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El pobre y el magnate, dos caras de una misma moneda

El carente precisa del magnate casi tanto como el magnate del carente. Entre ellos existe una relación distante, indirecta, casi inexistente a la vista del simple mortal, pero que está a la vez meticulosamente conectada. El pobre corresponde a un determinado engranaje de la cadena productiva de la que el pudiente es dueño y capitán.
Usemos una comparación grafica de un hombre que pasea a su perro: el hombre viene a representar en este esquema al capitán pudiente y el perro al pobre miserable. No todos los perros caminan junto al hombre respondiendo al solo sonido de su voz, sino que precisan de aquel instrumento clave llamado “correa de ahorque” en este esquema y “salario” en su análogo. Es decir, que el salario le es al pobre lo que un collar de ahorque le es a un perro. Pero comienza a ponerse aún más complejo: porque no ahorca igual un collar de cadena que otro de soga, ni tira tan fuerte un hombre compasivo como lo hace otro que no lo es tanto.
Es por esto que el salario ahorca más al pobre cuanto más bajo es y cuanto más reticente sea el patrón a ajustarlo al alza. Cuando parece que acá termina la cuestión, es en verdad cuando recién comienza…
Dejando de lado nuestro esquema comparativo, al hombre, al perro y a la correa, encontramos otros pequeños pero no por eso menos importantes condicionantes del salario del carente, por ejemplo, esa palabrita mágica que sobrevuela todo ambiente proletario: la inflación. La inflación es un cáncer que ataca al salario y que hace metástasis en la caja de ahorro, la cuenta corriente y en los bolsillos del miserable conforme van pasando los meses. ¿Por qué? Porque vamos a aprender otro de esos conceptos salidos originalmente del ingenio del mismísimo Satanás: el poder adquisitivo. El capitalista es un ser benévolo, tierno, comprensivo y envuelto en humildad, por eso, “de cuando en cuando”, acrescenta el salario del proletariado (generalmente en cómodas cuotas y en cifras despreciables) para hacerle más llevadera esa vida tan parecida a la muerte que le tocó vivir.
Sin embargo, en países como Argentina, es aquí donde comienza la carrera de caballos: en un caballo (bravo, galopante) va nuestro salario, tomando la delantera por cada empujón que nos da el oligarca con sus aumentos, pero hete aquí que por el otro andarivel, como un potro enfurecido sediento de venganza, viene el caballo que jinetea la inflación, el cual en pocos metros es capaz de aventajarnos hasta que el aumento que obtuvimos sirva tan sólo para ser segundos, una vez más. Al perder la carrera, hemos perdido más de nuestro nuevo concepto… es decir, volvimos a perder poder adquisitivo, porque el dinero nuevo que tenemos vale menos que antes y muy probablemente, compraremos con él, también, menos que antes.
¿Afecta al noble la inflación? No, porque el noble es un corredor de precios. Tanto sea productor como no, su corrida de renta es, mayormente, en términos reales, mayor que la inflación. De verse perjudicado, es en dósis mínimas. Sin embargo, al pordiosero lo aniquila, porque el aumento de su canasta básica (medida en Argentina por una gallina degollada que aletea moribunda sobre un piso lleno de precios pre-estipulados dibujados con tiza y que al caer finalmente muerta indica al INDEC el piso de la canasta), le quita un márgen de maniobra casi total.
Pero en verdad, la relación entre pudiente y falto no es únicamente de subyugación y/o explotación laboral, es también socio-cultural. El pobre generalmente le alquila su hogar a un capitalista, le paga el cable a otro, la internet a otro, etc, etc, etc. De aquí se deduce que el pobre vive del burgués para desvivirse por él, gozando de mínimas comodidades que obtiene a cambio de dinero que va al bolsillo de… ¡El burgués nuevamente!
Pero no hay que perder cuidado, porque la oligarquía ha pensado para nosotros un mecanismo que haga “esa vida tan parecida a un castigo”, un poco más llevadera y ha inventado algunos instrumentos financieros para que gocemos lapsos muy pero muy breves de felicidad. Como soy un hombre al que le gustan las comparaciones, lo paralelizo con un hombre enfermo de gangrena (véase: el pobre), el cual tiene como único destino su muerte. Sin embargo, llega el médico cirujano-infectólogo (Santo Capitalista, en su caballo blanco, ungido de esperanza) y corta la pierna donde se concentra la infección regalándonos nuevamente el don de la vida -claro, ahora renga vida-. ¿Con qué corta nuestra pierna el Cipayo? ¿Qué ha diseñado para alargarnos la vida al misma tiempo que nuestra agonía? Si bien lo veremos en el próximo capitulo pero por el mismo canal y a la misma hora, sólo adelantaremos que el buen burgués nos ha entregado el don de contraer deuda, por medio de esa mágica invensión llamada… crédito.

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