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Malvinas la única política realista: Aumentar los costos de la ocupación (Autor: Dr. Marcelo Gullo)

 
No sé si la frase “es un honor” alcanza, para describir la sensación que experimenta éste sitio, por el hecho de que uno de los intelectuales más admirados por mi persona, haya no sólo leído y criticado éste blog, sino además, se haya ofrecido para compartir una nota escrita por él, de un tema tan relevante y de tanto interés nacional, como lo son Las Islas Malvinas. El agradecimiento al Maestro Gullo, es sólo un gesto cordial, que no llega a estar acorde con su buena intención, de usar nuestro espacio para expresarse. Sin más, los dejo en palabras de alguien que tiene muchos (pero muchos) más fundamentos para hablar que yo:

 

 

Por: Marcelo Gullo*

El objetivo estratégico de la política exterior argentina no puede ser otro que el de la recuperación de la soberanía efectiva sobre Malvinas y las islas del Atlántico Sur. Están en juego, cabe aclarar, dos millones de kilómetros cuadrados y, una inmensa cantidad de recursos naturales, desde el petróleo a los nódulos de manganeso. Ahora bien, cómo recuperar Malvinas no pudiendo y,  no queriendo, emplear el uso de la fuerza. Cómo obligar a Gran Bretaña  -miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas con derecho a veto- a sentarse a la mesa de negociaciones si Inglaterra, a lo largo de toda su historia, se ha burlado del Derecho Internacional y, de las obligaciones que de él se desprenden. 
Una minoritaria pero, influyente corriente intelectual propone llevar a cabo una ingenua política idealista de seducción de la población británica que ocupa Malvinas. En esencia, esa corriente de opinión propone establecer todo tipo de relaciones comerciales y turísticas con los ocupantes de Malvinas, a fin de facilitarles su vida en las islas y la explotación petrolera y pesquera. No se trata, en realidad, de una política novedosa es la política que llevó a cabo el ex canciller Guido Di Tella, en los tiempos de Carlos Menem, de las relaciones carnales con Estados Unidos y, de la entrega del patrimonio nacional al capital extranjero o a grupos de inescrupulosos empresarios argentinos. En sustancia esa política de seducción es lo que Inglaterra necesita para disminuir el costo de la ocupación de Malvinas. Entonces, cómo recuperar Malvinas si no queremos y no podemos utilizar la fuerza y la vía diplomática es una vía muerta.
Conviene, antes de tratar de responder a estas preguntas, realizar una breve reseña histórica de la cuestión Malvinas y, de la relación entre el Reino Unido de Gran Bretaña y la República Argentina. Porque, como nos enseñara Arturo Jauretche, para llevar a cabo una política realista hay que saber que la realidad está constituida de ayer y de mañana; de fines y de medios, de antecedentes y consecuentes, de causas y de concausas. Sin un conocimiento histórico auténtico no es posible el conocimiento del presente, y el desconocimiento del presente lleva implícita la imposibilidad de calcular el futuro. El conocimiento del pasado es experiencia es decir aprendizaje.
Inglaterra y Malvinas en nuestra historia
Cristóbal Colón le dio a Castilla el mismo objetivo que, desde 1415 perseguía Portugal: llegar a las Indias, pero navegando hacia el oeste. La idea de llegar a Asía navegando hacia el Occidente no era nueva. Ya en su tiempo, Séneca, había afirmado que era posible navegar desde España hasta las Indias en unos pocos días.
El resultado imprevisto del esfuerzo de España por alcanzar las Indias, se llama América. Reflexionando sobre el descubrimiento y conquista de América, Abelardo Ramos afirma que, (cuando) “…el 12 de octubre de 1492, el ligur Cristóbal Colón descubre a Europa la existencia de un Orbis Novo…no solo fue el eclipse de la tradición ptoloménica y el fin de la geografía medieval. Hubo algo más. Ese día nació América Latina y con ella se gestaría un gran pueblo nuevo, fundado en la fusión de las culturas antiguas.”
Para Jorge Abelardo Ramos, el 12 de octubre, es el día de nacimiento de América Latina y esto, es un hecho irreversible – según  Ramos –  independientemente de que esa fecha sea nominada “…descubrimiento de América, o Doble Descubrimiento o Encuentro de dos Mundos, o genocidio, según los gustos, y sobre todo, según los intereses, no siempre claros…”
Desde esa fecha data, también, el deseo de Inglaterra de arrebatarle a España las nuevas tierras descubiertas y colonizadas. Es durante el reinado de Felipe II de España que, la reina de Inglaterra Isabel I lanza contra la América Española una jauría de piratas y bucaneros que inician contra España una guerra de baja intensidad. Así, la América Española será atacada  por Francis Drake en 1579, y por John Davis, en 1592. El objetivo estratégico ingles es claro desde un principio: arrebatarle a España pedazos de su soberanía en la América. Las numerosas islas del continente americano serán las primeras víctimas de la codicia británica. En el sur del continente americano Inglaterra fija su vista sobre las islas que controlan estratégicamente el paso entre los dos océanos –nuestras Islas Malvinas – y organiza, en 1748, una expedición con el inequívoco propósito de apoderase de ellas pero, sólo muchos años después, logrará poner sus manos sobre ellas. Importa destacar que la codicia británica fue en aumento correlativo al debilitamiento del poder español y que, en 1806 y en 1807, Inglaterra invade la ciudad de Buenos Aires con el claro propósito de adueñarse de todo el cono sur del continente americano. El pueblo en armas derrotó en las dos ocasiones al ejército profesional británico que, en la segunda invasión contaba nada menos que con 10.000 soldados. Sin embargo, derrotada militantemente, Inglaterra no se dará por vencida. Sólo cambiará de táctica para alcanzar su objetivo de apoderarse de las tierras del Plata. Para ello, producido el estallido independentista, comprará voluntades, organizará logias secretas que defiendan sus puntos de vista pero,  sobre todo, tratará de convencer a los hombres que dirigen la política en el Río  de la Plata, de que no deben poner ninguna barrera proteccionista que impida o dificulte la llegada de los productos industriales británicos, al puerto de Buenos Aires pues hay una división internacional del trabajo según la cual Inglaterra debe ser la fábrica del mundo y las Provincias Unidas del Río de la Plata, su granja. Imprimiendo a esa ideología de preservación de su hegemonía las apariencias de un principio científico universal de economía, logró persuadir de su procedencia a la mayoría de la elite porteña, enrolada en el Partido Unitario. Poco a poco, las Provincias Unidas del Río de la Plata, se van convirtiendo en una semi-colonia británica. Sin embargo, la irrupción política de Juan Manuel de Rosas que, en 1835, establece la Ley de aduanas, desafiando, -tal como lo hacían los Estados Unidos de Norteamérica, también por ese entonces-, los pseudo principios científicos del libre comercio, hace que el pueblo argentino recupere su soberanía económica y política. La respuesta británica a la llegada de Rosas al poder fue, primero, la ocupación de Malvinas y luego, la intervención militar directa – que llevó adelante junto con Francia. El objetivo no declarado de la intervención anglo-francesa, era la desestabilización del gobierno de Rosas, a fin de provocar su caída. Derrotada, nuevamente, por el pueblo en armas Inglaterra deberá esperar hasta 1852, para volver a imponer en el Río de la Plata la política del libre comercio. Después de Caseros, Argentina vuelve a ser una semi-colonia inglesa. Derrocado Rosas, Inglaterra comienza a pensar que toda la Patagonia podía convertirse en una colonia formal británica. Inglaterra sabe que, ni los Mitre, ni los Sarmientos opondrán demasiada resistencia. Sin embargo, con la llegada de Roca, a la presidencia, Argentina parece recobrar tímidamente su preocupación por los territorios australes. Roca reinicia, entonces, la protesta diplomática por la soberanía de nuestra Malvinas. Sin embargo, es el mismo Roca el que abandonando todo intento de industrialización de la Argentina permite que esta se convierta en la Granja de Inglaterra.
El General Roca es el presidente bisagra entre el siglo XIX y el siglo XX. Sin embargo, no supo librarse de la subordinación ideológica  que Gran Bretaña ejercía sobre la inmensa mayoría de la clase política argentina. Roca venció militarmente a Mitre pero no pudo vencer ideológicamente al mitrismo que no era otra cosa que la encarnación criolla de los principios del libre cambio que Inglaterra había exportado a la periferia como doctrina de dominación. No hizo Roca de la industrialización el norte de su política económica. No se propuso –como John MacDonald se lo propuso para el Canadá en ese mismo momento histórico- hacer de la Argentina una pequeña potencia industrial. Roca no se propuso alcanzar la independencia económica -como John Macdonald se lo propuso para el Canadá – se conformó con alcanzar una prosperidad económica estructuralmente muy débil  y un vertiginoso progreso económico que, atado de pies y manos, a Gran Bretaña, contenía en si mismo el germen de su propio agotamiento. Cierto es que, con Roca, llegaron al gobierno la elite política de las provincias del interior, cuyos intereses difieren del de los portuarios, es decir de la clase política porteña nacida del contrabando que, después de Mayo de 1810,  se propuso hacer de las provincias, una colonia de Buenos Aires y, de Buenos Aires, una colonia de Inglaterra.  Pero, cuando la elite de las provincias llegó a Buenos Aires fue cooptada por el poder angloporteño. Hecho que posibilitó que los hombres del interior estuviesen en el gobierno y los de buenos aires en el poder. “Lo que no pudieron las armas lo hizo la estancia”  ironiza Arturo Jauretche.
En 1904 la vieja clase política porteña logró expulsar del gobierno a la estéticamente molesta, aunque ya inofensiva presencia provinciana. El 12 de octubre de ese año Julio Argentino Roca entregó el poder a Manuel Quintana. Después de Caseros la Argentina vive una seudo-democracia, es en realidad una república oligárquica cuyos representantes son meros gerentes del imperio británico. Esa realidad explica que, en 1908, cuando Inglaterra declara como dependencia  colonial a nuestras Islas del Atlántico Sur y parte de nuestra Patagonia, el presidente “argentino”, Figueroa Alcorta, no efectué el más mínimo reclamo  ni realice la más mínima protesta. En 1914 el presidente Roque Sáenz Peña sanciona, para evitar una nueva guerra civil, la ley que consagra el voto secreto y obligatorio. Dos años después el pueblo argentino elige libremente, por primera vez, al presidente de la República. Con Hipólito Yrigoyen y el Radicalismo, el pueblo vuelve al poder del que había sido desalojado luego de la batalla de Caseros. Sin embargo, Yrigoyen no logra entender que mientras la Argentina siga siendo un país pastoril seguirá siendo una semi –colonia. Sólo la irrupción en la vida política argentina de Juan Domingo Perón, identificado por sus enemigos políticos como un segundo Rosas, hace que la Argentina se proponga retomar el camino  de la industrialización. El 9 de julio de 1949 en  San Miguel de Tucumán, el presidente de la República el General Perón, en la histórica casa de Tucumán en cuyos salones se había jurado en 1816 la Independencia política de España, procede a realizar la declaración de la Independencia Económica de la Argentina.
“Seguimos el mandato de nuestra historia. –declara Perón- Desde Mendoza, San Martín apuró la declaración de la independencia, convocó a sus propios diputados y los mandó a Tucumán. Y nosotros, que hemos de seguir la línea inquebrantable del sentido y del sentimiento sanmantiniano, llegamos hasta Tucumán para ir a la misma casa, rememorar el mismo clima, comprometer el mismo juramento y decidirnos a morir, si es preciso, para obtener la independencia económica”. ¿Por qué es necesaria esta independencia? –se pregunta Perón, para responder luego- Porque: “Desgraciadamente, mientras luchábamos entre 1810 y 1828 por conquistar nuestra independencia política, perdíamos nuestra independencia económica, siendo colonizados por otras naciones que por más de cien años han sacado beneficios de esta situación”
El General Perón devela en Tucumán una verdad largamente ocultada por la historia escrita por los vencedores de Caseros: el hecho de que la Argentina pasó de la dependencia formal de España a la dependencia  informal de Gran Bretaña. La dolorosa verdad, la verdad oculta, es que cambiamos de collar pero, no dejamos de ser perros. Pasamos del collar visible español, al collar invisible ingles. Tuvimos bandera, himno y ejército pero, Inglaterra nos encadenó a sus pies con el empréstito Baring Brothers y la sutil  colonización cultural. Después de la independencia nos convertimos en una colonia informal del imperio británico. El 9 de julio de 1949, en Tucumán, el  General Perón emprendió el camino de nuestra segunda emancipación. La independencia del imperio inglés estaba en marcha.   Es, en ese marco de lucha encubierta contra la dominación británica que, el presidente Juan Domingo Perón analiza un plan expulsión de la fuerza militar británica de nuestras islas Malvinas. Luego de un profundo análisis, Perón rechaza el plan de recuperación pues considera que, si bien era factible la ejecución exitosa del mismo, no le sería posible a la Argentina,  dada la relación de fuerzas, mantener la soberanía efectiva de Malvinas ante la segura reacción militar del Reino Unido.
Perón concibe, entonces, que sólo la construcción de un gran poder nacional podría obligar a Gran Bretaña a sentarse a la mesa de negociaciones. La industria aeronáutica y, la investigación en materia de energía nuclear, serán, en la concepción de Perón, los dos pilares fundamentales del  poder nacional   que la Argentina necesita construir para forzar al imperio inglés a entablar negociaciones a fin de pactar, con nuestro país,  su retirada pacífica de Malvinas. 
Es, en ese marco de reconstrucción del poder nacional que, por primera vez, la Argentina, lleva su reclamo por Malvinas a los Foros Internacionales. Proceso que se corona, en 1965, con la Resolución de Naciones Unidas que reconoce la situación colonial de Malvinas, y obliga jurídicamente a Gran Bretaña, por primera vez, a sentarse en la mesa de negociaciones. Sin embargo, Gran Bretaña jamás cumplió sinceramente con esa obligación jurídica porque, una vez caído el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón en septiembre de 1955, le resultó claro que, junto a Perón había caído el proyecto de construir una Argentina lo suficientemente poderosa como para obligar al Reino Unido a retirarse de Malvinas. Solamente el aumento de los costos de la ocupación de Malvinas llevó a Inglaterra, por un instante, a principios de la década del 70, a considerar la posibilidad de retirarse de Malvinas.  Pero, rápidamente, esa posibilidad fue descartada al confirmar la inteligencia británica, en 1975, la existencia en el Atlántico Sur de una enorme cuenca petrolera que podría convertir a Malvinas en el Kuwait de la América del Sur. Luego, en 1982, Gran Bretaña indujo al gobierno de la dictadura militar argentina – a través de la Marina, fuerza infiltrada medularmente por la inteligencia británica-  a que procediera a la recuperación de Malvinas. De esa manera Inglaterra encontraría la forma de militarizar el Atlántico Sur  -a fin de darles a las compañías petroleras la total seguridad de que no serían molestadas en lo más mínimo-  y de convertir a Malvinas, en el largo plazo, en un nuevo estado títere. Cabe aclarar que, el plan británico de 1982  estuvo a punto de fracasar dado el heroísmo de los soldados argentinos que combatieron en Malvinas pero, sobre todo dada la eficiencia y heroicidad de la Fuerza Aérea Argentina, única rama de las Fuerzas Armadas que la inteligencia británica no había logrado, por lo menos hasta ese momento histórico, infiltrar profundamente.
La única política posible: suramericanizar la reivindicación y aumentar los costos
No hay duda alguna que a Inglaterra no le interesa la opinión ni la suerte de los ciudadanos británicos residentes en Malvinas aunque ese sea su “caballito de batalla”. Sobran ejemplo como cuando desalojó por  la fuerza a toda la población de una isla para entregársela a los Estados  Unidos. Entonces, por qué el imperio británico se empecina en perpetuar su ocupación  de Malvinas.  Sin duda alguna la decadente Gran Bretaña piensa que Malvinas es su pasaporte al futuro porque Malvinas será, en un futuro cercano, el Kuwait del Atlántico Sur.
Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, el 1 de diciembre de 2009, Gran Bretaña logró que nuestras islas Malvinas formarán parte de la “región ultraperiférica de la Unión Europea” prevista en el Anexo II de aquel Tratado. Así los 27 miembros de la Unión Europea se hicieron cómplices y garantes de la usurpación británica de las islas Malvinas. Gran Bretaña consiguió de esa forma europeizar la ocupación de Malvinas. Por lógica consecuencia,  la única estrategia posible para Argentina, a partir de ese momento, consistió y consiste en latinoamericanizar y suramericanizar el tema Malvinas para que las repúblicas latinoamericanas se conviertan en activas protagonistas en el proceso de recuperación de la soberanía argentina sobre las islas del Atlántico Sur. Sin duda alguna, en Caracas y  en Montevideo, la Argentina, ha dado pasos importantes, para latinoamericanizar y suramericanizar su reivindicación de Malvinas, consiguiendo  que todos los países hermanos de la América Latina condenen la usurpación británica y su intento de apropiarse de la riqueza petrolera malvinense.
Sin embargo, es preciso pasar, de forma inmediata,  de la solidaridad declarativa a la solidaridad efectiva. Pasar, de las palabras, a los hechos. Para Argentina resulta imprescindible  elevar los costos de la ocupación británica de Malvinas y dificultar todas las actividades económicas que los ingleses decidan emprender en el archipiélago o en sus aguas adyacentes. Este es el objetivo táctico que debe guiar, como principio absoluto de acción, la política argentina con respecto a Malvinas. Hay que comprender que la víscera más sensible de Inglaterra es el bolsillo. Hasta ahora, Gran Bretaña ha disfrutado de un cómodo  statu quo.  Argentina debe bajar el tono de las declaraciones y pasar a hablar con la contundencia de los hechos. Es, en ese sentido, que Argentina necesita del apoyo efectivo de todas las repúblicas latinoamericanas pero, fundamentalmente, de tres de ellas: Brasil, Uruguay y Chile.
Evidentemente Argentina no puede – dada la relación de fuerzas – impedir la explotación pesquera y petrolera del archipiélago malvinense por parte de Gran Bretaña pero, puede, contando con la solidaridad efectiva y no solo declarativa,  de Brasil, Uruguay y Chile hacerla muy difícil en términos técnicos y económicamente muy costosa. Es, en ese sentido, que Argentina necesita:
1) Que Brasil; Uruguay y Chile se comprometan a que todo buque –cualquiera sea su bandera- que transite entre puertos brasileños, uruguayos o chilenos y las Malvinas o que atraviese sus respectivas aguas jurisdiccionales rumbo a Malvinas, tenga la obligación de solicitar una autorización previa ante sus respectivas autoridades nacionales, autorización que debería ser automáticamente denegada en el caso de que transportasen cualquier material que directa o indirectamente sirviese a la  exploración petrolera en las Malvinas. La autorización debería ser denegada también  a todo buque –cualquiera sea su bandera- que participe directa o indirectamente en la explotación pesquera.
2) Que el gobierno de la República de Chile, interrumpa los vuelos que realiza semanalmente la empresa LAN a nuestras Islas Malvinas, hasta tanto se revierta la agresión unilateral británica.
3) Que Brasil; Uruguay y Chile tomen las medidas legales necesarias, con carácter de urgencia, para que ninguna empresa instalada en Brasil, Uruguay o Chile participe de forma directa o indirecta sea en la explotación petrolera  sea en la actividad pesquera de las islas Malvinas.
No hay argumento jurídico, ni discursos que puedan convencer a Gran Bretaña para que esté dispuesta a discutir el tema de la soberanía sobre nuestras islas Malvinas. La política de la seducción ha siempre fracasado. Gibraltar es un buen ejemplo del fracaso de una política de seducción sostenida en el tiempo por más de treinta años.
Si los costos de ocupar Malvinas son mayores que las ganancias que Gran Bretaña obtiene a través de la ocupación, sólo entonces estará dispuesta a sentarse a la mesa de negociaciones. Cualquier otra política que no consista en aumentar los costos de la ocupación es producto de la ingenuidad más absoluta, de una ignorancia histórica supina  o de la complicidad consciente con los intereses británicos.
*(*) Doctor en Ciencia Política por la Universidad del Salvador, Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Rosario, graduado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid, obtuvo el Diploma de Estudios Superiores (Maestría) en Relaciones Internacionales, especialización en Historia y Política Internacional, por el Institut Universitaire de Hautes Etudes Internationales, de Ginebra. Discípulo del politólogo brasileño Helio Jaguaribe y del sociólogo y teólogo uruguayo Alberto Methol Ferré, ha publicado numerosos artículos y libros, entre ellos Argentina Brasil: La gran oportunidad (prólogo de Helio Jaguaribe y epílogo de Alberto Methol Ferré) y La insubordinación fundante: Breve historia de la construcción del poder de las naciones (traducido al italiano y publicado en Firenze con el título La Costruzione del Potere, ed Vallecchi, 2010)., asesor en materia de Relaciones Internacionales de la Federación Latinoamericana de Trabajadores de la Educación y la Cultura (FLATEC) y profesor de Política Exterior Argentina en la UNLA (Universidad Nacional de Lanús). Académico de Número y miembro de la Comisión Directiva del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego

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