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El pobre y la adultez

De chico mi padre siempre me decía “hijo algún día serás mayor y podrás contraer deuda por medio de crédito directo o algún tipo de financiación fulminante, cuando eso pase serás desde ese momento un hombre y quizás yo no esté allí para sufrir contigo cuando el interés carcoma una a una tus esperanzas de ascenso social. Por eso tienes que ser fuerte y luchar contra las continuas tentaciones del perfume de la usura, que emanado del cuello oligarca, buscará convencerte, seducirte, cooptarte.”
Mi padre no era un sabio. De hecho, su vida fue víctima constante del asedio crediticio burgués, que penetró tanto pero tanto en su psiquis hasta vencerlo de forma tal, que podría afirmarse que su vida se extendió proporcionalmente lo que se estiró su capacidad de pago. Él, como tantos otros pobres -por no decir todos-, fue deborado por la vorágine crediticia, que suele atrapar al proletario como un tornado arrastra hacía su nucleo hiperventoso todo lo que a su paso se interpone. El crédito es un arma de fuego cargada con interés usurero, la bala favorita del burgués. Es un viaje de ida que perpetua la esperanza del pobre a una agonía eterna, vuelvela irrealizable y la condena tarde temprano a la extinción.
Partamos de una base supuestamente lógica: sólo genera crédito quien posee capital para generarlo. Por ende, sólo el pudiente cuenta con la capacidad de prestar. Bueno, prestar es una palabra tan benévola como inocente, porque el prestar recibe en devolución sólo aquello que dio originalmente, sin embargo, el cipayo usura, ya que presta interesadamente a cambio de una devolución mayor a lo que prestó. Podemos decir entonces que el Burgués crea dinero del dinero: una acción inproductiva a nivel social, productiva a nivel personal.
El crédito es el mejor amigo del pobre y el peor enemigo al mismo tiempo. Pocas cosas puede hacer el pobre en su vida sin el mágico y vengativo auxilio del crédito, ya que su capacidad de ahorro es o nula o por lo menos, de mediano/largo plazo. Como el miserable yace sentado en el andén mientras “el trencito burgués de la oportunidad” pasa reiteradas veces, sin parar en su estación, acude al crédito para intentar conseguir un salto en su calidad de vida. Un salto que generalmente, o no consigue dar, o lo hace hasta que el interés ahorca sus bocanadas de felicidad. La historia capitalista se las ha ingeniado para encerrar al carente entre las paredes que emergen de los cimientos del edificio del mal, aquella construcción entre moderna y despreciable, aquel lugar donde nada bueno para el pobre puede gestarse: el banco. El banco es el campo de concentración del proletariado, un sitio donde las lagartijas se transforman en cuotas, los cuerpo a tierra en tasas variables, las cámaras de gas en refinanciaciones y los muros de fusilamiento en prendas hipotecarias. El banco es una construcción que el obrero Don Satanás ha levantado ladrillo por ladrillo. El banco es una entidad burocratizada que presta un dinero que no le es propio sino de otro; lo presta a su vez a otro, que a su vez, le devuelve un dinero con interés al banco (lo que pasa a ser su renta), pero que el banco no devuelve por completo al real dueño del dinero que prestó sino que le entrega sólo una pequeña parte. Uh… que laberinto mental. Rebuscado invento del burgués capitalista. En medio de esta maraña, este enriedo al cual prefiero llamar simplemente “lujurioso pase de manos”, el pobre en función de su desarrollo economico-social se coloca la soga crediticia en el cuello por lo menos, por más de una década, para conseguir aquel sueño proletario que a algunos pocos nos gusta llamarle “hogar”. ¿A quién le comprará el pobre encerrado en las fauces del crédito su nueva propiedad? Muy probablemente, se la compre al burgués, en otro negocio más para la cúspide de la pirámide economico-social. Porque el capitalista conservador atesora en ladrillo lo que el “espiritu animal” desbanda construyendo casinos e hipermercados, uno para terminar de fundir al débil pobre otro para alimentarlo y que así perdure la especie.
Pero claro, ¿Qué sería del crédito sin la financiación? Probablemente, lo mismo que Batman sin Robin o El Zorro sin Bernardo. Porque la financiación es la reversión del crédito que cual Pokémon evoluciona tentando nuevamente al carente. Imaginemos a la familia “Usurero”: al crédito podríamos llamarlo “Juan Usurero, padre de familia”. A la financiación le pondremos Silvina “Gonzalez de Usurero, la mamá” . Y las “cuotas Usurero” (cuales fuesen sus nombres de pila), serían los hijos que componen esta sociedad familiar en pos de la salvaje e infrenable necesidad de captar renta. Por medios de las cuotas, “los tentáculos del calamar crediticio”, el acreedor sujeta al pobre de sus extremidades, condenandolo al muy probablemente eterno sinsabor de vivir perseguido por el deber de pagar, mes a mes, cada cuota, que cual fiera, persigue a su presa y la atosiga hasta casi hostigarla por completo. ¿Por qué? Porque en el momento cero el pobre calcula que siempre podrá pagar la cuota, pero el futuro es incierto y a veces las tasas variables, ni hablar de la inflación, la pérdida de poder adquisitivo, el desempleo, etcétera, etcétera, etcétera, lo llevan a sacar otro crédito para poder seguir pagando el anterior o lo condicionan a tal punto de vivir sólo para pagarlo; aunque eso sí, todo esto mientras disfruta de las pequeñeces de la vida (o grandes fines para la prole) como tener un techo propio donde dormir y quizás (si el interés se lo permite) tener un usadito para ir más allá que del trabajo a la casa e viceversa en el confortable transporte público…

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