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El capitalismo y la burguesía: una dulce y rentable historia de amor -parte 2-

Muchas carácteristicas pueden describir al argentino: solidario, compinche, soberbio, prepotente, audaz, trabajador, entre otras tantas. Pero hay una carácteristica histórica que nos describe mejor que ninguna… vendepatrias. Es que parece que en el transcurso de la historia de nuestro jóven -y ya no tan jóven- país, muchos de nuestros dirigentes y personajes influyentes de las esferas de decisión nacional, se han empeñado sagazmente en entregar las rentas del país a cualquiera que no sea justamente residente de él. Pero… ¿Por qué? Bueno, hay verias razones. Todo empezó cuando Argentina compró la ideología librecambista y con ella la idea de la División Internacional del Trabajo. Éste concepto pseudo diabólico estipulaba que países como Argentina (con gran territorio apto para el agrocultivo, la ganadería y una población relativamente pequeña en número) debían dedicarse a la producción y exportación de materias primas y a la importación de bienes manufacturados (los cuales serían elaborados por los países industrializados como Gran Bretaña, para dar el mejor de los ejemplos). A partir de la aceptación de éste precepto como clave para el desarrollo económico, todo se volverá fácil de entender. La oligarquía argentina (en su gran mayoría grandes terratenientes), captaban mucha renta de la exportación de materia prima, con la cual intentaban disfrutar de una vida “lo mayormente parecida a la europea posible”. Por eso importaban bebidas, comidas y prendas de vestir de Europa, alentando la importación de manufacturas a la vez que las modas del viejo continente. Feliz por ésto el burgués británico, feliz el oligarca argentino. Pero claro, siempre alguien compensa la alegría de los demás con su tristeza. Éste alguien es la mayoría del país. ¿Pero cómo? ¿No es que el país crece económicamente, en infraestructura, transportes y mercado interno? ¿Ese crecimiento no benefició a nadie? Si, a muchos… a muchos británicos y estadounidenses principalmente. Porque Argentina permitió que los capitales extranjeros se instalen en el país a mansalva, sin control estatal alguno. Dejó que construyan trenes, que construyan barcos, que monten entidades bancarias. Argentina tomó préstamos a intereses usureros que no se destinaron a casi nada productivo sino mayormente al derroche de importaciones y de emisión monetaria. El mercado interno argentino se movió gracias al trencito inglés; los argentinos comieron carne (no mucha) de los frigoríficos ingleses o norteamericanos; la gente contrajó crédito en entidades bancarias extranjeras; y una larga lista de cuestiones similares con un mismo denominador común: la absorción de la renta nacional por parte del extranjero. ¿Que hicieron los gobiernos de turno influenciados por la elite oligarca terrateniente? Nada, dejaron que todo siga su rumbo insertando a La Argentina en la División Internacional del Trabajo como exportadora de materias primas, beneficiando la renta cipaya local y el disfrute burgués extranjero.

   Éste, por mucho que pese, es el nacimiento de la oligarquía vendepatria, que antepuso sus intereses particulares a los del país, leyendo erroneamente el juego económico internacional y sentenciando al país al rótulo de tercermundista. El Estado, que preocupado por delimitar sus fronteras y unificar al país primero y seducido por el perfume del “orden y el progreso” después, intentó desarrollar “una patria chica” como diría Jauretche, pensando que nuestro país se reducía a la pampa húmeda agroexportadora / ganadera. Pero mientras Argentina erraba el camino, otros lo acertaban, y entonces Los Estados Unidos forjaban una industria nacional fuerte para competir entre los grandes. Entonces los precios de las materias primas fueron intertemporalmente hacía la baja y las manufacturas hacía el alza. Y entonces las crisis internacionales afectaron al país más que al extranjero. Argentina produjo en su historia una cantidad de riqueza interminable, pero la renta producto de esa riqueza no quedó en el pais; de hecho, lo poco que quedó, fue para peor, a manos de oligarcas vendepatrias seducidos por Europa. Y como Gran Bretaña se quedó con nuestras Islas Malvinas también lo hizo con nuestros mercados, nuestro comercio y hasta con nuestra diplomacia (atada en gran parte a la decisión de mamá Bretaña).
   Con el paso del tiempo algunos Gobiernos más populares o socialistas intentaron devolverle la renta nacional a las manos del pueblo argentino y aunque era una hazaña muy arriesgada, estuvieron muy cerca. Así fue que el programa de Sustitución de Importaciones le abrió la puerta al desarrollo de la industria argentina, pero  el país no logró afianzarse en los mercados. No lo logró, en gran parte, por culpa de la inestabilidad política que no ayudó al país a resistir los continuos embates de la competencia del mercado internacional. Los golpes militares y también gobiernos demócraticos vendepatrias como en los años de 1990 terminaron de fusilar lo poco quedaba de una ya moribunda industria nacional.
Este es sólo una muy breve reseña de como en el caso argentino particularmente, se dio orígen al romance entre el capitalismo y la burguesía. Pero como toda historia de amor, las partes que las componen son muchas y para cerrar este relato dividido en partes, no te pierdas la última en la que aparecen dos o tres actores más que serán clave en la unión de éstos dos enamorados: la guerra, el poder blando y mi personaje preferido: el medio pelo social.

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