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El capitalismo y la burguesía: una dulce y rentable historia de amor -última parte (3)-

   Habíamos dicho que el burgués roció de capitalismo a las flores renacientes tercermundistas, imponiendoles su oferta manufacturera por medio de las directrices sumamente venenosas que predicaba el liberalismo. Pero no todo fue un sometimiento intelectual en nuestra historia de grandes perdedores. Además de rebuscadas, precisas, complejas y engañosas teorías del primer mundo, los países dueños del globo redoblaron la apuesta contra los insurgentes y además de producir camisas baratas y en serie, decidieron fabricar una potencial cantidad de armas de destrucción masiva y armamento de todo tipo. La guerra, que en el pasado encontró fundamentos religiosos, territoriales, comerciales y geopoliticos, asoció en la contemporaneidad sus bases a la expansión capitalista. Fue por medio de las armas y la violencia que, en muchos casos, las potencias industriales mantuvieron su liderazgo ecónomico en el sitema internacional. Por eso, invadieron países que contaban con Gobiernos populares y socialistas, que tenían “esa absurda idea de que la renta nacional quede en el país”. Invadieron indirecta y directamente por medio de las armas colocando interesadamente Gobiernos partidarios de los regímenes capitalistas liberales que aceptasen la intromisión de las empresas primermundistas en el mundo subdesarrollado. Así fue que muchos países tuvieron sus servicios básicos de agua, luz, gas y telefonía -entre otros-, en manos de empresas norteamericanas o europeas. Además, países como Los Estados Unidos -un país lleno de violencia en donde portar un arma de fuego es un orgullo nacional-, usaron lo que yo llamo “la política de la excusa”, tomando por excusa cualquier hecho real o irreal para iniciar guerras con intereses muy distintos de una respuesta a una agresión. Éstos intereses fueron siempre de órden económico, buscando mercados para insertar sus productos o mejores precios para los insumos que les permitiesen producirlos a costos menores. Fue así que los burgueses globales fueron formando sociedades burguesas nacionales que respondan a los intereses primermundistas pero no a sus realidades nacionales particulares de tercer mundo. Otra vez, el capitalismo y la burguesía, unidos como por un cordón umbilical.
   Pero como además de violentos y millonarios, los países líderes del mundo son muy inteligentes (hay que admitirlo), crearon -conciente o inconcientemente- otro mecánismo quizás más poderoso aún que el poder duro o económico-militar: el poder blando. Éste poder es conceptual, no material. Al ser los países del primer mundo portadores de las mejores economías y las mejores formas de vida; al gozar de los disfrutes más costosos, contar con las universidades más prestigiosas producto de grandes inversiones en educación y de muchas otras instituciones que el mundo “pretende copiar” debido a su éxito, han creado un poder blando o “Soft Power” (segun Nye), que les otorga una posición en el mundo que los demás quieren imitar. A partir de esto, generalmente, los grandes países que manejan el sistema internacional, sólo tienen que implementar ciertas políticas para que los demás sigan el mismo camino… ¡Aún cuando esas políticas no se apliquen a su realidad nacional tercermundista! Hablar de política hace alusión a la política, pero no es la única forma de impartir el poder blando. Una serie de televisión, una película o un libro, también son proyecciones -ahora culturales- del poder blando. Ni bien cruzan la frontera primermundista, se transforman en ideas que penetran las mentes subdesarrolladas y convencen de mostrar el mejor destino, “el ser como…”.
   Pero el Soft Power es un fenómeno mucho más complejo que lo que vimos hasta ahora, porque no sólo se aplica a la política internacional sino también a la vida social. El oligarca promedio, ejerce un fuerte poder blando por cada paso que da. ¿Sobre quién? En realidad sobre gran parte del resto de la sociedad -incluyendo a sus pares cipayos-, pero por sobre todo, irradia sometimiento mental sobre un personaje en particular: el medio pelo social. El medio pelo social es un integrante de la clase media que sueña con ser oligarca. Él dice que no, que no le interesa ni el dinero ni los autos lujosos, ni las casas de campo, ni las quintas, ni las propiedades privadas en la ciudad o en la playa, no le gustan los barcos ni quiere viajar en avión por el mundo. Sin embargo, vive para eso. Trabaja para sobrevivir primero y para mejorar su calidad de vida después. ¿Cómo se mejora la calidad de vida? Básicamente accediendo a una mejor salud de la mano de una buena obra social, accediendo a una mejor educación (algunas veces de la mano de universidades privadas prestigiosas, aunque no necesariamente), accediendo a la propiedad privada, vacaciones, transporte particular, etc, etc, etc. Hay dos tipos de medio pelo social: el mini-burgués emprendedor o “burguesito” y el estudioso intelectual. El burguesito ahorra o hereda un capital, el cual invierte en pos de crecer socio-económicamente. Cuando logra un crecimiento, por mínimo que sea aumenta cuantitativa y cualitativamente su demanda, pero… ¿En base a qué? Adivinemos…. ¡Sí! A la vida del oligarca. El medio pelo social compra el auto que el oligarca usó hace poco tiempo, cuando era sólo accesible a la vida del pudiente. El medio pelo social evita el transporte público para ya no viajar con la prole y sube escalones en su vida vacacional, dejando la costa del país por el avión a Centroamerica o a la Europa tan codiciada. El medio pelo consume la vida del oligarca todo el tiempo sin darse cuenta: adora el fútbol grande que es protagonizado no por otra cosa que por jugadores oligarcas, mira novelas actuadas por más oligarcas, come en casi costosos restaurantes donde los dueños son oligarcas, viste una que otra prenda de Tascani o de Levis cuando puede permitirselo, etc, etc, etc.
   El otro tipo de medio pelo social es el estudioso intelectual, que como no cuenta con ni siquiera el capital mínimo para generar una inversión, depende únicamente de su capacidad intelectual dedicada al estudio, para ser una persona culta e instruida en el futuro. ¿Para qué? ¿Para nutrirse cada vez más de conocimiento? Bueno, en parte sí, pero también para ser más apto para trabajar para un burgués que deba pagar bien si quiere sus servicios… ¡Y así convertirse luego él mismo en burgués!
   ¿Está mal ser medio pelo social? Claro que no, esto no es un juicio de valor, es sólo la descripción de una triste realidad. ¿Por qué triste? Bueno, porque sin darnos cuenta, la mayoría de las personas vivimos pendientes de nuestro ascenso social, trabajando para otros en pos de sobrevivir, estudiando para algún día dejar de sobrevivir y empezar a vivir, buscando la independencia económica tan añorada por todos, tener nuestra propia casa y dejar de alquilarsela al burgués, poder tener un auto que no se rompa cada mes de tan usado, ir de vacaciones alguna vez a otro lugar que no sea Miramar y tantas cosas más. Muchos somos medio pelo sociales aunque no querramos serlo y no será otra cosa que el desarrollo de nuestra vida entera lo que defina si quedaremos en esa posición o si iremos hacía arriba o hacía abajo. Lo paradójico es que dentro nuestro, muchos deseamos ser lo que aborrecemos: criticamos al cipayo pero buscamos ser como él, nos asqueamos del ostentar, pero queremos hacerlo nosotros. Bueno sería pensar por qué basamos nuestra felicidad en esos preceptos. Una buena respuesta puede ser la inequidad a la que somos sometidos gracias al casamiento entre la burguesía y el capitalismo, que sólo beneficia a una mínima parte de la población mundial, cuando podría ser todo el globo entero quien pueda gozar de una vida más digna y equitativa para todos. Pero de idealismos y utopías no vive el hombre que se toma varios colectivos y un tren para ir a trabajar, vive por el contrario de hechos concretos, de dinero en la mano y comida en el estómago. A veces es fácil escribir un blog, pero no lo es tanto cambiar la realidad; es sólo que algunos, nos conformamos penosamente con ser una de las tantas chispas que encienden la mecha de la revolución que tanto espera la raza humana: esa donde todo sea un poco más igual para todos.

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