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Democracia, teoría inaplicable -Parte I de II-

Si hay una teoría que tiene de correcta lo de inaplicable, esa, es la democracia. Como la palabra proveniente del griego lo dice, democracia se refiere al gobierno del pueblo, es decir, que todos los ciudadanos formen gobierno. Sin dudas, tal definición se acerca a la perfección desde un punto de vista socialmente equitativo, sin embargo, el paso del tiempo se encargó de volver a la democracia, cada vez más acertada en la teoría y menos aplicable en la práctica.
Para poder ver por qué la democracia es inaplicable en la actualidad hay que entender cómo nació. La democracia como concepto teórico surgió (según conocemos) en la antigua Gecia, aquella de la libertad, las polis y los grandes pensadores como Platón, Sócrates y Aristóteles, entre muchos más. Sucede que polis, es el nombre que se asignaba a las antiguas ciudades-Estado que conformaban la hélade o la Grecia antigua. Cada ciudad contaba con un gobierno que le era propio y si bien muchas ejercían tipos de gobiernos distintos, algunas de ellas turnaban formas diversas como tiranía o aristocracia, justamente con democracia. ¿Qué era la democracia para los griegos? Un concepto simple que se volvía profundo, porque en las polis griegas democráticas, literalmente, gobernaba el pueblo. ¿Pero quién era el pueblo? El pueblo estaba compuesto por una cantidad de hombres muy reducida. En primer lugar, cuando hablamos de hombres, nos referimos al género en particular, puesto que las mujeres tenían participación nula en la vida política de la polis. En segundo lugar, ciudadano con capacidad de acción política sólo podía serlo el hombre mayor de edad y libre, puesto que Grecia era sinónimo de libertad, pero la libertad era para unos pocos, ya que existía una gran cantidad de esclavos. Teniendo en cuenta que la cantidad de habitantes de una polis griega rondaba en promedio entre 3.000 y 10.000 personas (con las excepciones de Atenas, Esparta y Corinto que eran ciudades más grandes), luego de hacer las deducciones correspondientes por lo descripto, el gobierno podía pasar fácilmente a manos del pueblo. Se dice que la democracia griega estaba formada por una cantidad que ocilaba entre las 1000 y 5000 personas. Pensar los debates políticos importantes de la época, en una plaza pública como escenario y con, en promedio, 3000 hombres como protagonistas, se hace difícil pero no imposible. De hecho, así era y así funcionaba.
La democracia, es sin dudas en teoría, el sistema más justo, puesto que todos los ciudadanos tienen derecho a un voto y no pudiese existir una forma más equitativa de reflejar el interés de la mayoría de un pueblo en cuestiones públicas o de Estado. Sin embargo, algunos factores han modificado, con el correr del tiempo, la esencia del sistema. En principio, esto se debe al aumento demográfico global. En el mundo, la cantidad de personas que existen es potencialmente mayor a las que existían en la época de la antigua Grecia. Además, la libertad, no sólo cuenta para los varones, sino que, por suerte, hemos logrado avanzar, civlizarnos aún más, y permitir que nuestra mujeres formen parte activa de las decisiones de Estado. La esclavitud (formal y legal), no existe más y todos los hombres y mujeres, son libres. Por último, el concepto de ciudad-Estado, se ha extinguido. Hoy en día, las ciudades se han reunido bajo un mismo territorio mucho más grande, formando parte de provincias o Estados que a su vez forman parte de un país, que vendría a ser algo así como un sinónimo de los modernos Estados Nacionales. Éste aumento considerable de personas políticamente activas dentro de un Estado puso en jaque la operativa democrática de la antigua Grecia. Es difícil, hoy en día, que poblaciones como la argentina se junten en una plaza pública a decidir sobre las cuestiones nacionales, puesto que no existe plaza ni organización posible para que 30 millones de personas den su opinión al unísono. Es por esto que se inventó la democracia representativa. Esto significa que el total del pueblo políticamente activo sigue teniendo el derecho a un voto por cabeza, pero ese voto no decide directamente sobre cuestiones de interés público (salvo en excepciones como en los plesbicitos) sino que elige a otras personas dentro de ese total oríginal; personas que, en teoría, representarán los intereses de cada uno de los sectores que forman un pueblo y actuarán directamente en la política en representación de aquellos que lo votaron. Uhf, se empieza a complicar…  Es innegable que esta operativa tiene sentido, en principio, pero también su aplicación se vuelve una cuestión más fiduciaria que real. Con fiduciaria me refiero a que no es sino la fe, lo que permite que el pueblo confíe en que aquella persona que ha votado, cumpla en representar los intereses del sector correspondiente. Así un congreso, está formado por representantes provinciales y nacionales, que a su vez representan a diferentes partidos políticos que son, en teoría, la representación de ciertos ideales o formas de ver la realidad nacional y global. Bueno, ahora sí que sin dudas se complejizó todo y estamos bien lejos de la Grecia antigua.
Pero aunque más compleja, la esencia de la democracia no debería ser distinta bajo éste esquema de lo que era en la antigua Grecia, no obstante, es necesario nombrar un factor más que es clave para comprender porque se vuelve perversa e inaplicable: los intereses privados.  Los intereses del pueblo, siempre son los mismos: el ascenso social de los sectores más bajos, la salud pública, la educación, la seguridad, las mejoras en las condiciones de las calles, etc. Los intereses privados también siempre son los mismos: los beneficios y el enriquecimiento personal.
Sigamos con la analogía. En la antigua Grecia no era muy difícil conocer a aquellos encargados de ejecutar concretamente las políticas, puesto que la población era muy reducida y más aún los que eran políticamente activos. En tiempos de hoy, nadie conoce a quienes se postulan para ejecutores de la política, puesto que la enorme cantidad de personas que yacen en un país dificulta el trato personal con aquellos a quienes elegimos. Entonces la gente vota por lo que se supone que una persona representa conforme al partido del cual es parte, aunque muchas veces esa persona es parte de distintos partidos en el transcurso de su vida política, lo que comienza a complejizar la capacidad de discernir a la hora de elegir a quienes votamos. Como los territorios son amplios y la población abundante para poder hacer conocer a los candidatos, es preciso hacerse de herramientas de prensa, pero aquí surge una contradicción, puesto que la prensa es, generalmente, privada. Los políticos financian sus campañas de forma individual o apoyados por corporaciones privadas las cuales luego de la victoria (en caso que se consume) piden la retribución correspondiente. Y entonces los ejecutores políticos empiezan a tener una responsabilidad que se divide perversamente en dos: deben cumplir con los intereses del pueblo que los ha apoyado con el voto y también con los intereses privados que lo han apoyado con la financiación. Y todo se sigue complejizando. Se complejiza tanto que ahora sí, la antigua Grecia queda bien bien lejos de la democracia actual.
Pero los pueblos no son tontos y podrían estar atentos a cuanta decisión política se tome por fuera del interés nacional, sin embargo, los políticos son menos tontos aún o simplemente tienen la capacidad de movilizar más recursos que el pueblo una vez que detentan el poder, un poder que fue entregado en sus manos justamente por cada una de esas personas que conforman la sociedad, de forma fiduciaria. Entonces el sistema que se jacta de democrático dilata el pleno conocimiento de las políticas que se alejan del interés público por medio de una herramienta tan simple de usar como tan difcíl de entender: la distracción. Pero esto, es tema para una segunda parte.

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