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Argentinos no… !Colonos sí! – PARTE I-

Esta vida que pretendemos sea emblema y escudo de paz, es por el contrario una guerra constante. No podemos evitar que lo sea ni aún evitándolo, porque evitar que la paz desvanezca nos pone en estado de guerra. Por mucho que nos pese a los idealistas, la guerra es lo primero que ven nuestros ojos al despertar por la mañana y lo último que pasa por nuestras mentes al descansar por la noche. Ganar la guerra es la única posibildad que existe para imponer el ideal. Quien pierde la guerra es quien nada impone. Pueden ganarse batallas y conquistar pequeños objetivos, dejar en el enemigo algunas heridas que pronto serán cicatrices, pero el mal no sólo seguirá existiendo sino que además seguirá imponiéndose.
Que palabra tan horrible es esa “enemigo”, fiel antónimo de amigo, palabra hermosa por demás. Divino sería no existiese más que en cuentos y películas, pero también cierto es que así no sea. Los enemigos están en la calle, en las escuelas, trabajos, clubes, en nuestras casas. Pero aún peor, es que en la mayoría de los casos, ni nosotros los sabemos enemigos ni ellos se saben de esa forma a sí mismos, aún siéndolo. Enemigo es todo aquel que intente cohibir nuestra capacidad lícita de acción y existen dos clases que podemos diferenciar fácilmente a pesar de que estén intimamente relacionadas. Existe el enemigo externo y el enemigo interno, en ese orden. El enemigo externo subyuga al interno ideológicante y cual suero, lo nutre de adversidad contra sus pares que rápidamente se vuelven enemigos. Esta conquista mental crea una falsa amistad entre el enemigo interno y el externo ya que el primero se cree par del segundo sin serlo. Nadie puede ser extranjero en su propia patria por más que se convenza falsamente de ello. El enemigo interno no es enemigo por vanagloriar la ideología extranjera sino por deificarla creyéndola única verdad aún sin conocerla más que por aquello que el enemigo externo dícese y demuéstrase ser.
El enemigo externo está en todas partes, se multiplica omnipotente. Está en los díarios y revistas, en los libros, en la radio, la televisión, el deporte, el cine, el arte, las teorías que repetimos, la música que escuchamos, la ropa que vestimos, etcétera. El enemigo externo no descansa porque la difusión de su cultura es el medio para subyugarnos y así conseguir su fin último que es detentar el poder máximo, ser decisor del sistema global vigente. Quiere tomar las riendas del sistema internacional, imponer políticas, controlar los protocolos de defensa, acaparar los mercados, emitir la moneda que todos quieren tener, ser reserva del mundo a la vez que financiarse de él, buscar insumos baratos para la elaboración de sus productos que venderá muy caros, quiere expandir su religión, su idioma, sus costumbres, su forma de vestir, su música, valores…. ¡No tiene fin! Pequen de exagerados o cúlpense por inocentes.
En un mundo lógico y equilibrado, ningún país dejaría que otro u otros sean realizadores de tal acción imperialista. Pero los países no existen, son construcciones abstractas que fusionan la teoría que es el Estado con la realidad que es la nación, que son los hombres. Y como los hombres forman países por aquello que comparten en común a la vez disienten por humanos. De éste disenso, hijo de la historia y continuador del presente, surgen tres tipos de hombres hacia dentro de un país: el nacionalista, el neutro y el vendepatria o cipayo.
El nacionalista es un hombre autoconsciente de que su pleno desarrollo personal no puede desligarse de su nación, porque no es sino la nación el reflejo de la virtud de cada uno de sus integrantes; virtud que al nacer del individuo para fusionarse luego en la construcción de la nación, se transforma en bien común y retorna hacía el individuo convertida en desarrollo humano, en bienestar. Es decir, cada hombre debe trabajar para hacer el bien, puesto que cuando todos los hombres obren por el bien, la nación será un todo que envuelto en virtud pura será capaz de ser la contraparte perfecta del individuo, aquello que lo complete como ser humano óptimo. Un nacionalista no puede formarse sino en el respeto de su cultura, de su historia y sus costumbres, puesto que ninguna nación veleará por el desarrollo de integrantes que no le sean propios.
El ser neutro es un hombre que no comprende que su futuro no puede darse por sí mismo. No comprende que no es sólo su fuerza de voluntad o su inteligencia lo que le permite desarrollarse plenamente, porque puesto que el hombre es un ser social, su desarrollo está ligado plenamente al desarrollo social, y como en el Estado Moderno la sociedad civil tiene una contraparte que es el Estado y ambos forman al país, quien ignora que es parte o no de un mismo cuerpo, queda aislado del desarrollo colectivo y así se encomienda a la suerte, madre de las bonanzas pero también de todos los males. El hombre neutro es similar a la vela de un barco que se infla hacia donde el viento de turno le indica que lo haga y por momentos se enorgullece de su nación pero por otros la aborrece y prefiere nunca haber nacido en ella. Estos hombres son los que, generalmente, huyen de su nación cuando esta sobrepasa una crisis, política o económica, ambas cuestiones que siempre desencadenan una crisis social.
Y también tenemos al vendepatria o cipayo, que es sinónimo del enemigo interno que nombramos anteriormente. El cipayo está convencido que haber nacido en su nación es un castigo del cielo e implora a cuanto Dios sea posible para poder librarse de ella. Algunos lo logran, vencen sus miedos y sus limitaciones y emigran teniendo una vida quizás menos digna entre los que no son suyos pero disfrutando de mejores pasares económicos o sociales que sobrepone a la construcción de un bien común en su lugar de origen. Pero otros no logran desarrollar su capacidad de decisión y vacilan en dejar el país, a veces porque los lazos afectivos de la familia y los seres cercanos se lo impiden y otras veces porque están convencidos que pueden construir una “nación distinta” en aquel lugar deficiente que les tocó nacer. Lo ven deficiente porque lo comparan con otras naciones y se enamoran de sus usos y sus costumbres como el hombre que se enamora de una mujer de otra religión u otro color. Por supuesto que no hay problema alguno en que personas de distinto color o distinta religión se enamoren entre sí, pero sí nace el conflicto cuando una de las partes cree que la contraparte posee una verdad absoluta e intenta reproducir dicha verdad en una realidad distinta que es la suya propia. Los cipayos son hombres que defienden los intereses de una nación e intentan imponerlos por todos los medios posibles, convencidos de que esa cultura es la única viable y acertada. El único problema es que los intereses nacionales que defienden y reproducen no son los de su nación sino los de una extranjera y no se trata de imponer esos intereses en esa nación, ¡sino que pretende hacerlo en el suya propia! El cipayo es defensor de intereses foráneos que por medio de la cultura se han implantado en su mente, su corazón y hasta en su alma. Las mentes cipayas son controladas por un mecanismo llamado “imperialismo cultural o subordinación ideológica” y los vendepatria tienen el deber moral de asistir a esas naciones extranjeras para contribuir con aquello con lo que creen correcto: el poder del  extranjero por sobre su propia nación.
Pero el verdadero problema de una nación no es la existencia de cipayos, puesto que estos existen en todo el mundo y en todas las naciones. El problema comienza cuando estos hombres llegan al poder o a cumplir funciones públicas. Cuando son parte de un aparato decisor eligen siempre opciones que favorecen a la potencia por la que están conquistados y ésta ve ampliamente facilitada la consecusión de sus objetivos puesto que no tiene que movilizar ningún recurso duro como el económico o el militar para conseguir sus objetivos. Sólo impone su poder através de su cultura, infiltrándola por medio de estos hombres conquistados ideológicamente que se encargan de difundirla hacia dentro de sus propias naciones. Es una suerte de tubo conductor por el cual la potencia extranjera introduce su ideología dentro de paquetes culturales de distinta índole que al llegar a las mentes de los enemigos internos, las conquistan y controlan a kilómetros de distancia sin la necesidad de movilizar ningún recurso costoso. Las teorías económicas, las opiniones políticas, los acuerdos internacionales, la ayuda humanitaria, los programas de televisión, los discursos presidenciales de los países líderes del mundo, la cultura en forma de vestimenta, música, arte, etcétera, es todo un conjunto de factores que van penetrando en las mentes cipayas y las convencen de que son la mejor forma de ver el mundo aún sin responder a los intereses que en verdad encuadran con su propia realidad nacional, que es de seguro distinta a la de la potencia imperial. Cuando los vendepatria llegan al poder, seguramente votados o apoyados por otros vendepatrias (financiados por supuesto todos por las mismas potencias extranjeras que ven la posibilidad de tomar el control a kilómetros de distancia), transforman a la nación toda en colonia informal, porque siguen manteniendo un gobierno que se dice autónomo y soberano pero que responde fielmente a intereses extranjeros que por supuesto van en contra de la realidad y necesidad nacional. Estos hombres además de contar con un beneficio personal económico-político, entregan el país a las manos extranjeras porque en muchos casos están convencidos que es esta la mejor opción, porque es aquella la mejor cultura y la verdad póstuma de cómo deben funcionar las instituciones estatales que atienden la demanda nacional.
En sintesis, estos hombres están convencidos y porfiados que ser colonos es una opción mucho más viable que trabajar en la construcción de una conciencia nacional propia.

SIGUE EN PARTE II…

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