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23 años de vida, 23 años de pobre

Yo no sé si 23 años es mucho tiempo, pero sí sé que no es nada poco. Pienso que fue lo que vivieron grandes emperadores romanos, famosos guerreros y pensadores griegos y hasta sin ir más lejos, muchos inocentes héroes-víctima de nuestra guerra por Malvinas. Si lo pienso así, 23 años es todo una vida. Muchas cosas buenas me pasaron y otras tantas malas también, perdí gente querida pero cierto es que me pude reponer y conocí mucha gente nueva con el paso del tiempo. Conocí de los buenos y de los otros también. Cada minuto que pasó, fue una evolución en la construcción de mi capacidad de discernir y aunque puede que desviada, ésta acción del discernir, yace en mi, más que complejizada.
Podría hacer un breve balance de muchos aspectos de los cuales la vida se compone: amor, familia, amistad, educación, ocio, moral, profesión, etc., pero éste blog no es la transcripción de mi sesión de psicología sino algo muy distinto. Por eso, como todos nos podemos ir imaginando, vamos a hablar de mis 23 años oficiales como soldado razo del batallón primero en defensa de la pobreza.
Miren, yo no elegí ser pobre, ésto me toco así desde que nací y yo sólo colaboré ya más de 20 años para que la situación no se modifique. Cuando era chico mi familia alquilaba y los embates de las crisis de los 80′ en La Argentina golpearon duro en mis padres, por eso fui el único de mis hermanos en ir a la escuela pública. Bendito sea mi país y su educación, que entre tantos errores que tuvimos y tenemos, sigue siendo algo de lo cual sentirnos orgullosos: la educación pública, digna y gratuita. No sé si soy quien para juzgarla, pero, en parte, me ha hecho lo que hoy soy y estoy conforme. Recuerdo que así conocí la verdadera humildad cuando iba a casa de muchos compañeritos en villas y barrios que tenían de humildes lo que de precarios. Recuerdo cuando la abuela de mi amigo Dieguito nos dijo que el té y el pan de ayer estaban listos para la merienda. Lugares donde todo lo poco se comparte.
Pronto se terminó la época dorada de los 90′ para los pobres y los poquitos electrodomesticos que habíamos comprado tuvimos que mudarlos a la casa de mi abuela, porque a papá lo echaron del trabajo y ya ni alquilar se podía. A vivir amontonaditos se ha dicho. El no pagar alquiler me llevó al colegio privado, aunque de lo más accesible de la zona, por supuesto. Ahí aprendí mucho de “moral a la religiosa” y di mi primer paso en el mundo de los medio pelo sociales. Ahí también conocí buena gente, humildes aunque no tanto como Dieguito, pero de la misma linea pobre. En esa época perdí algunos amigos que decidieron que lavar copas en Europa era más digno que luchar por éste país desde acá.
Después del colegio seguí con mi sueño de jugar al fútbol mientras me anoté en la universidad y me metí a trabajar en el sector privado. Como nunca fui un destacado en el deporte sino uno más del montón de los “relativamente buenos”, no pude sostenerlo mucho tiempo y lo dejé. Pero no lo dejé por falta de voluntad ni entusiasmo. Lo dejé porque tuve que tomar una decisión. Una pobre decisión. Constaba en darle un sentido a las 24 horas que formaban y forman mis días. Ese sentido que les tuve que dar fue económico y tuve que optar por trabajar -para pagar mi presente- y por estudiar -para invertir en mi futuro-. Así fue como di mi segundo pasito al mundo del medio pelo social, insertando en mi cabeza éste tan rebuscado objetivo de sobrevivir primero y de crecer socio-económicamente después. En mi primer trabajo fui víctima de “la falta de experiencia laboral” y colaboré con la globalización y las nuevas fases del capitalismo, “allí dónde todo está hecho por un tercero”. Y entonces cedí ante la oferta del burgués, que me brindó las herramientas de producción (véase un headphone, una remerita de la empresa y un almohadillita acolchonada para que no me lastime el oidito). Y trabajé duro un año para él, conocí el mundo laboral y crecí economómicamente nada, porque lo que ganaba (descontando el viaje hacia el trabajo y la comida que por una cuestión biologica me obligaba a consumir), no me alcanzaba para ahorro alguno. Así aprendí que ahorrar no era tan fácil. ¡Pero el burgués me ascendió! Supongo que por mis capacidades y mis meritos, yo estaba muy contento y me saqué el headphone y me puse… ¡Un traje! El cual por supuesto tuve que comprar y mantener sagrado para ir todos los días en el tren Roca ida y vuelta a mi estimada empresa multinacional. Bueno, mía… ustedes entienden. Y cuando pensé que mi vida cambiaría para siempre y el ascenso social llegaría, al burgués se le ocurrió hacerme trabajar muy muy duro, subirme la jornada laboral y adivinen qué… ¡Sí! ¡Pagarme lo mismo! Y entonces mi capacidad de ahorro perdió la ilusión de acrescentarse. Luego de un año en mi tercer paso de medio pelo social, ejerciendo una función “importante” en una multinacional a mis 19 años, mi jefe y un compañero -amigos entre ellos- pensaron que “no era tan bueno que yo trabaje tanto y que se note”, entonces tuvieron la amabilidad de hacerme echar y dejarme en la calle pagándome una indemnización que gracias a la inflación, duró en mi caja de ahorro, lo que los 5 presidentes en la semana del 2001. Feliz estaba yo por estar sin trabajo, lo tomé muy bien y fue una caricia a mi psiquis de un jóven de 19 años. Salí a buscar empleo nuevamente tratando de evitar los Call Centers explotadores hasta que mi moral -ya por el piso- (ser desempleado es una tortura psicológica), me obligó a aceptar lo primero que venga. Así volví al call center, que aunque de otro estilo, me rompió la cabeza el doble que el anterior. Emocionante fue la entrega por segunda vez en mi vida de mi almohadilla para mi oidito nuevamente.
Al ritmo de un trabajador, mis estudios universitarios continuaron y el fútbol fue cada vez más una ilusión que quedaba guardada en un cajón. Si hacemos un recuento capitalista, mi acumulación de capital hasta ahora es: nula. Y si creen que lo desvié al consumo desmedido, les aseguro con total franqueza, que mi única compra importante desde que tuve mi primer sueldo hasta ese momento, había sido una Playstation 2 en 6 cuotas con una tarjeta de crédito que no era mía.
Hagamos un vacío temporal y vayamos a mi actualidad, en donde mi capacidad de ahorro sigue siendo nula pero… no mi capital acumulado. ¿Por qué? Porque tengo un auto. Tengo un usado modelo 98′, de los más baratos del mercado. No será gran cosa, pero tengo un capital. ¿Entonces, está diciendo éste tipo que el sistema funciona? No, no estoy diciendo eso; les voy a contar como lo conseguí, rellenando el hueco que dejamos vacío más arriba: estuve un año trabajando en dos lugares al mismo tiempo. Trabajé en el Call Center y entré gracias a que “el Estado me eligió” a trabajar para la Ciudad de Buenos Aires. Entonces estuve casi un año ciompleto trabajando de lunes a lunes. Sin francos ni feriado que valga. Los lunes entre ambos empleos llegué a tener jornadas laborales de 18 horas. A todo esto además, no podía descuidar mi futuro y seguí en la universidad, como podía. Con los dos sueldos sí tuve una mínima capacidad de ahorro y luego de juntar un dinero prudencial (para alguien pobre como yo), compré un auto usado, que me cuesta horrores mantener al día de hoy.
No quise aburrirlos con la historia de mi vida, sólo contar algunos aspectos y acontecimientos que llevan a la conclusión que el probre promedio vive encadenado al fin que es el poseer, el usufructuar y el intentar el salto socio-económico. Hágase enfásis en la palabra “intentar” porque es lo que me han dejado hasta ahora de moraleja éstos 23 años: “La vida del pobre… un intento frustrado tras otro que mantienen viva la vacía ilusión de la consecusión, algún día, del tan anhelado ascenso social”.

EPIGRAFE: (izquierda) Quien les escribe, autor del blog. (derecha) Nico, mi amigo de toda la vida. Ambos compañeros de un Colegio privado de monjas en Banfield juntabamos cartón para pagar nuestro viaje a Salta, una misión para ayudar a los chicos de un pueblo carenciado. Yo finalmente decidí no ir y al querer sacar mi dinero conseguido con el cartón que vendí para repartirlo entre mis amigos que sí iban, las monjas no me permitieron hacerlo y se quedaron con $450 de mi esfuerzo.

2 Comentarios en 23 años de vida, 23 años de pobre

  1. Sebastian Quevedo // 6 abril, 2012 en 13:42 // Responder

    Juventud Divino Tesoro,para nada empobrecidos son tus ideales,para nada empobrecidos son tus vivencias en “vias de extincion” cotizan en tus sueños,como en el de tantos jovenes de ayer y de hoy,ya que los buenos recuerdos de la educacion publica subyacen sobre el pie inquisidor neoliberalista de la exclusion social acerrima defenestradora de la intelectualidad callejera de la cual me siento parte.Sentir orgullo de la clase pobre,sacar pecho por el “otro” es cosa de guapxs que son templadxs…en el hondo bajo fondo donde el barro se subleva(pinto de tango,hoy).Siempre que exista alguien dispuesto a pelearle a esta vida amarreta,reconocere a mi Barrio Pobre en su lucha.Feliz cumple Sheva.Saludos Socialistas

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  2. Muchas gracias por el saludo de cumpleaños. Más agradecido todavía por leerme. Y aún mucho más por regalarme esas palabras. Abrazo enorme.

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