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La Corporatocracia, el reflejo de una sociedad global arcaica – PARTE II-

1ra parte http://elmundodelpobre.blogspot.com.ar/2012/07/la-corporatocracia-el-reflejo-de-una.html

Todo parte de la teoría de la oferta y la demanda. Si existe equilibrio, todo sigue su curso normal y la felicidad aflora en cada rincón del mundo. Cuando la demanda social es igual a la oferta, significa que la distribución de la riqueza es óptima y el equilibrio está asegurado. Todo muy bien.

Bueno, en la teoría todo está muy bien, pero conforme nos alejamos del libro, todo cambia un poco y el equilibrio entre oferta y demanda, se vuelve irrealizable. Es imposible básicamente por dos razones. En primer lugar, ni la riqueza ni los recursos están equitativamente distribuidos. En segundo lugar, aunque lo estuviesen, parece que el desarrollo humano no ha alcanzado todavía la etapa del conformismo y quizás nunca la alcance, por ende, no está preparado para decir “es suficiente”, su motor de existencia es la posesión o la realización de deseos.
Pensemos un mundo sin capitalismo. Una sociedad vive en un Estado determinado y sólo se hace con los bienes que dentro de ese Estado pueden producirse. Sin importar la cantidad y la calidad de esos bienes, supongamos que alcanzan en buena medida para que dicha sociedad experimente un fuerte desarrollo en todo sentido. Cuando una sociedad accede a una buena educación, una buena alimentación, buena salud, seguridad, etc., tiende a crecer en número, porque el desarrollo incentiva a la procreación y da el visto bueno a la especie para que se multiplique. Pero cuando esto sucede, en un análisis intertemporal, vemos que ese equilibrio ficticio que nosotros le otorgamos a nuestra sociedad perfecta tiende a desfasarse. En realidad, el desfasaje debería ser tranquilamente controlado porque al aumento de demanda debería equilibrarlo un aumento de la oferta, pero como supusimos que el capitalismo no existe, esto no puede darse por los límites que los anteriores sistemas de producción demostraron tener a lo largo de la historia (veánse esclavismo y feudalismo). Sin embargo, la imposibilidad de crear una mayor oferta cuenta con una solución alternativa: la invasión de otro Estado. Al invadir otro Estado (conquistándolo o no), se puede sustraer recursos ajenos hasta lograr equilibrar el aumento de demanda que originó la invasión. Pero sucede que el éxito de la invasión trae consigo la codicia, puesto que nada impide al conquistador llevarse más de lo que en verdad precisa para sostener su equilibrio entre oferta y demanda, entonces sustrae cuanto puede sin monitorear cuánto en verdad precisa y al retornar a su Estado genera una sobreoferta, que al bajar el valor de los bienes por su abundancia provoca un alza del consumo mucho mayor y un desarrollo social también mayor y por ende, un nuevo desfasaje entre demanda y oferta, entonces el Estado se ve obligado a una nueva invasión al mismo Estado que invadió en primera instancia o esta vez a otro, es indistinto. Cada victoria no sólo lo provee de recursos sino también de experiencia, de poder, de confianza y de codicia. Éste procedimiento puede repetirse prácticamente por siempre, aunque la historia ha demostrado, que no hay tiempo en que no exista un fenómeno que no de fin a un imperialismo determinado, no haciendo desaparecer el concepto sino sólo cambiando los actores de reparto.
La post-modernidad, continúa, como no podía ser de otra manera, con esta lógica secuencial pero con instrumentos sumamente complejizados y tecnologías e invenciones capaces de esconder la crueldad del hombre contemporáneo pero arcaico, en acciones que a la vista del vulgo pueden parecer tan nobles como honradas. Así las guerras contemporáneas enarbolan banderas como la paz, los derechos humanos o las libertades individuales pero en verdad siguen luchando por lo mismo de siempre: la conquista de los recursos. Sucede que en los tiempos que hace más de 200 años vivimos, es decir, en los tiempos capitalistas, el comercio ha triunfado sobre la guerra y al Estado del cuentito del principio de esta nota, ya no le es necesario conquistar por la fuerza a otro para hacerse del equilibro que precisa generar entre oferta y demanda. Bueno, esto es lo que nos dejan ver los tiempos de hoy, pero ahí va un secreto: es falso. Es falso porque el comercio internacional es una guerra de dos fases: la primer fase es no violenta y se basa en la conquista de los mercados internacionales por medio de la conquista enonómico-financiera, instrumento moderno, complejo y eficiente. Pero hay también una segunda fase consecuencia del fallo de la primera y es la conquista de los mismos mercados por la fuerza. Las sociedades de hoy, por medio de mecanismos de compra y venta, se subyugan entre sí enriqueciendose unos y empobreciendose otros, disfrazando a la guerra con el vestidito del comercio internacional y la competitividad. El fin, es el mismo: conquistarse unos a otros. Y entonces el comercio se vuelve el fúsil más fiel al fin que es la conquista. Esto es una acción indirecta, porque no tiene un fin directamente violento como sí lo tiene la guerra aunque se diga justa, pero casi sin pretenderlo termina actuando como un instrumento de dominación.
Todos los Estados buscan máxima productividad por medio de herramientas monetarias como el tipo de cambio, financieras como los préstamos y políticas como el librecomercio y la apertura de las cuentas nacionales a los capitales extranjeros. Dentro de la economía capitalista, estas corresponden a políticas correctas que apuntan al crecimiento económico y al bienestar social. Sistémicamente hablando, nos seguimos refiriendo a una guerra que hace crecer a todos pero a unos más que a otros. La diferencia es tal, que unos se vuelven pobres compradores y otros ricos vendedores. En éste esquema aparecen las corporaciones, el producto de todo lo antes nombrado y el actor capaz de absorber todos los elementos que hacen al sistema: capacidad de movilizar recursos, poder, apoyo gubernamental, pago de impuestos a la importación y exportación, etc. Tanto los gobiernos como las sociedades son dependentes de las corporaciones que son los verdaderos aparatos decisores, los hombres detrás de la cortina.
Año 2012, siglo XXI, el siglo de la Corporatocracia. Bienvenidos…

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