No obstante, lo importante es nombrar y tener en cuenta las principales características de la colonización y los impactos positivos y negativos que tuvo sobre el desarrollo histórico del continente.  
   Como positivo, el proceso de colonización, tuvo prácticamente nada, aunque sí se puede rescatar que en algunas ocasiones particulares, los europeos compartieron con los africanos aquello que ellos conocían, como la escritura y algunos conocimientos básicos de la ciencia. El legado educacional, por mínimo que haya sido, es uno de los pocos (o el único) aspecto positivo que puede rescatarse de la colonización. Por otra parte, características negativas sobran. La colonización acentuó sobremanera la trata de esclavos que ya existía en África desde la época del predominio comercial de los árabes en la región. Los europeos no sólo aumentaron el volumen de la trata y la comercialización de esclavos, sino que también esclavizaron africanos para que trabajen en la extracción de sus propios recursos, aunque por supuesto, no para uso propio sino para el traslado de dichos recursos hacía Europa a costo cero. Además de comercializar africanos y esclavizarlos en pos del beneficio personal, los europeos también subyugaron la cultura africana, imponiendo las costumbres y organizaciones europeas, rompiendo los esquemas de poder ancestrales y corrompiendo la formación original de la familia africana típica. Se encargaron, minuciosamente, de sembrar el odio entre los distintos grupos étnicos existentes en el continente para que en el momento de la partida de los europeos, la fragmentación sea tal que no permita la unificación de las distintas sociedades o la creación de una gran nación, algo bastante similar al caso latinoamericano. Sin embargo, en África, la política de “divide y reinarás” fue mucho más efectiva, porque no fueron otros sino los europeos que en el proceso de colonización (lo que luego se definió finalmente con la descolonización), se encargaron de dibujar directamente las fronteras de “los nuevos Estados Nacionales” que se independizaron tras las revoluciones independentistas de las décadas de los ’60, ’70 y ’80. Así se encuentran los africanos hoy, con el desafío de formar Estados Nacionales con naciones justamente en formación, porque las fronteras artificiales creadas por los colonizadores separan a pueblos originarios entre sí, dificultando la gestación de proyectos e instituciones nacionales fuertes y consolidadas.    
   Pero la descolonización no fue el fin del dominio europeo sobre los africanos. La globalización y la “cooperación” se encargaron de seguir sometiendo a los africanos a las esferas de influencia de los países en desarrollo, que son en su mayoría, “los antiguos amos”. Así se sigue inscribiendo a gran parte de África entre los países más endeudados con el primer mundo y es la mayoría del continente la que ingresa al esquema económico internacional como periferia proveedora de materias primas hacia los centros industriales de poder. La realidad económica africana, dista en tiempo y en nivel de desarrollo con la latinoamericana en general, pero es en esencia la misma. Es la carga de seguir siendo un tercer mundo que pugna por ingresar de lleno a las decisiones económicas globales. Sin embargo, tanto para América Latina como para África (aunque hace menos tiempo para la segunda), la libertad política es una realidad cada vez más cercana. La consolidación de los sistemas democráticos y la relativa libertad de acción interna y externa no son metas inalcanzables. Tampoco lo es la unión política regional. Sin embargo, todavía existe una brecha económica importante, que es el objetivo máximo de ambas regiones: la industrialización y el ingreso al sistema económico global, de igual a igual con los países desarrollados.
América Latina: conquista española, independencia y pérdida de la soberanía económica
   La historia de América Latina, al igual que la de África, aunque en distintos períodos de tiempo y por lapsos diferentes, está enmarcada bajo la influencia directa e indirecta de potencias extranjeras en los asuntos internos de los Estados que se dieron como resultado del proceso revolucionario que se dio a fines del siglo XVIII y en el transcurso del siglo XIX en la mayoría de los casos. Fueron Portugal y España en el caso latinoamericano, las potencias extranjeras que ejercieron poder político directo a través de la conquista tras el descubrimiento de América en 1492.
   A partir de dicho descubrimiento, los españoles ejercieron un control directo y personal sobre los territorios americanos formando virreinatos y gobiernos propios luego de subyugar a las distintas sociedades autóctonas como Mayas, Aztecas e Incas, entre muchos otros. Los españoles llegaron en gran número a las Américas y aunque en principio tuvieron la intención de sustraer materias primas y metales preciosos con el fin de volver a España enriquecidos, con el tiempo se fueron trasladando a América para habitar el territorio de forma continua; muchos veían a América como una oportunidad de vida mucho más digna que la que podían conseguir en Europa. Así los españoles centralizaron los gobiernos en los virreinatos que respondían directamente al Rey de España, ocuparon gran parte del territorio, desde las costas hasta el interior del continente.
   Los portugueses, sin embargo, tardaron bastante más en adentrarse hacía el territorio del actual Brasil, ya que fieles a su política primordialmente comercial, se instalaron, en principio, principalmente en las costas del territorio instalando factorías que servían como punto de conexión entre lo que llegaba de Portugal y lo que partía hacia allí. Llegando a los siglos XVIII y XIX los portugueses se adentrarán más al territorio continental brasilero para instalarse en el interior y hasta toda la Corte perseguida por las invasiones napoleónicas llegó a trasladarse a Brasil a principios del siglo XIX declarándolo capital del Imperio portugués.
   El año 1776 es un punto de inflexión en la vida político-económica de la América hispana porque la casa de los borbones en España dejará sin efecto el monopolio que ejercía por sobre sus colonias permitiendo moderadamente el ingreso del comercio inglés, holandés y francés a los confines del territorio colonial español. Éste es el punto de partida de un dilema que sopesará sobre América Latina (incluido Brasil) desde esta época hasta la actualidad: Librecambio vs. Proteccionismo. De alguna manera, el enorme volumen del contrabando comercial inglés comenzaba a legalizarse. De la mano del blanqueamiento de las importaciones con la colaboración de las elites porteñas, por ejemplo Buenos Aires (si nos referimos al Virreinato del Río de la Plata), comenzaba a ponerse en jaque la existente formación de un cordón proto-industrial que se había gestado desde el Alto Perú hasta Córdoba y que hacía las veces de semilla industrial en gestación producto de la incapacidad de España para ingresar frecuentemente productos manufacturados a sus colonias debido a los ataques de la piratería de ultramar y lo costoso de los viajes. Con el ingreso de las manufacturas inglesas y con ellas su expertise propia de la Revolución Industrialy la fabricación en serie, la industria en formación latinoamericana comenzaba a perecer rápidamente.
   Éste proceso económico y político librecambista será (con algunas interrupciones) una de las columnas principales de la realidad latinoamericana en el siglo XIX, tiempo en que América Latina logró desprenderse del collar visible de la conquista política española, para someterse al collar invisible del poder económico anglo-francés. Así es como podemos atrevernos a afirmar que gran parte de la América Latina dejó de ser colonia formal española o portuguesa para convertirse en colonia informal inglesa, francesa o estadounidense (más adelante y en referencia a ciertos países de la América Central o México). Así fue por medio de empréstitos innecesarios, deudas externas enormes, ingresos masivos de capital que no se volvía productivo en América sino que cooptaba renta para volver en forma de beneficio a Europa o Estados Unidos y también vía imperialismo cultural, que las grandes potencias extranjeras fueron no sólo encargadas del no desarrollo de los nuevos países que se habían formado tras las revoluciones independentistas americanas, sino que también los encargados de forzar indirectamente la creación de las fronteras de dichos territorios. Fue la diplomacia anglo-francesa y estadounidense la encargada en muchas ocasiones de delimitar los territorios e influenciar la creación de ciertos “Estados tapones” como Uruguay, Bolivia y Paraguay. No fue sino obra de las potencias extranjeras aquella que impidió la formación de una patria grande en palabras de Bolívar y San Martín, una nación latinoamericana capaz de promover el desarrollo industrial en los países de Latinoamérica.
   La política de “divide y reinarás” propia del Imperio Romano fue ampliamente utilizada por las potencias contemporáneas y dieron sus frutos desfragmentado la América Latina en más de 20 Estados.       
África y América Latina, el tercer mundo y la crisis de la deuda
   Si bien como se dijo anteriormente, desde el siglo XIX en adelante los países del tercer mundo en su gran mayoría, serán protagonistas secundarios de la estructura económica mundial, llevando a cabo el papel de proveedores de materias primas hacía los centro industrializados productores de manufacturas y detentores del poder mundial. La época de la crisis de la deuda en adelante puede tomarse como un posible punto de inflexión para los países africanos y latinoamericanos, puesto que ambos ya políticamente independientes y con cierta capacidad de maniobra política interna comenzaron a formar parte del sistema internacional como actores conscientes de sus debilidades y virtudes. Luego de la crisis de la deuda que afectó a la mayoría por igual, los países comienzan una etapa de ligero crecimiento y de oportunidades en el sistema internacional. Algunos países latinoamericanos aprovecharon muy bien esta circunstancia, como Brasil o Chile. Lo mismo en el caso asiático en países como Corea del Sur, India, China, Malasia y Singapur. En África, prácticamente ningún país (a excepción de Sudáfrica o Islas Mauricio) pudo aprovechar esta oportunidad histórica en los ’90 aunque sí comenzarán un proceso de crecimiento sostenido a partir del 2000 en adelante.
En la década de 1970 los países integrantes de la OPEP(Organización de Países Exportadores de Petróleo), con intención de poner en jaque la estructura económica global y particularmente a los países industriales desarrollados, llevaron los precios del barril de petróleo al alza encareciendo la mayoría de los costos de producción en casi todo el sistema capitalista. Acto seguido, los precios de las importaciones de los bienes importados por países africanos y latinoamericanos se encareció naturalmente, las balanzas de pagos sufrieron grandes desequilibrios.
   No obstante, esa renta obtenida por los altos precios, fue, en parte, a las manos de algunas minorías originarias de esos países exportadores de petróleo, aunque también en un principio, permitió mejorar levemente el nivel de ingreso de un segmento importante de las ciudadanías de dichos países. Otra parte de la renta fue destinada a una masiva compra de armas al exterior; armas provenientes de países desarrollados que las producían. También parte de la renta fue al oligopolio de empresas que controlaban el mercado de petróleo, las cuales ya no controlaban su producción pero si su refinación y distribución. Tales gigantescas rentas obtenidas fueron destinadas al mercado financiero y a los bancos privados estadounidenses y europeos generando una gran montaña de liquidez. Éste dinero fue prestado justamente a aquellos Estados con problemas en sus balanzas de pagos, es decir, mayormente a los países del tercer mundo como los africanos y latinoamericanos. Por casualidad o causalidad, muchos de estos países contaban en su interior con gobiernos militares de facto, que presionados por los organismos financieros internacionales aceptaron grandes sumas de dinero en forma de préstamos internacionales para sanear sus desequilibrios de cuenta corriente. Esos ingresos en forma de préstamos a los países del tercer mundo fueron en utilizados para seguir importando aquello que se había encarecido proveniente de los países desarrollados que habían subido los precios de sus exportaciones como resultado de la suba del petróleo. Así países de América Latina y África entraron en un espiral de deuda tan grande que se volvió insostenible. Fue México quien inauguró las olas de “default” que se dieron en el globo entero pateando el tablero en 1982. Atrás de México, la caída de las economías fue al mejor estilo dominó. Automáticamente se generó un racionamiento de crédito para las regiones que ya no calificaban para seguir refinanciándose en base a préstamos extranjeros y algunos fueron rescatados por el FMI bajo condiciones que empeoraron mucho más sus economías y el bienestar social de sus poblaciones. Más aún que la misma crisis de la deuda.
   La crisis de la deuda, los defaults y el racionamiento de crédito abrió las puertas a las directrices del llamado “Consenso de Washington” para los países del tercer mundo que con economías deficientes y altamente endeudadas precisaban de reformas profundas para sacar adelante los respectivos aparatos estatales. Así fue que el neoliberalismo encontró vía libre para expandirse con reformas que pretendían mejorar las condiciones económicas de los países en crisis por un lado y que los acreedores (países desarrollados y organismos internacionales) puedan cobrar sus deudas, por el otro.
Las principales directrices del Consenso de Washington que se dieron a fines de los ’80 y principios de los ’90 fueron la austeridad fiscal, la apertura de las cuentas corrientes (de capital y financiera) y las privatizaciones de las empresas estatales deficientes. Algunos pocos países, supieron aplicar dichas recomendaciones a su manera, secuencialmente, por parte, lenta pero progresivamente. No regalaron sus mercados sino que privatizaron de forma progresiva para evitar la formación de monopolios y oligopolios que finalmente actúen en contra de los intereses de los consumidores finales, las sociedades en sí. Así fue como algunos países asiáticos como China, India, Malasia, Singapur y Corea del Sur (previo a la crisis del ’97) supieron aprovechar estas directrices al igual que algunos países sudamericanos como Brasil o Chile. Sin embargo, la mayoría de los países endeudados, tendieron a utilizar “la terapia de choque” recomendada por el FMI que significaba la apertura veloz e irrestricta de sus mercados y cuentas corrientes, permitiendo así la entrada de enormes caudales de capital especulativo y la formación de monopolios y oligopolios que si bien, en principio, mejoraron los servicios vía privatizaciones, lo hicieron a un alto costo para la población.
Pueden entenderse a las directrices del Consenso de Washington como el mero reflejo de las corrientes neoliberales surgidas en los años ’70 y como el objetivo principal de los países desarrollados de someter aún más a los países en desarrollo bajo la deuda externa, arma indirecta utilizada por los imperios desde el siglo XIX en adelante. Sin embargo, también fue una oportunidad para algunos países que lograron encausar dicho financiamiento para fines productivos que rindieron un beneficio intertemporal que no sólo permitió el repago de los prestamos y sus intereses sino que también permitió el crecimiento económico y el desarrollo social, como es el caso de Brasil o Sudáfrica, dos países miembros de los llamados BRICS. Sí es cierto que los países desarrollados buscaron seguir sometiendo a los países periféricos a su esfera de influencia político-económica pero también es cierto que la negligencia dirigencial africana y latinoamericana permitieron que los desfasajes se acrescenten en vez de disminuir.
Crisis económico-financiera global: ¿una oportunidad histórica para los subdesarrollados?
   En un mundo dominado por el poder financiero mundial, en un contexto de integración financiera que refleja los albores de la globalización y en un sistema de producción internacional en el cual el comercio es protagonista, la ya bien conocida división entre “países desarrollados” y “países en desarrollo” (por no decir subdesarrollados), sigue siendo la manera más simple de comprender rápidamente y en líneas generales, la configuración del tablero internacional.
   La famosa crisis de las hipotecas “subprime” en Estados Unidos, arrastró no sólo a dicha potencia mundial a la recesión, sino que se expandió velozmente a otras de las regiones desarrolladas del mundo (véase Europa).  Una Europa integrada como nunca en la historia del continente, dirimió por años entre la cesión de soberanía política y soberanía económica hasta llegar finalmente a la conformación de una unión monetaria bajo el Euro, la moneda común de gran parte de los países europeos. A su vez, otros países que si bien no ingresaron en la unión monetaria, son, empero, parte activa de la comunidad europea y del mercado común, aunque sin ceder las herramientas propias de las políticas de acción monetaria. El congelamiento de crédito producto de la crisis hipotecaria hizo visible la existencia de “una Europa a dos velocidades”, de las cuales la menos productiva (España, Irlanda, Grecia, Italia y Portugal, principalmente), sufrió las consecuencias de los déficit fiscales que venía gestando desde hace una década atrás y no pudo continuar la rueda de refinanciamiento de la cual dependía la base de su economía. Éste racionamiento de crédito generó la caída de la actividad económica de Estados Unidos y gran parte de Europa, aumentó el desempleo y precarizó las condiciones sociales de vida de las poblaciones de muchos países caracterizados como desarrollados. Como consecuencia, el comercio se contrajo en pleno desarrollo de la crisis, pero la economía global no sostuvo la recesión, empujada básicamente por otro motor: el comercio entre países en desarrollo y el aumento de la producción internacional en base al continuo avance de las economías llamadas “BRICS”, refiriéndose a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.
   Pero no sólo los países BRICS han experimentado etapas de crecimiento entre 2000 y 2011, son también gran parte del resto de las economías del tercer mundo quienes gozan de un crecimiento a tasas altas, promovido en mayor medida, por el ingreso de los gigantes asiáticos (China e India) y su enorme cantidad de población, a los sistemas globales de consumo. El aumento de la producción y el crecimiento de las economías de China e India en general, han ido agotando progresivamente los ejércitos de reserva de ambos países, integrando a sus poblaciones en su totalidad al mercado laboral y aumentando los ingresos nominales y reales de los trabajadores (aunque en un proceso muy lento), generando así un aumento obligado del consumo abocado a la alimentación de esa enorme masa de hombres y mujeres. Éste es el punto de partida del paulatino crecimiento de la demanda internacional de bienes primarios tanto alimenticios como aquellos necesarios para la producción (materias primas para la elaboración de productos manufacturados y energía básica necesaria para motorizar la producción).
   El aumento de la demanda de productos primarios, no sólo es una consecuencia del crecimiento de los países en vías de desarrollo, es también la causa de la bonanza de otros países del tercer mundo, como los africanos y latinoamericanos. Ambas regiones, insertadas mayormente en el sistema económico internacional como proveedores de materias primas, se han beneficiado del derrame que ha generado China en forma de externalidad económica positiva por vía del aumento de la renta y el comercio como canales de transmisión. Tanto el aumento de producción en los países en desarrollo como el posterior aumento de la demanda en dichos países producto de la suba de la renta, ha generado un aumento progresivo y sostenido de los precios internacionales de los llamados commodities, en referencia a los productos primarios que se comercializan internacionalmente. Estos aumentos de los precios de las materias primas han beneficiado principalmente a los países africanos y latinoamericanos productores especializados en éste tipo de bienes, pero también a países desarrollados como Estados Unidos que han optado por reprimarizar su economía para gozar de las ventajas que los precios internacionales altos de los mercados proveen.
   Según el FMI, de las diez economías con mayor crecimiento promedio entre 2001 y 2010, seis son africanas: Angola, Nigeria, Etiopia, Chad, Mozambique y Ruanda. Si bien no integran el “top ten”, Tanzania, Congo, Ghana y Zambia crecen también a ritmos importantes por sobre el 7% anual. Esto no es un dato menor y podemos encontrar grandes similitudes en los índices de crecimiento de países latinoamericanos en el mismo período. Sin dudas, el mundo vive un momento histórico: la oportunidad de que los países en desarrollo sean los protagonistas del sistema económico internacional, influyendo fuertemente en volumen frente a la relación con el comercio global total. Las rentas vía exportaciones crece en ambas regiones y es desafío para los Estados encauzar dichos ingresos hacía actividades social y económicamente productivas. Las regiones tienen dos problemas centrales: un desarrollo atrasado en comparación a los países del primer mundo y una distribución social inequitativa (problema que yace también en algunos países desarrollados). Entonces, los principales desafíos de África y América Latina también son dos: por un lado, generar economías sustentables en base a los actuales ingresos que están obteniendo de un mercado internacional históricamente fluctuante como el de las materias primas, que no garantiza sostenerse en picos tan altos como el de la última década. Los Estados en desarrollo tienen que ser conscientes que la inserción en el mercado internacional como proveedores de materias primas no es sustentable, lo demuestran más de doscientos años de historia del capitalismo. Es urgencia para ambas regiones forjar un destino industrialista que permite a los Estados en desarrollo contar con infraestructuras aptas para sesgar recursos hacía la exportación no sólo de productos primarios, sino también manufacturas y servicios. Por otro lado, es imperante que dicho crecimiento entienda a la igualdad social como su fin último. De nada sirve a las sociedades que los países sigan creciendo de la mano del lema oculto de la globalización: “Creando países ricos, pero con poblaciones pobres.”
 
África y América Latina en el Siglo XXI: buscando el desarrollo
   Hace ya más de una década, que ambas regiones son autoconscientes de la importancia que tiene la integración dentro del proceso de desarrollo que intentan alcanzar. Si bien América Latina ha demostrado estar algunos pasos delante de África en la construcción de una integración regional fuerte y consolidada, los africanos se dispusieron a no perder más tiempo y emprender un proyecto de desarrollo en conjunto que permita el crecimiento individual de los países pero de forma colectiva. Es así como se dio creación a principio de siglo a la Unión Africana, una unión política que es complementaria a un proyecto de unión económica entre todos los países que integran el continente (NEPAD). La creación de un organismo supranacional tiene no sólo como fin una unión política sino también un desarrollo económico en conjunto y es por esto que la creación de un banco africano también es una realidad. Sin embargo, los dirigentes africanos son conscientes que para que una unión política pueda materializarse, es indispensable que los gobiernos de los distintos países cuenten con características similares en cuanto a la estructura de sus regímenes. Es por esto que la democracia es una condición sine qua non para integrar el organismo. Esto no sólo promueve a la democracia de forma ideológica sino que también lo hace de forma práctica, ya que aquellos países que no cuentan con éste tipo de gobierno quedan afuera de los beneficios con los que contarían al ser parte de la organización supranacional. Si bien éste proyecto avanza año tras año y se consolida progresivamente, todavía no ha podido materializarse en todo el continente que todavía cuenta con mayoría de gobiernos no democráticos. Los conflictos étnicos siguen siendo, aunque en menor medida, una realidad constante en el continente, lo que no permite a la región afianzarse como un bloque y permitir así que el resto del mundo pueda ver en África una región donde florecen oportunidades de inversión y crecimiento a corto y mediano plazo. Actualmente, conflictos étnicos por tierras y poder como sucede en Costa de Marfil entre Ngeres y Malinkes, siguen alejando a los países africanos de lo positivo de la globalización.
   Similar pero distinto es el caso de América Latina, que ha comenzado desde 1990 con la creación del MERCOSUR, a pensar un desarrollo económico con base en la integración. La iniciativa tuvo a Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina como precursores y miembros directos, pero hoy alcanza a la mayoría del resto de América del Sur, incluyendo actualmente también a Venezuela, entre otros. Sin embargo, éste mercado común ha encontrado su complementariedad en un organismo supranacional aún más consolidado en pos de sostener las instituciones nacionales de la América Latina: la UNASUR, una unión política entre los países latinoamericanos que intenta sostener un proyecto de desarrollo político y económico en conjunto a la vez que estipula una ayuda mutua entre las partes ante posibles situaciones que amenacen la integridad de las instituciones nacionales. La UNASUR ha sido una de las mejores soluciones que han encontrado los países latinoamericanos para poner fin a un siglo repleto de golpes de Estado y gobiernos militares que han atentado contra las instituciones democráticas, al igual que a menudo sucede en el continente africano. El auxilio reciproco prestado ante éste tipo de situaciones entre los países que integran la UNASURpermite consolidar las instituciones y esto ha sido demostrado en el caso del último intento de golpe de Estado en Ecuador en el año 2010.
   También la UNASUR como unión política regional ha permitido que asuntos de política exterior correspondiente a algunos países (como el caso de las Islas Malvinas argentinas) pueda “regionalizarse” y encontrar un apoyo en la comunidad internacional que vaya más allá de intereses puramente nacionales.
 
Consideraciones finales
   Los desafíos de África y de América Latina tienen diferencias y cuestiones en común. Diferente, es el desafío de África por consolidar las instituciones estatales y democráticas que acerquen al pueblo al Gobierno. Esto sólo puede lograrse con el esfuerzo y sacrificio de avanzar a pesar de que los límites fronterizos entre los Estados no sean los ideales, cambiarlos ahora, no tienen otro resultado sino ralentizar el desarrollo aún más. Los Estados tienen el desafío de articular políticas fronterizas que consoliden la soberanía del Estado conforme a sus límites territoriales, pero que permita a su vez la libre circulación de personas que pertenezcan a la misma etnia separada por las fronteras artificiales. El fin de las guerras civiles y la violencia entre africanos tiene que dar paso a una unión en pos del desarrollo y la cooperación. No hay otro camino para África que la unión.
   Con respecto a la económico, ambas regiones tienen el desafío de aprovechar las rentas comerciales derivadas de las exportaciones que han obtenido en esta última década y derivarlas a procesos productivos ligados a la industrialización y el desarrollo de tecnologías de punta, cuestiones que pueden permitir que se desliguen de la cooperación impuesta por los países desarrollados y ex colonizadores y se dispongan a forjar economías independientes de las decisiones del primer mundo. Los lazos comerciales productivos entre ambas regiones y la cooperación inter-regional es una herramienta clave que les es urgente desarrollar.
   Los procesos de colonización y descolonización han truncado el natural proceso histórico de desarrollo de ambas regiones y la posterior estructura del sistema internacional, ha socavado la mayoría de los proyectos que las regiones han intentado llevar a cabo. Sin embargo, la historia les otorga una nueva oportunidad de desligarse del yugo opresor post-colonialista. África y América Latina tienen el desafío principal de dejar de ser únicamente proveedores de materias primas a los centros industriales en primer medida, pero tienen también como desafío la consolidación de su propio proceso industrial que pueda proveer a las sociedades de rentas sustentables a través del tiempo y una mejor calidad de vida para sus ciudadanos. La revolución es ahora.
 
Listado bibliográfico
·         Jorge Abelardo Ramos, La Historia de la Nación Latinoamericana, Ed. Continentel, 1994.
·         Scalabrini Ortiz, Política Británica en el Río de la Plata, Ed. Plus Ultra, 2001.  
·         Las Grandes Potencias del futuro, Ede Helmut Schidt, Ed. Ediciones Paidós, 2006.
·         Immanuel Wallerstein, Después del liberalismo, Ed. Siglo XXI, 1996.
·         Fabien Adonon Djogbénou, La Cuestión Nacionalen el África Negra, Fabien Adonon Djogbénou, Ed. Universidad Nacional Autónoma de México, 2003.
·         P. Anyang Nyong’o, La participación popular y el desafío de la autosuficiencia en África, Ed. Estudios de Asia y Africa, 1992.
·         Pieter Swanepoel, El Renacimiento Africano, Ed. Cuadernos de Investigación No. 9, 2002.
·         Celma Agüero, Nepad: Una Expresión del Renacimiento Africano, Ed. Revista mexicana de política exterior, México, 2003.
 
 
 
 

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