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El pobre… un ser matemático y calculador

El pobre es un ser por naturaleza ávido para fusionar a las ciencias exactas con su vida. Las matemáticas y la contabilidad son instrumentos básicos y cotidianos para el desenvolvimiento de su vida. No existe pobre alguno que no sea un hábil en los menesteres del contar. Sucede que su vida está ligada a las peripecias de los números, son instrumentos indispensables para sobrevivir en un mundo construido para el disfrute del pudiente y el sufrimiento proletario.

Todo en la vida del pobre es una cuenta decorosa, no hay movimiento alguno que no encierre en lo llano de su existencia, una cuenta matemática. El pobre, al despertar cada mañana, mide en cantidades el jugo que consume (si es que desayuna), porque el ostentar demás de dicha ingesta significará que en días posteriores tendrá que comprar otro y entonces su caja de ahorro se dibuja en su imaginación como un suero que a cuenta-gotas (despacio pero imperceptiblemente rápido a la vez), va vaciándose como vacíase el jugo que yace en la caja acartonada. Lo mismo le sucede con el dentífrico que vierte en su cepillo de dientes y con el paquete de galletitas que atesora por unidad más que a su vida misma. El pobre es un frío calculador, un artesano de la contabilidad, un memorioso de su propio itinerario. El hombre pobre sabe exactamente cuánto tiene en su billetera y cada vez que un billete se esfuma, la gota de sudor se desliza espontánea sobre lo curtido de la piel de su sien.

A esta especie se la estudia mucho en su hábitat natural: el transporte público. El pobre suele atestar todo transporte público existente, sea colectivos, trenes, subtes, entre otros. Es un dependente nato de la subvención estatal, por eso podría pasar días enteros en pos de obtener una tarjeta como la SUBE para mermar todo ítem que aumente su lista de gastos. En el transporte público, los pobres nos sentimos envueltos en un ambiente tan nuestro que algunos afirman que es “lo más parecido a la vida en la placenta”, según los recuerdos inconscientes que vagan en lo oscuro de la memoria. El transporte público es, además, un desafío, una proeza, una travesía: viajar en él y llegar a destino merece un brindis en nombre al valor de la supervivencia. El pobre es un dependente nato de muchas cosas de las cuales no querría depender, pero así está obligado. Desde la subvención hasta el mismo transporte público, desde el salario hasta la inflación, desde el precio del dolar hasta los monopolios que se instalan en el país y sustraen día a día hasta sus últimas gotas de renta. El pobre es un ser del presente, su capacidad proyectiva es prácticamente nula. Vive el hoy y sólo el hoy.

Pero de a poco despierta. Despierta la masa con ganas de apedrear al capital, ungida en ira se levanta contra una figura que admira pero detesta, que idolatra pero aborrece, que imita pero de la cual intenta diferenciarse. El pobre ve en la oligarquía parasitaria al motor de lo que no puede realizar, ve en ella la realización de sus sueños pero… !Justamente realizados por otros! El pobre redescubre su dignidad, iza su bandera y ataca por el flanco virtual para demostrar que, de a poco, todo está a su alcance y la distancia entre las puntas de sus pies y los bordes del talón burgués, es cada vez más corta…

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