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La Corporatocracia, el reflejo de una sociedad global arcaica – PARTE I-

En su ensayo “Discurso sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”, Benjamin Constant, filósofo del siglo XIX, explica el comienzo del traspaso de la humanidad hacia la post-modernidad, que vendría a ser nuestra contemporaneidad, es decir, el inicio de la era en la cual vivimos en la actualidad. Basicamente, Constant remarca algunos cambios principales y muy ciertos en el accionar de las sociedades contemporáneas. Estas acciones son el resultado del nacimiento de un capitalismo incipiente (¿O al revés?), y encuentran en el liberalismo su máxima expresión. Constant era un hombre del liberalismo, un defensor de las doctrinas del librecambio económico y un fehaciente soldado del elitismo político, práctica que apoyará por medio de su propuesta de voto censitario. El librecambio económico se basa en la preponderancia del comercio en la economía y por ende defiende la libertad de mercado y aboga por la no intervención del Estado en la economía. El voto censitario propone un derecho a voto sólo para aquellos ciudadanos que tengan propiedad y un piso de riqueza estipulado previamente. Esto es así, porque es indispensable, según Constant, que quien deba encargarse de la cuestión pública, goce de libertad económica, puesto que quien sea esclavo de su propia fuerza de trabajo para vivir, no puede concentrar su tiempo en los menesteres del Estado. Perverso, pero muy lógico. Así Constant defendía a la doctrina liberal, apoyaba al comercio y el librecambio, y fundamentaba el elitismo político y la formación de gobiernos oligarcas.
Constant escribe su ensayo criticando el concepto de “voluntad general” de Rousseau en su libro “El Contrato Social” y discute principalmente el principio de no representatividad política que estipula Rousseau. Sucede que Constant cree que en el liberalismo económico, en la plena libertad política y entiende al hombre como un ser individualista, con derechos ligados en primer orden a su propia vida privada y luego al colectivo, a la nación. Por eso el hombre moderno se diferencia del antiguo, que tenía sus libertades cohibidas a su deber de ciudadano, atadas a su rol social. Según Constant los hombres antiguos no podían gozar de su vida privada en plenitud (hasta el punto de no elegir con quién casarse) y tenían a la guerra y la belicosidad constante como el motor de su vida. El moderno, por el contrario, es un hombre con derechos individuales que ponen coto a la voluntad general y tiene, por ende, el derecho de delegar su rol en la cuestión pública a un representante, para poder así dedicar su vida a sus cuestiones privadas. Es además, el hombre moderno un ser pacífico que no encuentra a la guerra sino como un desgaste, una pérdida. Es por el contrario beneficioso el comercio internacional, nuevo motor principal de la sociedad global. Es el hombre moderno un representante de la paz y es el comercio su principal herramienta.
Gracias a Constant, sabemos que capitalismo, liberalismo y comercio internacional, son aristas del mismo fenómeno global. Lo que no cabe del todo es el tema de la paz, pero lo ampliaremos más adelante. Por ahora lo importante es entender que con esta descripción de la realidad mundial, del nuevo sistema vigente, el mundo (en su mayoría) deja atrás los sistemas feudales y esclavistas que caracterizaron a la Edad Media y la Moderna. Ahora el mundo descansa bajo un manto de libertad y los hombres ven en la paz y el comercio el usufructo máximo de sus vidas. Así fue también que las prácticas y mecanismos capitalistas se complejizan y expanden cada vez más por todo el globo, penetrando hacia adentro de todas las sociedades y naciones del mundo entero (o casi todo el mundo entero). Se supone que el sistema mercantilista de producción se deja atrás y se reemplaza por un sistema más complejo y perfeccionado que es el capitalismo en sí, pero en verdad, las prácticas mercantilistas de los Estados continúan aún hoy aunque perfeccionadas por la maquinaria capitalista.
Los post-modernos, estamos casi convencidos de que somos la civilización, el fin de la barbarie, el nacimiento de la paz y la muerte de la guerra. Creemos firmemente que somos el futuro cercano y el eslabón que cierra la cadena de la evolución. Pero les vamos a contar un secreto: no lo somos. Seguimos siendo tan arcaicos como los mercantilistas del siglo XVII y tan belicosos (aunque menos violentos) como los antiguos de Grecia o de Roma en los primeros años después del nacimiento de Cristo. Sucede que los siglos anteriores tuvieron dos motivos principales de guerra y expansión: la consolidación territorial de las unidades políticas (ciudades-Estado, Imperios, Estados Nacionales, etc.) y la religión. Ambos fenómenos fueron la principal causa de guerra y enfrentamientos entre los hombres que habitan el planeta. Hoy, los post-modernos hemos (¿lo hicimos?) virado la historia. Las guerras no tienen como fin la religión ni la expansión territorial (con algunas excepciones), sino que son la respuesta de un imperialismo indirecto: el comercial. Quien maneje los hilos del comercio, tendrá la llave del éxito y liderará el sistema internacional. La industria es poder y el poder motivo de liderazgo, de imposición de reglas de juego, de consolidación por sobre el resto. Así los gobiernos tienen una tarea ancestral que es administrar los recursos de la nación en pos del bienestar social, pero no encuentran mejor forma de acrescentar sus beneficios que por medio del comercio internacional, así se ven obligados a orientar sus recursos al apoyo de las corporaciones nacionales (o internacionales) que por medio del comercio proveen al Estado de ganancias en forma de impuestos y generando empleo, transfiriendo tecnología, mejorando la calidad de vida y abaratando los costos sociales. Uhf, que vuelta tan rara, ¿no? Gobiernos que quieren administrar los recursos nacionales en pos del bienestar social pero que se ven obligados a fomentar el crecimiento, en primera instancia, de empresas nacionales y extranjeras que si no los son en un momento cero, se convertirán luego en… sí… corporaciones.
Las corporaciones marcan la agenda de los gobiernos de turno. La democracia es la pantalla que pretende hacer creer que el poder sigue bajando de Dios hacia el pueblo. El liberalismo económico es la doctrina póstuma que alza a las corporaciones a la cima del poder. Los gobiernos están limitados en capacidad de acción, dependen más del orden privado que del propio orden público que administran. La cosa pública se alimenta de las migajas que caen del pan que muerde el sector privado, que lejos de actuar bajo un sistema de competencia perfecta, se concentra cada vez más conforme pasa el tiempo, en una menor cantidad de personas que sustentan no sólo el poder económico directo sino el político indirecto. Éste es el nacimiento de la gobernanza global actual, post-moderna, la corporatocracia, un sistema formado en primer orden por las entidades bancarias y financieras y en segundo orden por las grandes empresas transnacionales. Recién en el tercer escalón del podio, aparecen los gobiernos nacionales.

Sigue en PARTE II…

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